Cuando Heikel Castellanos Becerra (14 años) se monta en la ruta 2, que lo transporta desde el lejano reparto Vigía hasta el complejo recreativo Arcoíris, de Santa Clara, no deja de pensar que el día le reservará emociones fuertes. Eso de hacer clavados, sin el más mínimo afán deportivo, le transforma la asfixiante tarde veraniega en un trampolín de diversiones, del que salta sin ningún temor.

Luego de unos segundos en el aire, en una caída de aproximadamente cinco metros, lo recibe el río Ochoa. Es un flujo de agua más bien pequeño, que está enlazado con una piscina que toma su cauce para crear una poceta de aguas turbias y malolientes. “Vengo casi todas las tardes con mi hermano Hianny (13 años), y aquí nos divertimos mucho, compartimos con los socios y hasta jevitas vienen”.

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Su hermano usa una pantaleta escolar como short de baño, y su cuello lo enlaza un collar blanco, esos con los que la religión yoruba resguarda a sus hijos. Quizás por esa sensación de sentirse protegido es tan temerario y se burla del peligro cada vez que lanza su cuerpo, cual clavadista olímpico, desde el deteriorado puente que le sirve como plataforma.

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No solo están ellos, a cada rato llegan otros “colegas” en bicicletas o a pie para sumarse a la pandilla. Nadie les enseñó a hacer clavados, sin embargo, dominan las paradas de manos, se tiran de espaldas, se impulsan con pequeñas carreras, hacen “mortales”, “bombitas”, practican el clavado sincronizado o con obstáculos…

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-Y eso no está poco profundo para todos los saltos esos que hacen ustedes, indago.

Na’, te voy a enseñar dónde me da el agua. Voy a pisar el fondo y levanto las manos y así calculas la profundidad, me dice Heikel.

Sin pensarlo dos veces, se arroja a la estanque, y solo unos centímetros de dedos le quedan fuera. Según mis cálculos, el río tiene unos dos metros de profundidad, casi un suicidio para tantas acrobacias. Cuando regresa, jadeante y entripado, le pregunto si el agua no le parece demasiado sucia. Y aunque me dice que no, el olor a guajacones en su piel se encarga de desmentirlo.

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“Pa’ qué voy a ir a una piscina si tengo el río al lado”, dice Misael Ernesto Quintana (15 años), otro de los improvisados clavadistas. Vive cerca y viene a bañarse aquí, pues es el único lugar donde pueden retozar a sus anchas, sin que nadie les contabilice el horario ni las actitudes, y eso va también para su mamá.

Lo que Misael no dice es que un baño en una piscina de aguas cristalinas cuesta en Santa Clara 5 CUC (125 pesos en moneda nacional) y él, así como todos los que allí se reúnen, prefiere administrar su propio verano, con lo que tiene.

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