El pasado 8 de enero, investigadores chinos confirmaron que un nuevo tipo de coronavirus humano –oficialmente SARS-CoV-2– era el agente causal de varios casos de una enfermedad semejante a la pneumonia (COVID-19) que se estaba produciendo en la ciudad china de Wuhan. Casi un mes y medio más tarde, este nuevo virus ha infectado a más de 73 mil personas y provocado más de mil 800 muertes.

El SARS-CoV-2 se une a una temible dinastía formada por el SARS-CoV, originado en China y con una tasa de mortalidad del 9.6 por ciento (8098 infecciones/774 muertes) y el MERS-CoV, reportado por primera vez en Arabia Saudita y más letal que sus parientes (34.4 por ciento). Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), hasta noviembre de 2019 el MERS-CoV había causado dos mil 494 infecciones y 858 muertes. Los coronavirus –morfología en forma de corona– pertenecen a una amplia familia de virus zoonóticos –se transmiten de animales a humanos– que pueden causar desde resfriados comunes hasta síndromes respiratorios agudos.

Infografía sobre el virus, realizada por el autor de este artículo

En tiempos de redes sociales, Resident Evil y tanto documental apocalíptico suelto por ahí, la divulgación de teorías conspirativas sobre el SARS-CoV-2 se ha disparado casi a la misma velocidad que el número de infectados. Las más compartidas sugieren que el virus fue diseñado artificialmente usando técnicas de ingeniería genética para ser utilizado como arma biológica. Una variante de esta teoría propone que el SARS-CoV-2 es un virus quimera, resultado de la unión entre secuencias genéticas de coronavirus y el VIH. Esta variante tomó particular fuerza a partir de un trabajo publicado por científicos de la India. Estos sugerían la existencia de pequeñas inserciones en el genoma del SARS-CoV-2 que tienen elevada identidad de secuencia con secciones del genoma de VIH.

Una segunda variante propone que el nuevo coronavirus puede haber sido diseñado en el Instituto de Virología de Wuhan. En esta institución, perteneciente a la Academia de Ciencias China, se encuentra el único Laboratorio de Nivel de Bioseguridad 4 (BSL-4) –máximo posible– del país (mainland China). Esta idea, defendida por un artículo en The Washington Times y recientemente por el Dr. Francis Boyle, profesor de Derecho Internacional en la Universidad de Illinois y uno de los autores de la Ley Antiterrorista para Armas Biológicas de los Estados Unidos (1989), propone que el brote de COVID-19 se produjo por el escape del virus modificado en el laboratorio BSL-4 de Wuhan.

La teoría sobre la creación del SARS-CoV-2 como un arma biológica mediante técnicas de ingeniería genética en el Instituto de Virología de Wuhan, y el posterior accidente (leak) como causa del brote, ha sido carburada por el caso de la Dra. Xiangguo Qiu, una reconocida viróloga canadiense que a mediados de 2019 fue sacada del Laboratorio Nacional de Microbiología de Winnipeg –donde también existe un BSL-4– por una supuesta violación de políticas de la institución (policy breach). Varios sitios han asociado este episodio, informado por CBC.ca News, a un supuesto contrabando de las cepas de coronavirus al instituto de Wuhan.

En un artículo publicado recientemente, el periódico Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, se ha apoyado una nueva propuesta, insinuada previamente por el periodista español Patricio Montesinos en su blog personal. El texto de Granma, firmado por Orfilio Peláez quien –según leo– es o fue el presidente del Círculo de Periodismo Científico de la Unión de Periodistas de Cuba, propone que el SARS-CoV-2 podría haber sido creado por los Estados Unidos como un «arma  bacteriológica, de la guerra comercial desatada por Washington contra China».

Ninguna de estas teorías puede ser sostenida con evidencia científica. La propuesta del virus quimera no resistió a un par de alineamientos múltiples de secuencia. Tras los numerosos errores detectados en el análisis que invalidaban las conclusiones informadas, el artículo original fue eliminado voluntariamente por sus autores. Por su parte la Agencia de Salud Pública de Canadá ha negado cualquier relación entre el brote de COVID-19 provocado por el SARS-CoV-2, con el caso de la Dra. Qiu y ha asegurado que no existen pruebas documentales o experimentales que vinculen ambos eventos.

