Nada hay más fuerte que un símbolo, nos dijo alguna vez, sobre un banco de la Plaza Ignacio Agramonte, en la Universidad de La Habana, el historiador y ensayista Eduardo Torres Cuevas. Realizábamos entonces un documental sobre los 30 de septiembre en el devenir de la historia cubana y el prolífico intelectual nos invitaba a mirar más allá de los lugares comunes porque, según afirmaba, en aquella colina cada piedra tiene algo que contar.

En efecto, los símbolos pueden resultar muy poderosos, máxime si son genuinos y llevan detrás el sudor, la sangre y la vida generosa de muchos. Pero también sucede que las insignias, cuando se pretenden usar como cura infalible de todos los males, como moneda de uso corriente para todas las transacciones, como alfa y omega de todos los proyectos, suelen terminar convirtiéndose en su contrario: la sobresaturación que lleva al hastío, el hastío que produce antagonismo. Lo antisimbólico por antonomasia.

Todavía me ronda el pensamiento una cazuela con flores que se exhibió como animal de feria en las redes sociales en torno al 28 de octubre pasado. Era, o pretendía ser, uno de los homenajes escolares a Camilo Cienfuegos, en esa tradición de seis décadas, cuyo prístino destello tuvo en Celia Sánchez la mayor impulsora: lanzar flores al mar o a los cauces de agua dulce, para recordar al guerrillero misteriosamente desaparecido en 1959.

"Homenaje" a Camilo Cienfuegos con flores en una palangana. Foto tomada de las redes sociales.

“Homenaje” a Camilo Cienfuegos con flores en una palangana. Foto tomada de las redes sociales.

Si bien en su efímero viaje del recuerdo a la leyenda, los pétalos sobre el agua cada octubre evocan la especial conexión de un pueblo con uno de sus más carismáticos y fecundos líderes, forzar hasta el rígido extremo la suma de flor más líquido el día señalado, parece, cuando menos, algo risible. Honrar al hombre inmenso, creo, es conocerlo de verdad —sin resúmenes edulcorados, ni apologías impolutas—; es ser coherente y justo con sus ideas; revivirlo o superarlo, de acuerdo con cada contexto, como se hace con lo querido; aunque uno el día de marras esté lejos de un manantial o un océano y no pueda,o no quiera, lanzarle un ramo.

Alguien, quizás un sesudo asesor, parece haberle dicho a nuestros dirigentes, desde la empresa y el municipio hasta la nación, que el ajiaco de un buen discurso —lo mismo para cerrar el año que para comenzar una fiesta por el Día de los enamorados— lleva un par de citas de José Martí, alguna de Raúl Castro y varias, muchas, de Fidel Castro, para que quede bien sazonado de alusiones a los símbolos nacionales. Si el chef-consejero quiere estar a la moda, también incluirá alguna frase de Miguel Díaz-Canel, quien, dicho sea de paso, no se ha caracterizado por producir brillantes aforismos ni cosa semejante.

Y allá va el cuadro (qué palabra más horrible), como Juan que se despetronca, a recitar/gritar/compulsar con su brebaje de consignas, más algún dato estadístico (especialmente de salud pública o educación), y manos en alto, y golpes en pecho, y adelante, y venceremos.

Como si de verdad el vínculo sentimental de la gente con su pasado y con el compromiso de construir un presente y futuro de sociedad más vivible, pudiera promoverse así, a pura palanca discursiva.

El país de las consignas

Con Fidel la cosa es grave. El suero fideliano —a veces muy poco fidelista— que se orienta desde las alturas y no se deja de aplicar hasta en el más recóndito barrio de la Isla, pasa no solo por dedicar la programación completa de un canal televisivo nacional a mensajes laudatorios en el aniversario de su muerte, sino también por atribuirle sin medida alguna todos los logros posibles, pasados, presentes y venideros de lo creado en Cuba. Y, por supuesto, ningún error, así sea leve.

El mejor pionero, el más grande atleta, el excelso meteorólogo, el infalible constructor, el campeón de la economía, el papá de la matemática, el fundador de las artes plásticas… Recientemente, la loa al Gran Líder llegó al extremo de producir y anunciar con bombo y platillos, un volumen de cinco autores, ocho capítulos y decenas de páginas, titulado, nada más y nada menos: Impronta de Fidel Castro en la ganadería revolucionaria. Si entre 1959, que comenzó su mandato en el país, y 2006, fecha en que lo abandonó por enfermedad, la cantidad de cabezas de ganado varió de unos 6 millones a menos de 4, para una población que sí había crecido varios millones, cualquiera puede sospechar cuál es la huella del Comandante en Jefe en ese renglón agropecuario.

Él, que sin dudas encarna una época de Cuba y América Latina, podrá ser esgrimido como cualquier cosa, pero no como símbolo de buenos resultados en ganadería. Tampoco, dígase oportunamente, como emblema de modestia. Aunque pidió explícitamente, y luego la Asamblea Nacional convirtió en ley, que su figura y nombre no fueran usados para erigir estatuas o denominar instituciones, plazas, calles y similares; el abrumador culto a la personalidad que permitió en vida habla bastante en sentido contrario. Basta fijarse en la mayoría de las oficinas públicas de la nación sembradas de afiches o fotos suyas desde hace más de medio siglo.

¿Para qué entonces impostar? ¿Por qué tratar de dibujar un símbolo de la perfección que no existió? ¿Vale la pena vendernos estos simulacros? Y la gente común, ¿hasta cuándo los tolerará?

 

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