Si los hombres menstruaran, al menos el primer día de menstruación se declararía feriado. No sé otras mujeres, pero yo detesto trabajar el primer día de menstruación. A veces, también el segundo día. Puedo detestar incluso hablar con gente o, simplemente, ver gente.

Nunca he sabido lo que es sufrir un dolor de ovarios de esos que te dejan doblada en una cama, en la silla de la escuela o del trabajo, o en medio de la calle, que te provocan nauseas y vómitos, que requieren varias pastillas, inyecciones, infusiones y bolsas de agua tibia en el vientre; pero sí me siento mal siempre que menstrúo. Justo ahora estoy menstruando.

Si los hombres menstruaran y, por tanto, pudieran embarazarse, en Cuba los abortos se practicarían con anestesia y respeto. Muchas mujeres no serían tratadas como puercas que van a ser sacrificadas para la cena de fin de año. O peor.

¿Alguien sabe por qué en Cuba no se usa anestesia durante las interrupciones de embarazos? Esta pregunta me la hice por primera vez cuando una amiga se interrumpió un embarazo en Canadá y descubrió que la experiencia no tenía que ser dolorosa y traumática como había sido su primera experiencia en Cuba. No me pregunto ya por qué en Cuba tantas mujeres deben soportar malos tratos cuando deciden abortar o cuando van a parir.

Si los hombres se embarazaran, probablemente en ningún país se criminalizaría el derecho a abortar y no moriríamos tantas de nosotras por no tener acceso a este derecho. Quizás no sería tan difícil de entender que toda persona tiene derecho a elegir sobre su cuerpo, que es elegir sobre su vida, y que los derechos, para que sean universales, no pueden depender de creencias religiosas, ni de ideologías.

Si los hombres parieran, muchas madres no contarían que se sintieron como vacas durante el parto, porque nada de lo que decían era tomado en serio por el personal médico, o porque las enfermeras les ofendieron y abofetearon, o porque sus bebés nacieron con algún  problema producto de la violencia obstétrica, o porque ellas tuvieron que volver al hospital días después con infecciones.

Si los hombres menstruaran ninguno diría a una mujer, en medio de una discusión, para intentar deslegitimar sus criterios: “seguro estás menstruando”. Como si una mujer dejara de pensar cuando menstrúa o como si lo único que pudiera explicar que discrepara con un hombre fueran alteraciones hormonales.

Por supuesto, aquí exagero un poco. Lo que intento decir es que el mundo está diseñado fundamentalmente por hombres y para el bien de los hombres. Y de un tipo de hombre: el hombre blanco heterosexual de clase media.

Hablo de esto porque las dos películas que más me han gustado del Festival de Cine hasta ahora narran eso: el lugar jodido que a las mujeres nos ha tocado ocupar históricamente en la sociedad solo por nacer con una vagina, por menstruar, por poder parir. Una es La vida invisible de Eurídice Gusmão, del cineasta brasileño Karim Aïnouz,  y la otra, Los sonámbulos, de la cineasta argentina Paula Hernández.

La primera, se desarrolla sobre todo en la década de los cincuenta del siglo pasado y cuenta en paralelo la historia de dos hermanas, Eurídice y Guida, cuyas voluntades, deseos, sueños, sentimientos, en resumen, sus vidas, son una y otra vez reprimidas por las lógicas patriarcales. A mi entender, a la película le sobran unos veinte minutos (dura dos horas y 25 minutos) Hay varias escenas descriptivas de los personajes y sus contextos que reiteran lo que ya dice de manera muy contundente el relato central, que debilitan ese relato central en lugar de fortalecerlo, pero fuera de esto, no me causó ninguna otra inconformidad.

La vida invisible de Eurídice Gusmão construye el universo de las mujeres que viven bajo opresiones patriarcales con una sensibilidad extraordinaria, que expresa un conocimiento profundo y desprejuiciado de ese universo. Yo hubiera querido que en algún momento alguna protagonista se rebelara, quizás porque desarrollé mucha empatía con las protagonistas, pero solo ocurren confrontaciones mínimas que no conllevan a ningún cambio sustancial de las relaciones de poder entre mujeres y hombres.

Tampoco hay que pedirle a una película la justicia que en la realidad muchas nunca encontramos.

Y la segunda (Los sonámbulos) es una película aburrida y densa, pero que a mí me gustó. Del cine se levantaron de las butacas y se fueron cerca de cincuenta personas antes de que terminara. No pasa nada hasta las últimas cinco o seis escenas.

Los sonámbulos narra un conflicto familiar, más a partir de diálogos que de acciones, y progresa según los personajes se abren y se sinceran en situaciones muy cotidianas. Yo creo que pudo haber ayudado un poco a la historia el suspenso, que se anticipara algo, porque si bien el suspenso hubiera disminuido el impacto de la sorpresa del final, quizás hubiera sido preferible un equilibrio entre suspenso y sorpresa que el aburrimiento que espantó a tantos espectadores. Imagino que la intención de la autora haya sido recrear esa atmósfera monótona, y al mismo tiempo tensa, de muchas reuniones familiares, pero creo que se le fue la mano.

Y su título no me funciona. El rol del sonambulismo en la historia es más decorativo que funcional, solo hay un momento en que influye en los acontecimientos, aunque en ese momento el sonambulismo se podía haber sustituido por asma crónica y hubiera cumplido igual su función; por tanto, el título, en masculino además, cuando la protagonista sonámbula es una mujer, genera falsas expectativas.

Pudiera hacerse una segunda lectura más simbólica, en la que los sonámbulos serían en verdad los hombres, o la familia toda, pero sinceramente como metáfora tampoco me funciona.

Sin embargo, insisto, me gustó. Y mucho. Quizás sea por lo que denuncia, por la franqueza de su punto de vista, por su inteligencia, porque recrea de manera perfecta, milimétrica, las circunstancias en las que ocurre la violencia contra las mujeres.

Cuando dejé el cine, luego de ver esas dos películas, no me quedé pensando en sus cualidades artísticas sino en las mujeres. Me sentí frustrada. En Brasil, en Argentina, en cualquier parte, todas tenemos las mismas historias.

Y claro que no sería necesario que los hombres menstruaran para que fueran capaces de renunciar al lugar privilegiado que históricamente les ha dado el patriarcado, y ponerse no en el lugar de las mujeres, que ha sido un lugar muy jodido, sino en un lugar que no implique que para nosotras solo quede un lugar muy jodido. No hace falta que los hombres menstrúen para que nosotras ocupemos un lugar justo.

Mientras, soy feliz con que en Cuba, tanto mujeres como hombres, puedan ver esas películas.

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