Finalmente, en su entrevista con Geopolitics & Empire, el Dr. Boyle, entre otros cosas, no ha podido pasar de frases como «en mi opinión, parecer ser que…» o «no puedo proporcionar datos» para fundamentar su tesis. Por demás, se equivoca rotundamente cuando afirma que ya existe una vacuna que funciona, patentada desde 2015 por The Pirbright Institute de Inglaterra. La vacuna patentada por este centro está diseñada para coronavirus de aves de corral y otros animales, no para humanos.

El mismo día que Granma lanzaba su propuesta, Nature, editorial que reúne a varias de las revistas científicas más prestigiosas del planeta, difundió un interesante comentario basado en los resultados preliminares de un grupo de investigadores chinos en Guangzhou. El texto explica que el genoma del SARS-CoV-2 tiene 99 por ciento de homología con coronavirus identificados en los pangolinos, un mamífero que habita en África y Asia.

Ambos coronavirus usan los mismos receptores moleculares para infectar las células hospederas. Estos resultados experimentales –aún sin publicar– apuntan a que el SARS-CoV-2 puede tener origen natural en los pangolinos o que estos pueden haber transmitido al virus desde los murciélagos a los humanos. Un estudio de biología evolutiva del genoma del SARS-CoV-2, publicado recientemente en la revista científica Infection Genetic Evolution, refuerza la teoría del origen en murciélagos y el paso a humanos a través de otro hospedero.

Hay más. En las bases de datos del National Center for Biotechnology Information (NCBI) de los Estados Unidos, una de las más utilizadas en las investigaciones biómedicas actuales, han sido depositadas 78 secuencias de genoma relacionadas al SARS-CoV-2. Cualquier grupo de investigación en biología estructural y virología evolutiva puede descargarlas libremente, analizarlas y detectar los artefactos propios de la teórica manipulación genética. No hay hasta el momento ningún registro en ese sentido. En las bases de datos del NCBI están disponibles además cerca de 140 artículos científicos sobre el nuevo coronavirus, y ninguno contiene evidencia experimental que justifique la hipótesis del arma biológica.

Con un breve trabajo de investigación, Granma les habría evitado a los lectores cubanos la molestia de un artículo, otro, tan insultantemente falso y manipulador. Es más, una llamada telefónica hubiese bastado. En Cuba, el país de Carlos J. Finlay, de Pedro Kourí, hay cientos de virólogos y biólogos moleculares de altísimo nivel que con una simple conversación hubiesen impedido la publicación de semejante disparate.

Mis colegas del Centro de Ingeniería Genética, del Departamento de Virología del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí o de la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana le hubiesen explicado a Granma algo elemental: que la ciencia se basa en evidencia experimental y no en apreciaciones personales y políticas. Que los datos biológicos y clínicos disponibles hasta el momento indican que el SARS-CoV-2 es un tipo de coronavirus resultado de procesos totalmente naturales. Hay sin dudas un costo por difundir este tipo de ideas sin datos experimentales que la respalden.

No es casual que las autoridades de la OMS insistan en pedir a los medios de prensa que eviten la divulgación de bulos y teorías conspirativas sin ningún fundamento científico en torno al SARS-CoV-2. El 8 de febrero, su director general, Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, comentaba a varios reporteros que «las informaciones falsas estaban dificultando el trabajo de los especialistas» y que la «OMS no sólo estaba combatiendo el virus, sino a los trolls y las teorías de la conspiración que socavaban la respuesta al brote».

El SARS-CoV-2 es un patógeno nuevo del que –como es lógico– tenemos limitada información. Hasta el momento no hay vacunas ni tratamiento antiviral específico. En el mejor escenario, desarrollar un candidato vacunal tardará entre 12 y 18 meses. Los fármacos que han sido aprobados para el tratamiento, entre los cuales se encuentra el interferón alfa 2b recombinante, de tecnología cubana y que sin dudas es un mérito de la biotecnología nacional que no debe ser minimizado, ayudan a tratar el síndrome, pero no actúan directamente sobre el ciclo de replicación viral.

La mejor arma que tenemos en estos momentos es la prevención basada en la información precisa. El resto, como indicó el Dr. Ghebreyesus, es contribuir al caos.

 

Este texto fue publicado originalmente en el Estornudo. Se republica íntegramente en elTOQUE con la intención de ofrecer contenidos e ideas variadas y desde diferentes perspectivas a nuestras audiencias. Lo que aquí se reproduce no es necesariamente la postura editorial de nuestro medio.