La mañana era fría, una de esas que en enero hace desear la llegada urgente de julio y agosto. La guagua estaba llena, íbamos como “sardina en lata” pero las quejas pasaban desapercibidas, como susurro. Queríamos conservar el calor del tumulto y una tranquilidad nos absorbió a todos. En abrir y cerrar de ojos un frenazo nos hizo perder el balance, entre empujones ambos rozamos y un fugaz cruce de miradas reflejó lo incomodo de la situación, “…Tranquilo, perdona, no pasa nada…”, le dije en tono pausado, “…no chama, no hay lío, yo sé como es esto…”, respondió con una corta sonrisa en sus labios.

Él parecía uno más de los tantos que a diario me encuentro en las “colas” de las guaguas al viajar hacia el trabajo, de esos que como yo vivimos en nuestras vidas las historias de muchos. Llevaba gorra de rapero que no combinaba con lo formal de su juego de abrigo, camisa a rayas y pantalón. Un marcado nerviosismo connotaba todo en sus gestos, entornaba la vista como buscando algo en el sol que empezaba a salir, tal vez solo un atisbo de luz, hoy todavía no sé, “… yo solo quiero llegar tranquilo a mi campamento, socio, no es fácil la apretadera esta,…pero bueno… solo quiero llegar…”.

La confesión me chocó, quedé petrificado varios segundos hasta que una ráfaga helada me sacó del marasmo. La idea vino enseguida a mi mente, tenía un preso a mi lado, “una escoria social”, “un sentenciado”, en fin, quizás conversaba con “el más rechazado”, pero la incredulidad me apresaba e ingenuo, como al principio del viaje, seguía allí; él me parecía como los demás, una persona común y corriente, no me creía Truman Capote ni aquello era A sangre fría pero quería conocerlo, entenderlo siquiera.

“Me sacaron hace seis meses para la granja,.. salí de pase el viernes pasado,.. el primero en quince años,… pensé que no encontraba el camino a mi casa, lo había olvidado, de madre, acere…”, me dijo y su voz denotó un leve alivio, quería desahogarse con alguien. Yo estaba cerca, era su  elegido y aún asombrado me dediqué a escuchar y observar lo que hablaba, solo preguntaría lo necesario.

“Lo duro de esto es que los chamas en la calle no saben nada de la vida allá adentro, en la prisión no se juega a las bolas ni al trompo, es a sobrevivir, mi hermano,.. ellos  se enredan en broncas y con robos,.. piensan que la cárcel es un campismo, .. hombre, y es un infierno, te lo digo yo que entré por cinco años y voy para dieciséis detrás de las rejas…”, con espanto y amargura miró hacia arriba, luego abajo, reflexionó y tras subir el zíper a la chaqueta me dirigió una mirada como clamando compasión, trataba de hallar al amigo perdido, ese que dejó en su cuadra cuando a los veinte años lo condenaron por robo con fuerza.

Era una personalidad a lo Raskolnikov, de esas que desean redimir sus culpas y no saben cómo, entonces compungidos se resignan a su destino, ”…mira, pierdes hasta a la mujer, tiene que buscar a otro que la atienda, es así,.. pero la dignidad y el orgullo es lo que no se debe perder, hay que ser fuerte, yo por eso es que me he enredado y voy para diez años más de los que debía, pero si Dios quiere ahora en febrero me dan la condicional…”, frunce el ceño y un sentimiento de lástima me invade.

Con tono quebrado me cuenta de su familia, de lo que han pasado por culpa suya, de cómo ha caminado Cuba, desde La Habana hasta Camagüey, “… todo comenzó en El Combinado y mira donde estoy, ya tú ves..”, apretó los labios y se  corrió para que pasara un anciano.

Yo quería seguir escuchando, estaba embelesado, era la mejor novela, el mejor cuento  y el trayecto  terminaba, llegábamos a San José.

¿Tienes hijos?, le pregunté, “… sí uno, soy hasta abuelo con 36 años…”, la guagua se detuvo, era la última parada, bajamos y salimos caminando juntos.

Vargas Llosa me encanta, adoro Conversación en la Catedral, pero esos diálogos relegaban a un segundo plano los de Santiago Zavala y el negro Ambrosio.

Avanzamos unas cinco cuadras y antes de separarnos le di la mano y le desee suerte. Hoy aún desconozco su nombre, a lo mejor Ramón, Osmani, Ernesto, no sé, el tiempo pasó volando, sí recuerdo bien esa sonrisa que aún no descifro, la misma con la que casi me gritó, “… el veinte y pico deben soltarme, entonces iré a chapear o a recoger basura, es lo que queda para los presos”.