Enrique Rodríguez, Papo, esperaba al huracán Matthew con el mismo nerviosismo que le ocasionan los recuerdos del Ike. Pensar en las ráfagas de viento, el cielo oscuro, la lluvia indetenible, le trasladaba ocho años atrás, a la temprana adolescencia que quedó marcada por la pérdida de todos los bienes familiares.

El domingo 7 de septiembre de 2008, el ojo de Ike tocó tierra cubana en Cabo Lucrecia, provincia de Holguín, la misma donde nació y todavía vive Enrique.

“Días después de aquel fenómeno, salir a la calle a resolver alimentos o alguna otra cosa era casi imposible. Una mañana te levantas y al salir de tu casa ves que todo cambió; el dinero ya no tiene el mismo valor pues encuentras que un plátano cuesta 10 pesos, una bola de hielo 20 pesos y hasta un pan 30 pesos”, recuerda de aquellos días un joven que ahora tiene su propio expendio ambulante de viandas, frutas y vegetales.

“Es alarmante como personas habilidosas se aprovechan de la situación para enriquecerse a cuenta de la necesidad de otros.  El salario de mi madre, y las chequeras de mis abuelos no alcanzaban para pagar las cosas en esos días”.

En aquel año, “Papo” era un imberbe recluta del Servicio Militar y tuvo que asumir, junto a muchos jóvenes, la tarea de limpiar las zonas que quedaron bajo los escombros y gajos de árboles al paso de Ike por el oriente cubano. Hoy ya su abuelo no está, y en la casa tanto la abuela, como la madre y su esposa, que está a punto de dar a luz, necesitan ayuda económica.

Por eso Enrique casi acaba de colgar el traje del equipo nacional de Softboll para convertirse en un “carretillero”. “Tuve que abandonar mi pasión por el deporte porque de un momento a otro me convertí en el sostén de mi familia, y aunque amo pitchear, no podía darme el lujo de estar viajando por las provincias sin saber que se comía en mi casa.”

“Por culpa de las escaseces, a veces el cubano se aprovecha de otros. Por eso antes de que llegue un ciclón tú ves que vamos guardando de todo para que no nos coja por sorpresa”.

“Yo me preparé bien para este que pasó y que por suerte no dejó daños en Holguín. No me quise exceder en la compra de alimentos, prioricé los que no se me echen a perder en estos días.”

Cuando Papo buscaba la mercancía para tener su carretilla lista en espera de Matthew, se detuvo a escuchar en las colas de los mercados lo que comentaban otros vendedores. Algunos coincidían en que Holguín estaba preparado para el evento meteorológico, que existía abastecimiento de productos alimenticios, pero que nunca estaba de más acaparar “alguito” para vender cuando los demás no tuvieran.

“No quiero volver a sufrir las necesidades que dejan los huracanes”, insiste Papo. “No puedo evitar que pase por Cuba, que destruya alguna ciudad, pero es mi voluntad evitar que las personas sientan más presión porque suban los precios si se dañaron los productos del campo. Los ciclones me traen malos recuerdos, así que no quiero provocar el mismo sentimiento en los demás”.

Foto cortesía del entrevistado