En el barrio La Conchita, en las afueras de la ciudad de Pinar del Río, apenas existían opciones culturales años atrás. Cualquier interesado en disfrutar del cine, el teatro, las artes visuales o la danza, debía trasladarse unos siete kilómetros hacia el centro de la ciudad. Hoy el recorrido se hace en sentido contrario.

Por Nelson González Breijo

El proyecto sociocultural Los Chapuserios ha hecho la magia. Rony Ávila, que llegó al grupo hace unos meses, viene a cada función desde el otro extremo de la ciudad, porque para él no existe nada cercano más acorde a sus exigencias.

Zenobio Jiménez, conocido en la zona como Pipo, es el fundador y líder de Los Chapuserios. Para él tener una idea es relativamente fácil, “el rollo es ponerla a funcionar”. Por eso, cuando pensó en hacer el proyecto, lo primero que hizo fue diagnosticar las necesidades y posibilidades del barrio en el ámbito cultural. Luego, con algunos acomodos, el patio de su casa quedó listo para recibir a los «locos» que lo apoyaron.

Para llegar a la sede hay que pasar por un taller de carpintería que está en la parte delantera del patio. Allí todo se hace de pino, la madera que identifica a la provincia. Desde este sitio, Pipo genera todo lo necesario para sustentar cada idea del proyecto en la comunidad.

Con un nombre que se carga de contradicción entre la chapucería y la seriedad, esta iniciativa barrial junta a niños para bailar, cantar, actuar, sobresalir. Además, varios jóvenes alternan detrás de la cámara y filman todo lo que sucede en el improvisado escenario, para dejar la memoria audiovisual de la presentación. Son del equipo “Cámara chica”, una de las ideas que toma fuerza dentro del conjunto mayor que es “Chapuserios.”

Con un sencillo equipamiento donado por el British Council, la Cámara Chica solo se ha logrado mantener gracias a la ayuda de varios amigos. Juan Carlos, un camarógrafo del telecentro provincial, ha enseñado desinteresadamente lo necesario para registrar la cotidianidad del barrio, los mitos y personajes que van apareciendo.

Estos realizadores, que no superan los 15 años de edad, se inspiran en las preocupaciones más íntimas del barrio. Entre sus obras lo mismo se puede encontrar un corto de ficción que habla del escaso tiempo que los mayores dedican a los niños, u otro que narra la historia de dos enamorados con diferente color de piel.

Con la misma claridad se desenvuelven en el documental, indagan en la historia de la fábrica de conservas que dio origen al poblado y en las consecuencias de la contaminación que esta genera. Sin perder de vista lo que implicaría para la comunidad un cierre definitivo de esa industria, exploran acciones que adviertan el peligro y contrarresten el efecto contaminante.

Hoy una de las demandas entre los hacedores de Chapuserios es que una parte de los impuestos sobre los ingresos que debe pagar el carpintero Pipo queden de su lado, para impulsar el desarrollo cultural en el barrio. De esa manera su trabajo incidiría más en la comunidad y el aporte pasaría del ámbito informal a ser reconocido por el Estado. «Pero eso está por ver», comenta Zenobio, mientras sonríe desde la complicidad.

Ana Laura Hernández, una joven que se ha hecho popular en el barrio por su talento para la paisajística, siente orgullo de integrar esta iniciativa. Sin embargo, le preocupan los materiales imprescindibles para desarrollar su obra, «los acrílicos, acuarelas, lienzos son muy difíciles de conseguir aquí, y hay muchos pintores que han visto interrumpido su trabajo por la escasez».

Por eso Los Chapuserios no dejan de idear alternativas para sustentarse. Ahora planean hacer una ruta “turística”, que permita al visitante conocer  las transformaciones logradas en la comunidad. Prevén, incluso, la ampliación de la carpintería para enseñar el oficio a los jóvenes interesados, además del levantamiento de un ranchón que sirva para las celebraciones de la agrupación, la localidad y cualquiera que demande el servicio.

«No creo que vaya a morir la idea —comenta Pipo refiriéndose a la causa de sus mayores alegrías y desvelos en los últimos siete años—. Lo que hemos logrado en este tiempo nadie lo va a romper en dos días. Por muchas transformaciones que haya en el país, habrá que contar con los más de 8300 habitantes que viven en La Conchita. Además, los espectáculos que hacemos llenan el cine de la ciudad, van cientos de personas. Mientras exista eso, seguirá el proyecto.