Montado en el autobús que lo trasladaba al Seminario de San Agustín de Camagüey, recordaba cuando le admitió a su abuela que iba ser cura. Paradójicamente, la mujer, siendo la única católica de la familia, practicante asidua e instruida en una escuela de monjas, resultó la de más objeciones: vas a perder la juventud, tal parece que no te tratan bien en esta casa, estás loco de remate…

“Pero la decisión ya estaba tomada”, dice Yoan. Y sonríe.

—Imagino el privilegio que sientes; a la iglesia le está costando atraer jóvenes a los seminarios.

—Sí, el padre Cirilo y el padre Bendito se pusieron muy contentos.

Para muchos era de esperar. Desde sus días como acólito, los amigos de la comunidad ya le llamaban —dosis de cariño, dosis de escarnio— monseñor Yoan.

Más allá del pantalón de pinzas y la guayabera, a Yoan le gusta reconocerse como un joven cubano más, y lo es. Ya le cuelga en el pecho la cruz que lo identifica, pero el semblante infantil y sus finos ademanes están intactos. Se le ha visto en la Cueva, la discoteca más popular de la ciudad. “Me gusta el vino y la cerveza”, insiste.

Un día cálido de enero lo encuentro en los parajes humildes de su casa en la calle Santiago, en Trinidad. A la sala se entra por una puerta principal tan austera como los muebles, la decoración antigua y las paredes por momento descuidadas. Pero no es allí donde preferimos hablar de la pobreza, sino en los holgados espacios de la casa de su madrina.

“Pensamos muchas veces que el sacerdote tiene que vivir con una cama pequeña, sin televisor, sin computadora… lo más pobre posible. Lo importante es la pobreza de espíritu, lo humildes que podamos ser”.

—Pero el Vaticano tiene una fortuna de 8 millones de dólares…

— Y hay congregaciones que poseen universidades de lujo y sus miembros profesan votos de pobreza. No tiene que ver con la miseria. En todo caso con la austeridad que es requisito para todo cristiano.

Mas, es al preguntarle por la obediencia cuando Yoan amarra la cara con un nudo desproporcionado.

“Muchos piensan que la castidad es la más difícil. Pero yo te digo que la obediencia es tan o más dura. Es aceptar del Obispo lo que te toca hacer y punto; separarte de tu familia por mucho tiempo, irte a parajes intricados, o ciertas decisiones a tomar. Es difícil de entender, pero es así”.

Foto cortesía del entrevistado

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Los votos de pobreza, obediencia y castidad surgieron en la Edad Media como forma de diferenciar a los monjes de toda la feligresía y de la nobleza, bajo la justificación de seguir la vida del Mesías. Muchos estudiosos le achacan también un sentido político-económico al asunto, pues los nobles mandaban a sus hijos segundones a los monasterios para concentrar mejor las herencias.

En esa etapa fue donde nació con mayor vehemencia el celibato, un asunto que el secularismo y otras denominaciones cristianas le han criticado muy duro al catolicismo. Sobre todo porque la iglesia católica no ha sido del todo efectiva en el control de la sexualidad sacerdotal. La pederastia o abuso a menores es un demonio que le ha sido difícil exorcizar.

En el caso de la orden diocesana a la que pertenecerá Yoan —sacerdotes que rinden obediencia al obispo de su diócesis— no profesan votos propiamente dichos. El compromiso radica en vivir los llamados consejos evangélicos: pobreza, obediencia y celibato.

Yoan lo sabe, y ha tenido que lidiar con muchos cuestionamientos ¿Qué le pasa por la cabeza a un joven cubano que decide ser sacerdote pobre, obediente y célibe? ¿Hasta qué punto será capaz de cumplir con todo eso?

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“Para mí el celibato es difícil, no lo niego. Yo tuve novia, soy hombre, soy joven, tengo deseos naturales que en algún momento sacié… En el seminario las cosas cambian. Es un choque. Pero uno tiene que aprender a llevar la vida sexual que se le exige pero que quiere vivir, porque al final en esta etapa todo es opcional hasta que uno se ordena”.

— ¿Cómo lidian con los deseos?

—Con la oración, por ejemplo, o aprendiendo a ver en otras actividades algo tan satisfactorio como lo primero. Es llegar a un equilibrio emocional y espiritual. Hay un director espiritual que nos guía en ese sentido. Le contamos intimidades y él nos ayuda. ¡Ah! Está comprometido a no decirle a nadie.

—Entonces ¿Ya estás seguro de que nunca más tendrás relaciones sexuales?

—Hasta ahora mi decisión es ordenarme. Así que supongo que no.

—¿Si un día te enamoras?

—Lo meditaría, lo conversaría con mis superiores y vería si eso es lo que quiere Dios para mí. Valoraría si continúo en el seminario o redirecciono mi vida por ese camino.

Foto: Carlos Luis Sotolongo