Katherine descubrió Ítaca a través de un amigo. Esperaba encontrar —y así fue— una casa acogedora, sencillamente decorada, buenos libros, plantas y un gato simpático. También halló un matrimonio de jóvenes, con un hijo pequeño. La francesa, de visita por vez primera en Santa Clara, se convirtió en la primera amiga entre los huéspedes recibidos hasta el momento por Katia y Maykel, joven pareja de profesionales, aventurados en diseñar un negocio propio para vivir en Cuba.

Por Enrique Torres

Enrolados en la crianza de Ulises — su hijo de un año de vida en ese entonces— y sin dinero propio, Katia y Maykel empezaron de cero, luego de pedir en préstamo una considerable suma de dinero a un familiar cercano. 

La idea de un hostal en la casa que años antes sacara de las ruinas tras mucho sudor ya había pasado por la mente Maykel. Era una vía para sostener a su naciente familia “sin remesas familiares, ni marchase del país”, como reza una vieja canción del dúo cubano Buena Fe.

Tiempo después del sí definitivo al cuentapropismo en Cuba, y tras la llegada del bebé, el joven psicólogo decidió poner pausa en su profesión, para dedicarse por entero a Ítaca, esta casa de huéspedes situada en la céntrica calle Maceo de la ciudad villaclareña.

En dos años, los muchachos han avanzado gracias —curiosamente—a su formación cultural. “Ulises, el niño, fue nuestro impulso, eso está claro. Precisamente el nombre de nuestro hijo sirvió de motivo para llamar “Ítaca” la casa, pues Ítaca viene de la cultura griega, de la bella historia de amor entre Ulises y Penélope. Para los griegos significa hogar, sosiego, la patria de Ulises, su casa.”

“Hicimos un paralelismo entre el mito y nuestra realidad, pues además queríamos que el hostal tomara el símbolo de paz, de tranquilidad y amor que el viajero necesita,” me dice Katia rememorando el comienzo.

“La literatura es el motivo temático de nuestro negocio, y además de la historia del nombre, la gran cantidad de libros que tenemos en casa atrae muchísimo a los visitantes”.

Desde una vasta colección de literatura latinoamericana, cubana y universal, hasta viejas enciclopedias, esas “joyas literarias en peligro de extinción”, ambientan el interior de Itaca, y le dan un sello dentro del competitivo mundo de la hostelería.

“Tenemos el hostal inscrito en sitios que referencian a los hostales cubanos, eso ayuda mucho. Mi hermana, que vive en La Habana nos manda muchos clientes, otra de las tácticas para promocionarnos, pues ella conoce mucha gente”, dice Katia cuando le pregunto sobre la fórmula para que Itaca siempre tenga huéspedes. 

“Lo otro es que ellos se sienten seguros, al menos aquí en Santa Clara, les gusta mucho la ciudad por que salen en las noches, regresan tarde y no les sucede nada. Otra garantía para que vuelvan.”

“Tratamos que el huésped se percate que no todo lo hacemos por dinero”.

“Por ejemplo, hay muchas parejas que vienen con niños pequeños, si piden cena yo les preparo también la comida de sus hijos, pues tengo experiencia en hacer alimentos para niños pequeños. Eso lo hago por ayudar, no por retribución económica alguna”, comenta la joven.

El hecho de ser profesionales, también ha facilitado el éxito a este matrimonio. Katia, profesora de español para extranjeros en la Universidad Central “Marta Abreu” de las Villas, es casi que otra curiosidad para los huéspedes que dialogan con ella. Los conocimientos de idioma inglés adquiridos durante la licenciatura, también facilitan el intercambio.

“Así hemos ido navegando en este complejo mundo donde empezamos casi ‘en cueros’, como se dice popularmente. Ya pagamos la deuda, y podemos sufragar todos los gastos que genera un matrimonio con hijo pequeño y una casa a sostener”, narra emocionada esta joven, culta anfitriona de los forasteros que, desde lejanas tierras, llegan hasta una Ítaca resurgida en tiempos modernos. 

Foto: Enrique Torres