A las 8:43 pm del domingo 27 de enero, Cesyl Pérez, residente de Santos Suárez en el municipio Diez de Octubre, me envía una foto por WhatsApp. Era un rabo de nube o algún nubarrón oscuro que reinaba en el centro de la imagen, buscando tierra. Por lo apocalíptico que se veía, al principio no le di mucha importancia. Parecía sacado de alguna película en la que un tornado azota el medio de la ciudad.

Casi inmediatamente se interrumpe el servicio eléctrico, que no se restablecerá hasta la madrugada o la mañana del día siguiente en algunos casos. Solo así puedo conectarme y la avalancha de mensajes llega por todos lados. Preguntan que si estoy bien, que cómo está la familia, que han visto las noticias y los destrozos. Salgo disparado hacia el televisor.

Un tornado categoría F4 en la escala Fujita había afectado La Habana. Diez de Octubre, Regla y Guanabacoa son los municipios más afectados. Luyanó, Jesús del Monte, la calle Lacret, Robles, La Colonia, zonas críticas. No era una película.

Rápidamente, unido a los esfuerzos del gobierno, se organizaron los voluntarios, listos para ayudar a los damnificados en lo que hiciera falta. Se crearon grupos en WhatsApp y Messenger para recaudar donaciones de ropa, agua, comida y dinero.

Las colectas de estudiantes y profesores de la Facultad de Comunicación y de la Facultad de Lenguas Extranjeras (ambas de la Universidad de La Habana), y de los miembros del grupo #AyudaDirecta en Facebook y WhatsApp, son solo algunas de las iniciativas que se sumaron a las de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), Asociación Hermanos Saíz, Unión Eléctrica de Cuba y demás instituciones y organizaciones estatales envueltas en tratar de levantar las zonas afectadas de la capital.

Yo también me sumé. Estas son algunas de mis vivencias de los últimos días como voluntario.

A la entrega de la ayuda, le antecede un proceso de clasificación de las donaciones y organización para que muchas personas puedan ser beneficiadas. Foto: Tomada del perfil de Sandra García.

A la entrega de la ayuda, le antecede un proceso de clasificación de las donaciones y organización, para que muchas personas puedan ser beneficiadas. Foto: Tomada del perfil en Facebook de Sandra García.

En Regla unos ayudan, otros entorpecen la ayuda  

A Regla llegamos el miércoles 30 de enero, luego de haber recogido donaciones en la sede del negocio privado Cuba Libro, en 24 y 19, Vedado.

Éramos parte de un grupo dirigido por Mary Lou Rodríguez y Ricardo Leandro Sarmiento, dos jóvenes artistas. Partimos hacia allá sobre las 3:30 pm. Ya en la rotonda de Guanabacoa, el primer retén policial retrasó la caravana. Luego de algunos minutos explicando al agente nuestro propósito, logramos pasar.

A la entrada de la Calzada de Regla, nos vuelven a detener. La explicación se repite: “Venimos a ayudar con ropa, agua, comida, apoyo a los afectados por el tornado. ¿Por dónde podemos pasar?”. El agente negocia que avancemos hasta una pequeña calle y parqueemos ahí. Pero nos dice que no se puede repartir nada.

“Sin un miembro del gobierno municipal no les podemos dejar repartir las cosas”, explica.

Una señora nos brinda su casa para que descarguemos y clasifiquemos las donaciones. Accedemos para ahorrar tiempo, pues se hace de noche. “A mí no me pasó nada, solo me duelen un poco los huesos pues mi hijo se tiró encima de mí cuando pasó todo y me apretó contra el suelo para evitar que, si perdíamos el techo, me cayera encima”, dice una de las ancianas que nos ayuda.

La dueña de la casa refiere que era un sonido extraño, como el ruido de aviones que volando muy bajo, disparaban con ametralladoras. “Pensé que era un ataque de los americanos”, dice, a la vez que le explica a su esposo, que acaba de llegar con una balita de gas, por qué su casa está tomada por un grupo de muchachos. “Ellos están aquí para ayudar. Hace falta que los lleves a donde vive la gente que tienen en la lista”, le dice.

Los vecinos comienzan a aglomerarse en las calles, mirando la caravana de autos desde los cuales se comienzan a sacar cosas para entregar. Una mujer habla por su celular, seguramente cargado recientemente en algún policlínico: “Aquí hay unos muchachos bajando cosas y no los dejan repartirlas. No entiendo por qué estos cabrones se ponen así. Ellos vinieron con esto, comprado con su dinero para dárselo a la gente”.

Ricardo sale con otra muchacha a buscar a la representante del gobierno. Sigue oscureciendo y la sede gubernamental está lejos de la zona donde se establece el “cuartel general”. Se vuelve a negociar con la policía. “Ya están de camino con la persona del gobierno, se hace de noche y tenemos una lista, por favor, déjenos comenzar”. A regañadientes, el oficial acepta. Llega una patrulla y se detiene en la esquina de la casa. Otros cuatro agentes a pie observan el ajetreo. Comienzan a salir los grupos. La gente se aglomera más.

