En Cuba la solidaridad tuvo una concreción reciente. Mucha gente optó por estar y hacer frente a los destrozos dejados por el tornado que golpeó varios municipios habaneros.

Las experiencias, anécdotas y reflexiones sobrevenidas, al tiempo que están llenas de escombros, dramas y virtudes humanas, recuperación y solidaridad, nos invitan a leer con hondura y discernimiento a Cuba, su sociedad, su gente y las maneras de hacer política.

Estos días nos dejan algunas lecciones importantes:

1. los problemas dramáticos del pueblo tienen solución en la unidad;

2. Estado y sociedad no tienen fronteras nítidas cuando se prioriza acompañar y proteger a la gente que, angustiada, maldice las ausencias y dilaciones, al tiempo que bendice las cercanías afectivas y materiales, vengan de donde vengan;

3. la pregunta ¿y tú qué has hecho? es un buen antídoto contra los/as cronistas de desastres;

4. la prioridad del protagonismo personal o del control estatal hacen igual daño a la solidaridad colectiva;

5. cuando se trata de resarcir a la gente más jodida, el problema no es quién sí o quién no, dónde sí o dónde no;

6. un “presenciazo” soluciona y humaniza más que un “twitazo”; la realidad está en los barrios y no en Facebook ni en Twitter;

7. la sensibilidad individual y colectiva puede mucho cuando activa la autogestión para ser útil y servir.

Este episodio nos deja una pregunta trascendente: ¿por qué no hacemos cotidiano lo que ahora parece una excepción? Por ejemplo, la preocupación constante por las personas que viven en situación de pobreza (las más afectadas por eventos naturales y sociales); el hábito de compartir lo que tenemos sin que medie una relación mercantil; el rescate del trabajo voluntario en la comunidad, sin más interés que ayudar a quien lo necesita y sin más beneficio que el bienestar que genera servir.

Podemos hacer cotidiano, también, que los límites entre el Estado y la sociedad se diluyan; poner en común los intereses, coordinar esfuerzos y reconocer que la sociedad civil legitima su riqueza en la solidaridad y el empeño colectivo.

Podemos, entre todas y todos, diseñar un modelo que, al desterrar los recelos mutuos, naturalice, potencie y enriquezca la articulación entre el Estado y la sociedad. Un modelo donde la burocracia no confunda papeleo con soluciones. Un modelo que parta de comprender que la solidaridad, la creatividad y las alternativas comunitarias, culturales y económicas, tienen muchos caminos posibles fuera de la mercantilización y la centralización castrantes.

La buena gente cubana trasluce lo mejor para afrontar este desastre. No perdamos el impulso y reconstruyámoslo todo, “mejor que como estaba antes”, incluyendo las maneras de hacer política, para que el bien común sea, cotidianamente, una preocupación de todos y todas.

 

Iniciativas ciudadanas tras el tornado que azotó La Habana