En unos pocos años tendrá lugar en Cuba la sucesión generacional de los que están al frente del destino de la nación. Sumado a sus muchos desafíos, los nuevos dirigentes perderán algo que sus predecesores tuvieron: un cheque en blanco.

Por: Harold Cárdenas Lema (haroldcardenaslema@gmail.com)

Cuba no puede escapar a su circunstancia latinoamericana, ni sus habitantes podemos estar al margen del caudillismo o la tentación populista que nos viene en la sangre. Mientras los pueblos de la región permanezcan privados de una vida digna y el tablero político permanezca amañado para los pobres según las reglas de los malos gobiernos y la corrupción, buscaremos liberarnos a través de individuos que con carisma se ganen nuestra empatía.

En términos estratégicos esto no parece adecuado, depositar en los hombros de una persona el peso de una nación y  someterla a peligros inusitados. Esta apuesta, en ocasiones, ha salido bien y en otras no tanto. Sin embargo, parece repetirse periódicamente.

En Cuba, la expresión de este fenómeno está en Fidel Castro y lo que llamamos la Generación del Centenario, que después de derrotar la dictadura de Fulgencio Batista cumplió, en cuestión de años, promesas que cinco décadas de República habían pospuesto.

El Maleconazo
El 5 de agosto de 1994, miles de cubanos se congregaron en El Malecón para protestar contra la crisis económica en la isla.

Esta es la primera vez desde la Revolución que se produce una revuelta popular en Cuba.

Esto les dotó de un respaldo y una autoridad moral que prácticamente se convirtió en un cheque en blanco. En este análisis debe reconocerse que la dirigencia de la Revolución Cubana no hubiera podido llegar hasta hoy sin el respaldo popular. Cualquier afirmación que niegue esto no sería realista o pecaría de tendenciosa.
Todavía queda pendiente que los sociólogos expliquen cómo durante el “maleconazo” del año 1994 en La Habana, Fidel se expone físicamente ante los manifestantes y el pulso político de la situación cambia drásticamente a su favor.

Si revisamos la historia de nuestros últimos 50 años veremos cómo logramos crear un modelo exitoso en materia cultural, mientras fracasamos estrepitosamente en crear un modelo económico que sea funcional.

Por su parte, la subordinación de la economía a la política y la voluntad de los políticos sin duda han tenido responsabilidad en esto. Cualquier otro dirigente hubiera tenido que despedirse del cargo después de la Zafra de los Diez Millones pero Fidel Castro es el líder espiritual de la Revolución. Su historia y relación con buena parte del pueblo cubano son incomprensibles para un extranjero, no entendería que el asunto es para muchos una cuestión emocional en vez de racional.

Por esa razón, sucederlo en sus funciones no es tarea fácil y solo su hermano Raúl compartía parte de la mitología que rodea a una generación de hombres, de los cuales lamentablemente muy pocos llegaron con vida a dirigir el país. No obstante, la diferencia se aprecia. La sustitución del liderazgo carismático por una metodología para institucionalizar y actualizar el país, requiere de un breve análisis. Los cubanos, acostumbrados a las constantes actividades de Fidel y los discursos enardecidos, no podemos evitar notar cuando pasan tres meses y el presidente no hace una aparición pública. Demasiado acostumbrados a un líder, tener un presidente de otro carácter es algo que no pasa inadvertido.

Hablar del presidente de manera desenfadada no es común en Cuba, acostumbrados a los extremos de apología inútil o hipercrítica superficial, el puritanismo político solo promueve la doble moral y promueve que en el futuro los análisis críticos sean sesgados.

Raúl heredó el cheque en blanco y comenzó un proceso de cambios que pocos podían predecir incluido yo mismo, que estaba demasiado prejuiciado con la sicología del mundo militar. Ver que el país ha cambiado más en siete años que en décadas enteras ha sido algo muy esperanzador. El propio Fidel comenzó el cambio al admitir en 2005 que el sistema cubano podía venirse abajo y luego Raúl comenzaría a dar pasos para actualizarlo. El cheque pasaba de manos pero terminará ahí.

Cuando en 2018 una nueva generación asuma el control máximo del país, no tendrá a su favor haberse enfrentado a Batista, no habrá disparado en las montañas o sufrido prisión en manos de una dictadura.

Quien dirija Cuba en el 2019 no contará con el cheque en blanco y esto significa que su gestión deberá ser más transparente, deberá rendir cuentas al pueblo sistemáticamente y esto tampoco puede significar atarle de manos. Cuando llegue ese momento necesitaremos ser más horizontales como sociedad y tener la capacidad de sustituir a todo aquel que no sea eficiente en su labor.

En lo personal, la fecha del 2018 me parece un formalismo innecesario que puede desgastar a dirigentes que ya tienen todas las condiciones y respaldo para tomar las riendas del país.

En todo caso ya las fechas están dispuestas y solo queda crear condiciones para cuando llegue el momento exista un mayor control social sobre la gestión gubernamental y el pueblo pueda acompañar el proceso sintiéndose parte del mismo. Perder el cheque en blanco significa nuevos desafíos pero puede salvarnos del caudillismo o la tentación populista, y en ese caso estaremos alcanzando nuevas metas civilizatorias. ¿Tendremos miedo a este cambio? Espero que solo a la inercia de permanecer en el mismo lugar.