Jovenes del grupo de Mary Lou y Ricardo en la zona del Circulo Infantil, Regla

Jóvenes del grupo de Mary Lou y Ricardo en la zona del Círculo Infantil, Regla. Foto: Gabriel García Galano.

Las calles están llenas de escombros, fango, ramas de árboles y cables caídos. Todos miran. Todos comentan. Algunos solicitan que, por favor, se les lleve agua. Otros indican dónde están las personas más necesitadas. Unos te piden de favor que entres a su casa y veas cómo quedó, para ver si puedes dejarles algo. Otros, cuando llegas a su puerta, no saben qué hacer.

En uno de esos recovecos, una señora de piel negra observa a su esposo paliar desechos, de pie en la puerta de su casa. Solo el marco y las paredes resisten. No hay techo. Cuando nos acercamos, le da pena recibir un buche de café y un pomo de agua, que era lo único que teníamos a la mano en ese momento. Agradece. Parece que va a llorar. “Tranquila tía, que vamos a echar palante”, le dice una de las muchachas. En ese mismo pasillo, los vecinos, tomando el poco aire que circula y haciendo caso omiso de la mosquitera que comienza a hacerse presente, preguntan entre risas por un poco de café. Aunque esté frío. Se reparte hasta que se agota, y ellos lo comparten.

Lien, por otro lado, vive en una casa en un tercer piso que se quedó sin techo. Tiene una hija, que no llega a veinte años, que ya tiene un niño. Ella nos recibe, y luego de agradecernos por todo, nos pide que si podemos ayudemos con comida, que es lo más urgente. Agua y comida.

Hacia adentro, por el círculo infantil, los “llega y pon” en pie (lugares que se arman con rapidez y con materiales precarios para vivir, como generalidad son asentamientos ilegales) albergan a numerosas familias que se han quedado casi sin nada. No se puede esperar otra cosa de domicilios que, a veces tienen paredes de latón y madera. Hay familias de hasta 20 miembros y personas que, desde el lunes 28, no se han podido cambiar de ropa siquiera. Un señor de 90 años recibe igualmente la ayuda, no le alcanzará para mucho, pero resolverá al menos alguna que otra urgencia.

Descargamos todo, y volvemos por más.

Al regresar a la base de la calle Julio García, las representantes del gobierno intentan controlar a una masa de personas que han llegado para que les den algo. Ya no se sabe quién necesita y quién no. Tras haber cubierto las donaciones de los damnificados del listado nuestro y los del gobierno, se trata de repartir lo que queda. Los que alcanzan algo llaman a otros para que traten de agarrar algo también. Hay momentos de caos y desorden. Hay quien incluso acusa a la dueña de la casa de quererse quedar con las cosas.

Un niño recibe un tubo de pasta de dientes y se queda mirando al vacío. Al final pregunta si quedan cepillos de dientes, pues él no tiene. Cuando lo recibe sus ojos le brillan. Agradece y sale corriendo. La situación, por otro lado, sigue al punto de salirse de control. Las delegadas del gobierno deciden suspender la entrega. “Igual, ya no queda nada”, responde uno de los muchachos.

Luego de muchos esfuerzos, se logra la atención de la multitud y se les informa que no queda nada, que se intentará regresar, que entiendan que aunque parece mucho es muy poco y lo adquirimos con nuestros recursos y colectas. Finalmente entienden e, incluso, aplauden, y se retiran. La dueña de la casa y quienes ayudaron en todo el proceso, vecinos que al igual que otros estaban sin agua y sin corriente, nos agradecen y piden a Dios que bendiga al grupo. No se quedaron siquiera con un pomo de agua. Son las 7 de la noche.

 

Miembros de la Orquesta Sinfónica Nacional llegaron hasta las zonas afectadas con donativos. Foto: Tomada del perfil de Alejandro Palmarola.

Miembros de la Orquesta Sinfónica Nacional llegaron hasta las zonas afectadas con donativos. Foto: Tomada del perfil en Facebook de Alejandro Palmarola.

En Luyanó y Jesús del Monte aún quedan necesitados 

Antes del jueves 31 de enero logramos contactar con un amigo del aula que vive cerca del Hospital Hijas de Galicia, uno de los lugares más afectados por el tornado. “Esto está muy mal. Yo tuve daños menores, pero a dos cuadras de mi casa hay quien lo perdió todo”.

El sábado 2 de febrero las donaciones acumuladas en la Facultad de Comunicación partieron hacia Diez de Octubre, donde el gobierno municipal nos guiaría hacia los albergues y consejos populares más críticos. Ocho autos y dos guaguas (una de la Unión de Periodistas de Cuba y otra resuelta mediante la Embajada de Bolivia), otro van de la UPEC y uno más de Cubyke (grupo de ecoturismo), componen la caravana.

Al entrar por Concha y Luyanó ya se pueden apreciar los destrozos. Hay mucho polvo y escombros, aunque ya en buena medida han sido recogidos por brigadas especializadas y de voluntarios. Se barren las calles con lo que se tenga a mano. Al igual que en Regla, la gente comenta o grita de una punta a otra de la cuadra: “¡Eso es para los damnificados!”.

