Desde hace días tienen lugar en Cuba las Asambleas de Rendición de Cuenta: proceso en el que se reúnen miembros de cada vecindario para analizar las preocupaciones de la comunidad. La composición de estas reuniones debía ser heterogénea, de manera que diferentes generaciones le dieran voz a sus criterios; pero esto no siempre sucede así.

Son las ocho de la noche. Adornando la fachada de alguna casa o edificio unas veces se divisa una bandera cubana, otras el escudo de la nación. Puede incluso que coincidan ambos símbolos, puede también que no estén ninguno de los dos. En diversas manzanas anexas a mi barrio he podido constatar sendos fenómenos.

Una muchedumbre de aproximadamente 20 personas espera a que se inicie la reunión a la que todos los moradores de la cuadra fueron convocados. Al menos un integrante de cada hogar debe asistir a la cita. Lo ideal sería que familias enteras participaran del encuentro para privilegiar variedad de opiniones y cuestionamientos en torno a la vida de esa colectividad y -en un sentido más amplio- al país y su contexto.

Proveniente de una vivienda cercana la música del noticiero de televisión se advierte como telón de fondo. La reunión comienza cuando se entona el himno nacional. Solo percibo meras convenciones, hasta que otra evidencia se antepone a mi lente escrutador, suscitando reflexiones.

Noto entonces que los grupos de discusión se caracterizan por la semejanza etaria y tal descubrimiento se transforma para mis adentros en sirena de bomberos. La mayoría de las personas aglutinadas sobrepasan las cuatro décadas vividas. Mi campo visual reproduce un homogéneo espectro que va desde los 40 a los 75 años. En paisajes asamblearios la juventud brilla por su ausencia.

Cuando finalizan las notas del himno de Bayamo, comienza un coloquio bidireccional entre los vecinos y el delegado de la circunscripción, que -como su apelativo indica- posee el encargo de mediar entre la comunidad y los órganos estatales. Así se escuchan desfilar vertiginosamente las penas y glorias que arropan la Isla.

A lo lejos, paso unos minutos aguardando la llegada de algún representante de una generación novicia. El reflejo de mis propias experiencias me dice que seguramente los jóvenes llegarán retrasados con la excusa de que se tardó la guagua a la salida del trabajo o la escuela, o que simplemente se entretuvieron con el último capítulo de la serie Games of Thrones.

Pero mis conjeturas se esfuman luego de media hora. La esperanza de presenciar una charla constructiva, distinta a un soliloquio de edad avanzada, se torna vapor de agua.

Durante esta especie de foro se han enunciado buena parte de las dificultades afrontadas por la población cubana, exigiendo respuestas precisas y rápidas. No obstante, cualquiera puede suponer que la escasa pluralidad generacional condiciona, por ende, la falta de nuevas perspectivas -igual de importantes- para la construcción loable de nuestra sociedad.

Foto: Omairy Lorenzo

Es imprescindible analizar la forma en que afecta a un adolescente o a un anciano los disímiles problemas de la cotidianidad, porque no siempre los perjuicios se presentan del mismo modo en esos lapsos existenciales.

Hace poco escuché decir a una amiga treintañera que no asistía a las asambleas de rendición de cuenta de su barrio porque al final se convertían en infértiles tribunas de denuncia, y en la práctica no resolvían casi nada. Decía que en todas las reuniones a las cuales había asistido anteriormente, se exponían los mismos conflictos y lejos de apreciar sus soluciones, sí distinguía como degeneraban luego en dificultades redundantes.

Quizás esa confirmación sea el motivo que explique por qué en mi barrio la aparición de jóvenes en los espacios de diálogo, en pos de la edificación social, sea apenas insignificante.

Y es que en la frescura de la vida carecemos de la parsimonia con que suelen decidirse los destinos del país.

Si bien es cierto que con facilidad pasamos de largo aquello que no provoca un resultado eficaz, y nos cansamos viendo como muchos esfuerzos quedan en tierra de nadie; los jóvenes le aportamos un particular sentido a todo lo que tiene que ver con el porvenir de la nación. Tal vez porque aunque parezca obvio decirlo, constituimos precisamente ese futuro. Resulta un hecho estéril que nos quedemos pasivos de un lado de la realidad, mientras esta transita a siete leguas de nuestras narices.