Cada anochecer trepaba a la azotea de la casa de sus padres a fumar en libertad, y a soñar. Era la hora en que todos, ocupados en las tareas domésticas, la dejaban en paz. El resto del tiempo había que compartir la televisión y la infame novela de cada día, turnos para el baño, esperar por los mayores para poder sentarse a la pequeña mesa, y dormir en el mismo cuarto que los padres, sin intimidad alguna. India, como la llamaban, soñaba con vivir sola. Tenía 16 años.

Allí los días transcurrían en cuadro apretado. Solo imagine a una pareja de adultos que intenta tener sexo sin ruido junto a la cama de su hija adolescente, aparentemente dormida. Una vez conoció a un joven que jugaba dominó, y de paso traficaba un poco en el mercado negro, durante toda la noche fuera de su casa, en Centro Habana, para que dentro durmieran menos encogidas su esposa e hijos. Cuando se iban al respectivo trabajo y escuela, él entraba a dormir. Nada cómodo, ¿no?

Después de eso India comprendió que ella no había sido castigada por ninguna deidad y que había cosas peores que no poder leer o estudiar de noche porque el resto de la familia duerme y la luz molesta. Incluso cuando ya eso no es poca cosa.

Delicadezas de convivir

En Cuba hay un promedio de 3 personas por casas, es más, hay 1,7 personas por habitación. La cifra, así solita, parece decir: “no está mal, ¿verdad?” Pero como es un promedio, en realidad lo que sucede es que algunas personas viven hacinadas en reducidísimos espacios y otras viven sin compañía en casas de 3 y 4 habitaciones. India se ubica en el primer grupo. Para ella la convivencia con su familia, además de compleja, por la diversidad de intereses y dinámicas que confluyen en un mismo espacio, es intergeneracional.

Demasiada algarabía molesta a los abuelos; la música de los nietos les aturde. Y los padres. Ellos saben de cada madrugada en vela, cuando finalmente India no se duchó, del mal día que no quiere pero que debe explicar, de todos los “amigos”, de sus conversaciones por teléfono… y así hasta el infinito.

A ella le ha costado años y mucha, muuucha paciencia lograr que toquen la puerta del cuarto compartido antes de entrar, que no registren sus cosas “porque has estado muy rara últimamente”, o que no la acorralen con preguntas sobre Armando, “el nombre que aparece tan seguido en tu diario”.

Y tan discrepantes son las costumbres como los gustos. Ahí está esa pared pintada de rosado chillón, como si no existiera otro color en el mundo, o las flores plásticas que siempre ha querido botar y a su mamá le gustan tanto. A ellas hay que darle también los buenos días. India las mira y jura que cuando tenga su propio hogar no pondrá nunca nada tan kitsch, todo será minimal.

 Por cierto, cuando eso suceda no dedicará horas a quitar el polvo de los muebles, limpiando los tres elefantes y quince animales de granja hechos de cerámica, las personitas de biscuit que siempre le sonríen burlonas, los muchos ceniceros que no se pueden utilizar porque son de adorno, las estampitas, los búcaros en los que nunca ponen flores… y los tapetes y espaldares tejidos por la abuela, espectaculares para llenarse de polvo con solo pestañear.

Nada de eso va a estar en su hogar. Y sus libros siempre estarán a la mano, no en cajas. Habrá toda una pared pensada para ellos, para que inunden el espacio con su olor a viejo, a papel, a infinito.

Y tampoco pasará sus fines de semana bregando entre la frazada de piso y la lavadora. De hecho, limpiará su casa cuando le parezca, porque para eso será quien manda y pone las reglas. La casa estará en función suya y no al revés.

¿Opciones?

India podría comprar. Pero el tiempo y el dinero le escasean. El mercado de la vivienda, desde que a finales de 2011 se permitió en Cuba comprar y vender inmuebles, prolifera de modo acelerado. Hace falta alrededor de 10 mil USD para lograr una independencia habitacional que, de todos modos, por ese precio tampoco será lo más cómodo. Es decir, no habrá una pared solo para los libros.

Quizás opte por la renta. Para ello no solo tendría que trabajar, sino obtener ingresos que le permitan pagar un mínimo de 50 USD, en caso de que comparta el alquiler con otra persona, o aproximadamente 100 USD si se va sola. Con un salario promedio de 20 dólares y con tres años de graduada eso no es posible. Intentaría buscar otros empleos, trabajar más. Lo intenta, pero intentar no es garantía de nada.

También conoce muchos casos ya de jóvenes que se mudan con personas mayores y desconocidas, ancianos que no tienen quien cuide de ellos pero poseen grandes casas o apartamentos. Los acompañan y se ocupan de la economía doméstica por años, sobre todo cuando ningún otro familiar lo hace, a cambio de heredar la casa cuando mueran.

Técnicamente India es heredera de una casa y un apartamento. Convertirse en propietaria implica que sus padres o abuelos o tíos… “Cuando yo muera, esta casa será tuya”. “Deja —le dice a la madre— ya inventaré algo”. Inventar es, a todas luces, la palabra clave.

Hay, claro está, una última opción. Una que desangra el futuro de Cuba por las puertas del aeropuerto José Martí, o por las costas dispuestas al norte. Ella, como muchos otros, ha comenzado a proyectar su vida fuera del país en que nació. Un poco tarde para lo que se estila, “pero mejor tarde que nunca”.

Será lindo su hogar, sueña trepada en la misma azotea de siempre. India tiene ya 25 años.