La primera parada es en un albergue, ubicado en la esquina de Municipio y Guasabacoa. Veintiocho personas, familias con niños, reciben el primer impulso de la ayuda. Algunas muchachas reparten juguetes y se sientan a jugar con los niños. Los maquillan con caras de gato, perro; los disfrazan y siguen jugando. Más de uno de los estudiantes quiso llorar con aquello. Pero no se podía. La gente necesita esperanza, no lágrimas. Necesitan que le pasen la mano, y les pregunten, al menos, cómo están llevándolo.

Arquitectos cubanos se unen de forma voluntaria para reconstruir barrios de La Habana

Luego vamos a otro barrio que identifica el compañero del gobierno municipal. Entre el polvero y el calor, los charcos de tuberías rotas y basura que aún no se recoge, el lugar parece un pueblo de película del viejo oeste. Las familias necesitadas han sido llamadas hasta una esquina, y una vez concentradas, reciben la donación.

Vecinos voluntarios llevan a estudiantes que fungen como jefes de grupo hasta otras casas donde viven personas que están en pésimas condiciones. La gente mira, pregunta y, como en Regla, agradece… pero corre la voz. Y empiezan los problemas.

Cuando hay semejante nivel de desesperación también aparecen elementos oportunistas. Se sabe de sobra que el pueblo cubano tiene necesidades, pero en esta situación de desastre hay quienes necesitan más que otros. Existen personas a quienes no les importa y se abalanzan sobre los carros pidiendo cosas que no necesitan más que otros vecinos. Y muchos, ante nuestra ignorancia, logran privar de donaciones a otros que la están pasando peor.

“Aquí salió una mujer con su hijo de una casa que tenía luz, agua y techo, a meter fuerza para coger algo. Ella hasta tenía una lavadora puesta”, me cuenta uno de los estudiantes. “La gente puede llegar a ser verdaderamente miserable”, agrega. Una vecina nos sale al paso: “Váyanse de aquí. Bajen unas cuadras allá adelante a la derecha. Ahí si necesitan cosas. Estos son unos descarados que no les pasó nada y están tratando de aprovecharse de ustedes”. Adonde fuéramos la gente nos sigue, sembrando el desorden. Se toma la decisión de salir de allí hacia Jesús del Monte, una vez cubiertas las necesidades de los listados y otros casos que se identificaron como críticos.

Voluntarios recorren barrios azotados por el tornado. Foto: Tomada del perfil de William Bello Sanchez

Voluntarios recorren barrios azotados por el tornado. Foto: Tomada del perfil en Facebook de William Bello Sanchez.

En Jesús del Monte, las cosas parecen estar un poco más organizadas. Delegados de zona y del gobierno se unieron para ayudar a llevar las cosas casa a casa, pero una caravana tan grande siempre llama la atención y es casi imposible evitar que la gente se entere y salga de sus domicilios para buscar recibir algo, nuevamente, necesitándolo o no.

Los delegados indican dónde viven los afectados y salen grandes grupos de estudiantes cargados para repartir cosas. Arriba, en la loma y frente a la iglesia, una mujer se debate entre una multidud: “Solo quiero un par de zapatos para mi esposo, yo no quiero nada”. Los hombres la empujan y no la dejan pasar. La sacan de la cola. Ella no se rinde y va hasta la delegada, que nos llama y explica el caso. Viven en un solar justo al lado de la iglesia. Han logrado acomodar un toldo para sustituir de alguna manera el techo que perdieron. Son casi 30 vecinos.

“La mayoría nos hemos criado juntos aquí y ver esto nos ha destrozado”, dice un hombre de poco menos de 40 años que lleva espejuelos. Ante el pedido, cuenta a todos los vecinos y nos dice lo que necesitan. “Treinta módulos, 12 de mujer y 17 de hombre. No se preocupen, que lo que no le sirva a uno, se intercambia con lo que le haga falta a otro. Hemos vivido así toda la vida, y hoy eso no va a cambiar”.

“Gracias, muchas gracias. Que tengan éxito y Dios los bendiga”, dice la mujer que ya consiguió los zapatos para el esposo, y en cuya casa comienzan a repartirse las cosas. “Lo que ustedes hacen, vale mucho”.

Dios necesitará bendecir a muchos, más que a nosotros, sobre todo, a aquellos que a estas alturas, en Guanabacoa o en otros barrios, todavía no le han tocado la puerta para entregarles nada. Este evento demostró que la gestión de crisis en Cuba tiene mucho que aprender, si es que hay algún departamento que dedique tiempo a eso. Si cierto es que el Estado no tardó un minuto en responder, haciendo uso de lo que dispone y movilizando paulatinamente sus recursos, en algunos casos la respuesta ha sido lenta y ha dejado episodios de indolencia.

Mientras tanto, los grupos no paran. Hay mucho por hacer y mucha gente a la que llegar.

¿Quién debe gestionar la ayuda a las víctimas del tornado?