Tuvo la carrera de dirección de orquesta en las manos y soñaba con ejercerla hasta que descubrió que podía hacer lo mismo desde la computadora y con precisión nanométrica. Aunque a veces no se respete ni se entienda a los DJs, el guantanamero Lázaro Zevil insiste en que la música electrónica hecha en Cuba, también es cubana.

“Ahora tengo mi orquesta como quiero que suene”, dice, mientras enfrenta la incredulidad ante lo que él escogió hacer: no lo creen profesional y valoran como un facilismo solo apretar el botón. La discordia entre los músicos y los DJs tiene tantas aristas que él prefiere centrarse en la calidad de su producto.

Estudió piano básico y dirección coral en la Escuela Vocacional de Arte Regino Eladio Botti, pero lo abandonó todo para dedicarse de manera autodidacta a explorar softwares. Conoció a Joel, director de la compañía de danza Médula, y sus similares filosofías trajeron el éxito: uno hace coreografías y el otro crea la música.

“No tengo una fórmula, incluso no tengo ni siquiera el mismo orden de producción, a veces comienzo por el ritmo, otras por la melodía o el bajo. Me ha sucedido que estoy durmiendo y me levanto corriendo porque se me ocurrió una línea melódica, la escribo enseguida y al otro día la edito”.

Siente que en Cuba no se explota tanto la sonoridad, por eso quiere aprovechar y trascender patrones. Al hablar del sonido, recuerda la física y las ecuaciones matemáticas, traza curvas, identifica formas de ondas. Eso se lo facilita la visualidad del programa siempre a mano en una laptop y el resto de los equipos, adquiridos con la ayuda de sus padres.

Foto: Henry A. Pérez.Zevil produce lo mismo para bailar en clubes y fiestas que para presentaciones de danza en el teatro. No quiere mezclar ninguna de las dos formas ni crear un producto intermedio. “En el caso de Carcinoma, una obra que trataba sobre cáncer, buscaba sonidos que cuando yo cerrara los ojos me proyectaran una imagen desgarradora –recuerda-. No siempre es bonito ni agradable, pero sí siempre intento hacerlo bien porque si tiene calidad el público lo aprecia”.

En Guantánamo el ritmo lento de la vida le facilita la creación. En contraste, hay menos sitios y menos público para mostrarle su obra. Él se niega a rendirse y asume el reto. “La imagen, porque se trata de imagen, del DJ frente a un músico está muy mal parada en cierto sentido porque hay una diferencia abismal entre el DJ de salón y el DJ productor, este último además de componer la música desde cero, la toca y un músico hasta cierto punto puede ser solo un ejecutante”, aclara.

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Esa controversia pasa al plano institucional y tampoco encuentra apoyo en la Empresa Provincial de la Música, razón por la cual no puede gestionar contratos a través de esa organización (sin cuya intermediación casi ningún músico de Guantánamo puede encontrar trabajo). Sin embargo, eso le interesa poco. No quiere responder a interrogante alguna sobre las barreras institucionales, la burocracia, se enfoca en perfeccionarse y poner fin a la competencia con la calidad como respaldo.

Más lo inquieta que no crean “cubana” la música que produce, porque sus creaciones no lleven claves ni timbales. “Uno siempre cae en la opinión de la crítica y vienen y te dicen ‘si tú le pusieras una clave cubana te aceptarían más’, pero es que no la lleva y si es así, yo no la pongo. Los DJ’s y productores no vamos a acabar ni a abolir ningún género, eso es incierto.”

En un país de influencias culturales, Lázaro se reconoce resultado de la anglosajona. Lo importante para él ahora es parar de experimentar y centrarse en construir su sello sin abandonar el carácter dual de su composición. Se decidió por lo digital y seguirá empeñado en eso hasta “dejar en el mundo esa marca que todos queremos dejar”.

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