¿Quién y con qué palabras les va a pedir disculpas a Linares, Casanova, Muñoz,

Pacheco y compañía, que no pudieron enfundarse una franela

del mejor béisbol del mundo por caprichos de gobiernos enfrentados?

Michel Contreras

Nada les habían dado. Tabla sobre tabla y ladrillo sobre ladrillo, Esteban y su familia construyeron aquella casa, en el manigüero y derruido Camino a la Malagueta, en Montequín, Pinar del Río. Más bien les habían quitado y obstaculizado cuanto se podía, porque desde 1959 ellos habían declarado su fe religiosa —testigos de Jehová— y eso, ya se sabe, era casi como autotilularse delincuente, lacra social, alimaña en los furibundos y hermosos años iniciales de la Revolución barbuda.

Recuerdo que el viejo Esteban, ya en un temblor por el Párkinson, vio a Noemí, su hija, y a Fela, su mujer, recoger cuanto podían, esconder algunas cosas en hogares de vecinos, dejar solo lo más malito de la vivienda, pero sin llamar demasiado la atención, porque los inspectores vendrían, levantarían inventario de todo y TODO sería confiscado una vez que ellos abandonaran el país. La casa no se podía vender. Y emigrar la familia completa, para unirse con el resto que llevaba años en Estados Unidos, significaba entregar el inmueble, forzosamente, al gobierno. Hablo de 2006 o 2007, no de tiempos prehistóricos.

Después, se autorizó la compraventa de casas. Y todo cambió. Pero nadie indemnizó material o moralmente a los miles que perdieron cuanto habían levantado con sus manos. Nadie pidió disculpas públicas, no diluidas en el engañoso plural de “nos equivocamos” o en el genérico “se cometieron errores”. Digo disculpas: “Yo metí la pata, erré, censuré, prohibí, fuera idea mía o ejecución de una idea de otro. Y no me opuse, no entregué mi cargo. No me planté desde mi sitio para evitar la injusticia”.

Así también, una noche cualquiera de los cruentos años 1990 en la isla, podías ir preso por tener un dólar en el bolsillo y a la mañana siguiente —ya dolarizada la economía— podías pasar hambre si no tenías unos cuantos dólares para comprar la subsistencia.

Y por muchos años te podías complicar legalmente al vender un carro, ganado con tu esfuerzo y dedicación de décadas. Y después, pase mágico sobre el absurdo, puedes venderlos, incluso a estratosféricos precios, siempre que dejes la tajada correspondiente a los que fiscalizan el orden.

Y un día eras penetrado ideológico del Imperialismo por escuchar a Los Beatles y, tiempos después, con despliegue mediático incluido, se inauguraba una escultura de John Lennon en pleno Vedado habanero y todos cantábamos dulcemente Imagine.

Y por más de una década a intelectuales de la talla moral de Cintio Vitier o Fernando Martínez Heredia, no se les publicaba en las editoriales del país, y luego, con Premios Nacionales, y varios títulos y honores, se reintegraban a la vida pública. Y ellos, que nada pedían para sí, no reclamaban la reparación que merecían. Pero tampoco nadie se las ofreció en el ámbito de lo social, no en encuentros privados.

Y un otoño te gritaban tortillera o maricón y arriba, los hombres, de cabeza pa’ las Unidades Militares de Apoyo a la Producción (celebérrimas UMAP), “pa’ que dejen la flojera”. Y a la primavera siguiente te convertías en compañero homosexual, pero jamás recibías las reparaciones a tu dignidad. (Y en el fondo, y en la superficie, te siguen discriminando).

Y en un año o poco más se destruyeron más de 70 centrales azucareros, con el demoledor golpe a las comunidades de sus bateyes. Y quién sabe si a la vuelta de algunos almanaques, se vuelvan a construir, y Cuba otra vez sea productora de azúcar. Y tal vez, tampoco en ese instante, algún ejecutor de la destrucción se pare a decir: “Yo y otros les jodimos la vida. Perdónennos”.

Así, tantos y tantas historias, en las que nuestros mandantes, los que hemos amado y sufrido por seis décadas, aplastaron, clausuraron, dijeron NO. Y después, sonrientes y orgullosos, palmaditas en el hombro y medallitas a destiempo, dijeron: “SÍ, claro, cómo no”; como si a la vida, la única en que se respira, se le pudiera pasar borrón y cuenta nueva sin, al menos, respetar la memoria.

No soy de los que se refocilan en el pasado o el rencor. Hay que mirar al frente. Y construir. Y qué bueno que se levanten las absurdas talanqueras, como esta de que los peloteros cubanos sean contratados por la MLB. Pero la memoria, insisto, lo que fue, los que sufrieron, los que no pudieron en el lapso breve de su existencia alcanzar sueños por caprichos, torpezas o mezquindades de otros, merecen un mínimo de respeto.

Puede que nadie sea totalmente coherente y actúe siempre en línea recta, con sintonía perfecta entre el decir y el hacer. Pero quizá deberíamos, con humildad, pedir disculpas por cada incoherencia que costó a terceros.

Comienzo por mí. Pido disculpas a mis alumnos por las veces en que, por mediocridad, rutina, cansancio o lo que fuese, les di una mala clase y no les enseñé las mejores armas del Periodismo. O cuando por miedo, cansancio o “sinflictividad” los convoqué a algún acto insulso o patriotero en el que yo mismo no creía.

Pido disculpas a mis lectores cuando en algún texto mío, por sospecha propia o impuesta, se coló el tufo campañista o apologético;  por cuando debiendo retirar mi firma de un trabajo, no lo hice, por cuando no me enfrenté a quien tachaba impunemente y dejé en alto, al menos, mi inconformidad.

Pido disculpas a mis vecinos, por cuando en el barrio nos han tenido sin agua durante meses y no me he rebelado, ni contribuido a que otros se rebelen contra ese sinsentido. Ojalá me disculpen, mañana, cualquiera de los que, seguramente, no representaré con la valentía necesaria en mis escritos o actos.

Discúlpenme. Yo también he temido.