En Enramadas un viejo está metiéndose un taladro en la nariz, en medio de un círculo formado por tres policías y cuatro gringas que lo filman con móviles como si el viejo fuera David Copperfield. El viejo se mete la punta entera del taladro, hasta el cabo, por uno de los huecos y le da vueltas a la manigueta de alguna forma en que ni se perfora el cerebro ni suelta sangre ni se siente aquello, o eso hace creer porque lo suelta y abre las manos y se deja el tarugo colgando allí. No intenten esto en casa, dice, como si fuera David Copperfield y las gringas lo aplauden conmocionadas y los policías como si nada y los santiagueros siguen subiendo y bajando Enramadas sin importarles el cerebro del viejo ni su nariz. El viejo, que no sabe muchos más trucos, se saca el taladro lentamente y las gringas lo miran embobecidas, pero cuando empieza a meterse el taladro en el otro hueco las gringas se largan y no le dejan ni este CUC ni una curita ni nada.

En la esquina de arriba, frente a un restaurante particular, cuatro viejos tocan una guitarra y raspan un guayo y hacen sonar una canción mariposona sin bocinas, sin público. Están tocando ahí con la esperanza de que las cuatro gringas que hace dos minutos se aburrieron del taladro pasen y quieran tirar un pasillo o les pidan un tema por dinero o en todo caso les dé por comerse los muslos de un pollo en el restaurante y a los del restaurante les dé por pagarles a los cuatro viejos una comisión, que no tienen que hacerlo, porque en el restaurante hay un mulato cuyo trabajo consiste en pararse encorbatado en la puerta y enseñarle el menú a todo el que pase. Si alguien que pasa revisa el menú y entra al restaurante el mulato cobra, si nadie entra el mulato cobra, si pasa alguna gringa suculenta el mulato se dobla de tal forma que parece un menú. A cinco pesos el cepillo dental, va gritando un temba, a cinco pesos el cepillo dental/ ayúdenme a no robar. El temba lleva, además, un espejo. Una mujer se le acerca: ¿cuánto cuesta el espejo? Diez. ¿Diez dólares? Diez CUC, señora; dólares hay en el país de la democracia y de la libertad.

Un loco payaso al que le dicen Justo agita unas maracas y canta, llegó la figura y las 50 personas que le hacen coro muertas de la risa le hacen coro: a botarse. Parece que a botarse es la pauta, la identificación de Justo porque lo trae escrito en una cartulina. A Justo le falta la mitad de los dientes y anda con camisa y short y gorra. Hace dos minutos estaba haciendo una parodia de aquella serie policiaca en que al chivatón le decían Tavo. Metía el pecho contra la pared y se agarraba la zona de los riñones como si le hubieran metido un tiro. La gente se reía: ¡Justo, canta!, y le tiraban al piso monedas de un peso, billetes de cinco pesos, no mucho más y Justo contentísimo se agachaba a cogerlas, las metía en una cesta en un mantel en el piso que tenía al frente una foto de Lázaro Expósito con no sé quiénes, uno de ellos, parece, es Justo. No podría asegurarlo. La foto se ve mal. La gente ríe. A todo el mundo le hace falta alguien de quien reírse.

Saliendo de Plaza de Marte, que es el parque donde empieza Enramadas, el boulevard de Santiago de Cuba, me cayó atrás un negro sesentón disfrazado de Benny Moré que, dicen, dobló la voz de Benny en la película. Anda con peste a ron por toda la vida, tambaleándose en unos pantalones patas de elefante que le caen rectos en un par de zapatos de dos tonos, con un bastón metido en el sobaco y gabán y sombrero y un bigote, como la estatua. No sé bien si canta. Yo no lo vi cantar. Yo lo que vi fue que me partió para arriba a ofrecerme restaurantes y cantinas y a ver si le pagaba una cerveza. Yo tenía hambre. Eran las 12 del día. Me propuso espaguetis en un segundo piso y pan con frita y pizza de queso y un café y batido. Propuso meternos en un restaurante caro, en divisas. Yo no tenía un quilo. Yo soy un personaje, dijo el Benny, ¿tú no conoces al Benny? Sí, al Benny, pero tú no eres Benny. Me dio lástima. No es fácil dejar de tener tu vida y ponerte a vivir otra vida ahí.