Siempre me he opuesto al bloqueo. Desde que veía las propagandas televisivas aquellas que enumeraban las cosas que podíamos hacer una semana sin restricción. Desde que era niña y hacía poesías en los actos por el regreso de Elián y de los 5, decía vivas y abajo el bloqueo. Desde que pusieron la valla aquella por el aeropuerto y leí la primera noticia de las votaciones en la ONU.

El bloqueo viene del pasado y pertenece al presente. Existe desde la administración de Kennedy, desde que Estados Unidos dijo un día: o juegas con mis muñecos, o me voy y no juegas con ninguno. Desde que quisieron el desquite por lo que pasó en Bahía de Cochinos y a raíz de todo lo que estaba pasando en una época a la que no pertenecí. En fin, desde que tengo uso de razón.

Hay algunas convicciones en la vida de un cubano, que se mantienen estáticas y no varían y de las que te convences porque te dan pruebas, porque te tocan de cerca y porque remueven algo en tu cubanía. Una de esas convicciones es que el bloqueo debe terminar.

No han funcionado, -está claro- los métodos que se han intentado implementar para lograr su fin. Todos los países asisten cada año a las votaciones de la ONU, -parece que por llenar ese hueco marcado en la agenda-, pero es costumbre que todos digan sí, pero lo que vale es no y no pasó nada. Así está el mundo.

La política es un show gigante, con flashazos de cámaras en las esquinas, con guiones copiados de otras épocas, con la lucha de contrarios como coreografía, con ensayos, con puestas en escenas y sobre todo con mucho público.

Entonces nace el argumento perfecto de una nueva temporada y el tema irrumpe en todos los espacios, incluso en aquellos que pareciera que nunca estuvieron destinados a este fin. Es como si de pronto fuese cosa nueva que ahora duele más que nunca. Claro está, el momento histórico y la época demandan que así sea y no me opongo a esto, sino a la parafernalia excesiva en muchos casos; a las masas de un lado a otro repitiendo coros porque en la pantalla dice Aplaudan.

El bloqueo debe terminar, es hora de que los que tienen en sus manos la posibilidad real de hacerlo, se den cuenta de esto. Los cubanos tienen ganas de ver las cosas que podemos hacer en una semana. De comprar lo que venden los demás sin multa del 300% y de que compren lo que vendemos. De no tener excusas para las faltas y poder discernir entre lo que nos afecta desde afuera y lo que no. Ganas de sentir que nos sacaron la bota de la cabeza y nos dejaron florecer a sabiendas de que no los merecemos.

La convicción la compartimos todos; lo que está faltando es un discurso más real, con menos montaje, que no parezca impuesto, que no sea reiterativo y empalagoso, que se salga de los moldes, de estructuras predeterminadas con frases hechas. Solo con la ruptura de las limitaciones a nuestro propio discurso se puede lograr el fin de una realidad que duele, limita, frena y paraliza perspectivas y posibilidades de un pueblo entero.