Le pidieron crear, y eso hizo. Le pidieron impartir clases y mantenerse vinculado a la investigación, y acató el consejo. Luego alguien decidió que debía prestarle más atención al papeleo docente que al desarrollo de códigos. Y renunció.

A Wilder González Díaz le tomó casi diez años advertir que el sector estatal cubano todavía no sabe aprovechar todo el potencial innovador de los graduados en Ciencia de la Computación. Después de unas cuantas decepciones, resolvió buscar su sitio en el cuentapropismo.

De desarrollador de softwares para la educación, pasó a dueño de un taller de reparaciones de teléfonos celulares. Aunque todavía no logra explotar aquí los conocimientos que adquirió en cinco años de carrera y dos de maestría, al menos se siente útil y reconocido.

“De mi época de estudiante salvaría los proyectos en los que colaboré. El más utilizado de ellos fue el Sistema de Enseñanza Personalizada a Distancia (SEPAD), una plataforma para facilitar la educación en la modalidad semipresencial. Esa fue la tesis de pregrado mía y de un grupo de amigos.

Foto: Yariel Valdés

“Luego la dirección de la Facultad de Educación a Distancia —ahora Facultad de Ciencias de la Información y la Educación— le dio importancia CERO a todo. Hasta llegaron a exigirnos más por la preparación político-ideológica del estudiante que por su formación profesional”.

La gota que colmó el vaso para Wilder fue la imposibilidad de registrar a título propio una herramienta tecnológica que resultó de su tesis de maestría. “El Centro Nacional de Derecho de Autor me lo negó, porque lo que era fruto de mi trabajo intelectual pertenecía, en teoría, a la Universidad Central”.

Otro de los decepcionados, un exalumno suyo, le propuso asociarse en un negocio privado para celulares y, de paso, hacer algunas “cosillas” de programas de telefonía. A dos puertas de las oficinas de Cubacel, en Santa Clara, montaron el taller, que ganó prestigio en poco tiempo. Luego el muchacho emigró y Wilder quedó como único dueño.

Foto: Yariel Valdés

“Llegamos a desarrollar varias aplicaciones para smartphones, orientadas a la gestión de negocios, y herramientas de apoyo para personas con dependencias similares a la nuestra. Pero todavía no se han extendido. Para eso, el celular tendría que convertirse en el instrumento fundamental de trabajo de las personas, como ocurre en muchas partes del mundo. Lamentablemente, la telefonía móvil no ha llegado a ese punto en Cuba”.

Por ahora, las apps son solo para uso interno pues, según las legislaciones vigentes para el trabajo por cuenta propia, las creaciones de Wilder quedan fuera del alcance de las patentes vinculadas a celulares: reparador de equipos eléctricos y electrónicos, y programador de equipos de cómputos.

“Además, desarrollar este tipo de programas requiere, muchas veces, de trabajo en equipo y, hasta el momento, el país no se ha pronunciado por las cooperativas de desarrolladores de software.

Pero no lamento nada. En el taller todavía tengo la posibilidad de ejercitar mis habilidades manuales resolviéndole problemas de tecnologías a los demás, y tiempo para trabajar en otros proyectos. Al menos aquí me siento más útil”.