El nuevo presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba, al que se le han impuesto las manos sagradas del poder político revolucionario, parece que será también, en unos años, el líder del Partido Comunista, único y según la constitución, fuerza dirigente superior de la sociedad y el Estado.

No sabemos cuánto poder tiene el flamante jefe de Estado, qué resortes mueve, si controla o no a los dirigentes viejos del partido, si es bien recibido por los gobiernos y partidos de las provincias, si es respetado por la burocracia añeja acostumbrada a otro trajín, otro estilo, otra metodología de trabajo.

Ya se le ve distinto, más risueño, más conversador, más cubano en realidad, con menos seriedad en el gesto humano y político.

Ha viajado por el país, ha viajado fuera de Cuba, ha recibido el apoyo de algunos gobiernos, ha seguido la rutina del anterior gobierno, al menos del de Fidel, de asistir a asambleas, consejos, congresos, reuniones de todo tipo, y parece que escucha. No sabemos si usará lo que escucha, pero toma nota y participa como uno más, lo que lo acerca al pueblo sin tener que hacer mucho esfuerzo.

El presidente, como insiste la prensa en llamar a los jefes de Estado cubanos, que no ejercen el cargo, inexistente desde 1976, de presidente de la república, ha hablado con la gente en la calle, tal vez ha recordado como nunca sus años de primer secretario del partido en Villa Clara y Holguín, ha tenido que aprender a la vez el arte del timonel principal y del dirigente agradecido, porque deja clara su deuda con Fidel y Raúl, cada vez que tiene una oportunidad.

El jefe de Estado cubano es una imagen nueva que el pueblo esperaba acompañada con un equipo que diera más esperanza, que trajera nuevas ideas, nuevas doctrinas, nuevos riesgos, más audacia y más diálogo con la gente.

Díaz-Canel juega baloncesto en Santiago de Cuba. Foto: Estudios Revolución

Díaz-Canel juega baloncesto en Santiago de Cuba. Foto: Estudios Revolución

Pero el presidente del Consejo de Estado está acompañado (al menos hasta la sesión de la Asamblea Nacional de julio de 2018) de casi el mismo equipo anterior de gobierno. Hasta ahora no se vislumbra el cambio, y su cara se va haciendo poco a poco familiar y más relajada, pero sus acompañantes no nos dan mucho que esperar.

Miguel Díaz-Canel Bermúdez ha visitado Santiago de Cuba, la capital del peso cubano, donde todo se vende en los billetes donde aparecen inocentemente Martí, el Che, Maceo, Gómez, Camilo y los nuevos héroes incluidos después.

Allí habló con la gente, visitó lugares, caminó, fue al cementerio de Santa Ifigenia, donde todos debieran ir, y estuvo solo en el Cobre, con la Virgen de la Caridad, a quien se le pide y se le promete por Cuba y por los cubanos de todas partes.

Los minutos de Díaz-Canel con la Virgen del Cobre dicen más que todos los discursos que ha pronunciado desde que fue electo jefe de Estado. Ir a ver a la Virgen es mucho más que un gesto de un creyente, es un símbolo de respeto al pueblo de Cuba, a sus íntimas confianzas y anhelos.

El presidente, que elevaré a este rango por un instante porque fue a conversar a solas con Cachita, también sabía que el pueblo se enteraría de esta visita por internet y por la prensa oficial y por lo tanto estaba tranquilo porque su señal sería recibida.

Estaba claro el nuevo jefe de gobierno: nos llegó la noticia, y nos cayó bien, porque podemos desconfiar de muchas cosas, pero no de la Virgen que siempre nos atiende, y por lo tanto esperamos que ella le haya dado el mejor consejo y que él le haya hecho una promesa que deba cumplir cuando haga feliz a su pueblo.

Díaz Canel visita el santuario del Cobre. Fotograma de la Televisión Cubana

Díaz Canel visita el santuario del Cobre. Fotograma de la Televisión Cubana