“Tostones Pitchors”, “La Casita del Lobo”, “Sex Machine Productions” y una larga lista de sugerentes nombres componen un mundo de productoras audiovisuales “independientes” responsables, en los últimos años, de más películas que el estatal Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográfico (ICAIC).

Por: José Jasán Nieves

Esa fecundidad la han conseguido, además, en una situación de total “alegalidad” porque ninguna regulación las ampara, aunque las instituciones tampoco las persigan. Incluso, desde hace meses y por la presión de los propios artistas, se realizan negociaciones para promulgar un Decreto Ley que regularice su existencia. Pero una estresante demora mantiene contenido y en vilo el potencial de esta fórmula de creación audiovisual.

En la nororiental región de Puerto Padre, en la provincia de Las Tunas, Marcos Menéndez produce desde hace varios años de forma independiente varios cortos de animación, algunos premiados en festivales internacionales.

La suya no es una productora constituida formalmente. “No tienes ningún respaldo legal y puedes verte envuelto en problemas de derechos de autor si no inscribes como individuo tu diseño de personajes o el guión. Pero por otro lado no tienes que rendirle cuentas a nadie y puedes contar la historia que quieres”, opina el hombre orquesta de “Kemadera Productions”.

“Debería aprovecharse esta apertura al emprendimiento privado que vive el país y dar espacios para que también podamos aportar al desarrollo económico”, insiste Menéndez.

“Con 19 años me inventé una productora y ahora ando inventándome otra con una amiga canadiense que se llamará Yuma Indie Movies”, cuenta desde La Habana el también joven Ángelo del Castillo. “La vamos a radicar en Canadá y por ahí nos entrarán los fondos y comercializaremos las obras. Pero no le va a dar ninguna ganancia a este país”, explica.

“La falta de una ley hoy está frenando la universalización del cine cubano, porque no estamos haciendo las películas que podríamos”,Carlos Gómez.

Este periodista novel lanzó en la ciudad oriental de Bayamo su propia productora, C&D. Ahora, en La Habana, es el manager ejecutivo de El Central Producciones, una organización que provee servicios tecnológicos para la filmación de videoclips, cortos de ficción y cuñas publicitarias.

“El cine cubano está deprimido. Aunque se filmen 5 ó 6 películas en el año, podrían estrenarse muchas más. Los realizadores a veces poseen buenos proyectos, pero deben entregarlos en el ICAIC, donde suelen engavetarse a la espera de recursos. Mientras que si ese realizador tuviera el reconocimiento legal, podría asociarse con financistas extranjeros y hacer una coproducción”, argumenta.

El oportunismo de la “vista gorda”
Los varios años que acumula la solicitud de la legalización de las productoras independientes y la demora de la respuesta gubernamental refuerzan un consenso en torno a la idea de que resulta conveniente para las autoridades el estado actual de las cosas, pues supone siempre una espada de Damocles sobre los creadores.

“Tienes que vivir siempre al margen. Tienes miedo, porque aunque estés haciendo algo lo más neutral posible, si haces una cosa que cae mal, te embarcaste”, confiesa Gómez.

Se trata de una alusión evidente a las siempre latentes y posibles represalias que pueden desatarse por el tratamiento demasiado crítico de un fenómeno social.

La ausencia de un marco regulatorio siempre facilita la actuación discrecional de algunos dirigentes. Estos se abrogan el derecho de prohibir la exhibición de una obra o de cancelar las vías de subsistencia material de los realizadores, autores a los que hasta entonces, con su vista gorda, se les habían “dejado tener”.

Es por esa incomodidad también que a los cineastas les urge la promulgación de un permiso, específico para su labor, que se desprenda de los subterfugios legales a los cuales recurren hoy para cobrar.

Por ejemplo, un número significativo de ellos operan bajo la licencia de Fotógrafos de cumpleaños y bodas. De esa manera pagan impuestos, aunque en cantidades muy inferiores a las que deberían tributar sus pequeñas empresas privadas si estuvieran reconocidas.

La “alegalidad” mantenida facilita también la aparición de timos y prácticas comerciales deshonestas en el mundo de la producción audiovisual. Según el propio Carlos Gómez, sucede que “aparecen productores fantasmas que se presentan como si tuvieran todos los recursos, y lo que en realidad hacen es subcontratar a otras productoras y cobrar solo por intermediar”.

La norma legal y una escala progresiva de tributos que se cobren a partir de los recursos que declaren poseer estos “avispados” emprendedores servirían como tamiz para descartarlos. Pero mientras alguna comisión diseña la normativa, los oportunistas de cualquier propósito siguen actuando.

Una ley que fertilice
“Tenemos la urgencia de crear una industria del entretenimiento nacional que supla con producciones cubanas esa gran necesidad que demuestra el público del país con fenómenos como el Paquete Semanal”, cree Del Castillo.

La urgencia será mayor si, como parecen indicar algunos síntomas políticos en los Estados Unidos, se desmonta el bloqueo económico.

Si eso ocurriera, la televisión nacional (o los “paqueteros”) no podrían seguir distribuyendo la mayoría de las obras audiovisuales que hoy ofrecen sin pagar derechos.

“Con la ley de cine y el reconocimiento de las productoras, la oferta aumentará tanto en cantidad como en calidad, porque podríamos explotar más géneros, como la comedia o el terror, que una institución como el ICAIC no promueve, pero que la gente consume”, asegura convencido el joven habanero.

La carrera de los cineastas “independientes” para lograr la meta todavía no termina, aunque el realismo socioeconómico de sus argumentos señale a la falta de voluntad política como la verdadera causa de la demora. La construcción y exigencia desde “abajo” de una legislación, y las respuestas institucionales a ese pedido son también símbolos de los tiempos que corren en el país. Y estos creadores lo saben.

“A una persona de 90 años no se le cambia la mente con tanta facilidad”, asume casi con resignación Del Castillo, con un tono que denota la impotencia por el tiempo perdido. “El miedo al cambio es natural, pero el cambio hay que asumirlo”, concluye.