En un discurso ante la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), el presidente Miguel Díaz- Canel me ha dejado claro (si es que acaso alguna vez tuve dudas) que es parte de la tradición ortodoxa “revolucionaria”, la que ve en la “intransigencia” un valor inherente a su condición.

Esa ortodoxia gusta de quitarse de en medio a sus detractores, en lugar de intentar gobernar para todos, incluso los que no creen.

Dos frases suyas regresan la postura pública de un alto dirigente del país a una retórica excluyente y agresiva que mantiene viva, muy a mi pesar, la visión de la política como un escenario de enemigos, en lugar de adversarios.

La idea “Se es o no se es, desde los tiempos de Shakespeare”, reactualiza el mandato ya descrito desde 1961 por la idea de Fidel Castro en sus palabras a los intelectuales: “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”. Es una obviedad que no se puede ser y no ser a la vez. El problema radica en que desde el poder se imponga a los ciudadanos qué es lo que deben ser.

La segunda idea, más peligrosa, condiciona derechos consagrados para todos, pues, según el presidente, hay cubanos que no son parte “(…) de la sociedad cubana que se ganó con sacrificios y esfuerzos el derecho exclusivo a discutir cómo diseñar el futuro” (las negritas son mías) Como no son parte de la sociedad que se ganó el derecho a participar, deben ser ninguneados.

No me sorprende que nos encontremos nuevamente ante esta retórica guerrerista, pues se trata sólo de una vuelta a la táctica política principal de los últimos 60 años: desconocer, desacreditar y aplastar a quien disienta.

En un escenario siempre reducido a revolucionarios-contrarrevolucionarios, se ha olvidado intencionalmente que existen otros conceptos más abarcadores que nos obligan a discutir entre iguales la construcción de nuestra sociedad. Y el principal es Patria, unido a Nación, que son más que País, que Socialismo y que Revolución.

A mí, y a muchos que creemos que nuestro país se puede transformar desde el debate duro y abierto entre todos los sectores de la Nación, me gustaría ser considerado (si acaso fuere considerado algo) alguien que intenta desmarcarse de lo que entiendo es un modelo político no democrático y un modelo económico ineficiente.

Es decir, que se me crea un simple adversario del gobierno del PCC y no un enemigo, porque no busco su desconocimiento, ni la muerte de los que lo apoyan ni excluirlos de derechos de ningún tipo.

Lo que no puedo aceptar, porque sería suicidarme ideológicamente, es la idea de que la “Revolución” tiene más derecho a existir que yo a expresarme, disentir y tratar de incidir en la transformación de mi país.

Por mis posturas, algunos amigos me han llamado Habermasiano, señalando como inservible, o ingenua, mi visión de que es posible dialogar y sostener debates razonables con quienes detentan el poder en Cuba.

Con su discurso a los periodistas estatales (y al pueblo de Cuba) el actual presidente parece dar la razón a quienes creen que el sistema cubano no le ofrece suficientes herramientas a la gente para transformarlo desde dentro.

Aunque algunos estén eufóricos, porque el mandatario les ha dado un espaldarazo para seguir persiguiendo a los jóvenes periodistas, académicos o de cualquier otra profesión u oficio que han comenzado a hacer una comunicación fuera del control del Partido Comunista; en lo más profundo siento que su discurso del 14 de julio fue un gran descalabro.

El presidente se equivoca si cree que está ante una sociedad homogénea, donde su voluntad de excluir a los que no comulguen con sus decisiones, va a ser aceptada indiscutiblemente.

¿Qué piensa hacer con aquellos que ya no creen en la Revolución? ¿Los seguirá empujando a emigrar? Y qué pasa si no emigran, ¿los convertirá en ciudadanos de segunda, o peor, los dejará sin derechos?

Lo que no ve, finge no ver, o no quiere ver, es que ningunear y desacreditar a quienes pensamos diferente pudo haber funcionado muy bien —si miramos la represión desde el cinismo— hace 50 años, cuando el país había vivido un proceso tremendo de homogenización; pero hoy en Cuba es un paso seguro hacia el paulatino descrédito político.

La actual realidad nacional es precisamente contraria a la pureza deseada por el discurso ortodoxo.

Cada día vemos una sociedad cubana más diversa, una Nación cubana que encuentra más vías para intercambiar ideas, bienes y valores, un emprendimiento emergente, desplegado aquí, pero soportado por la emigración (a pesar de los obstáculos más impensados) y un convencimiento de que la propaganda oficial, por mucho que se esfuerce en construir una recreación de la actualidad, retocada para mantener el consenso, no consigue ser fiel a la realidad que palpan día a día los cubanos que la sufren.

Ante la excluyente demarcación del campo revolucionario, regreso a Martí, autor de una frase que define a la República, al menos todavía en la letra de la Constitución vigente: “con todos y para el bien de todos”.

Así se hace la Patria.

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