Las manos al mouse y al botón del volumen; la vista en el monitor, luego en la pianola, después en mí; los ojos cerrados, abiertos… y en el piso, con los pies, ta, ta, ta. No para.

Con esa hiperactividad, lo vi por primera vez en un homenaje a John Lennon en el único cine de San Juan y Martínez, un municipio situado en el oeste de Pinar del Río.

Junto a amigos y su padre, Sergio Barrera, DJ Seycel, ideó un espectáculo para honrar al ex Beattle. Para muchos, una de sus primeras locuras, que insisto en llamar intrepidez.

“El dicho ese de que uno no es profeta en su propia tierra, conmigo se consolidó a la perfección. Me gradué en el 2011 de ingeniero en la Universidad de Ciencias Informáticas y cuando llegué a mi pueblo creé un grupo de aficionados. Compré todos los equipos, incluso las luces para el cabaret donde trabajaba y hasta tuve que pagar el audio”.

Al mismo tiempo cumplía el servicio social en un Joven Club. “Fui sincero y les dije que no estaba interesado en la plaza. Solo quería terminar y seguir con lo mío”, dice con firmeza.

“En la universidad prácticamente me dediqué a estudiar música, allí aprendí piano. Casi siempre estaba en mi computadora haciendo backgrounds. Recuerdo que se los daba a un muchacho de Las Tunas que cantaba rap en las peñas. Animé las fiestas semanales en un club estudiantil y me convertí en el que movía la música de la radio base”.

Después en San Juan un carnaval aquí, una peña allá. Así se adaptaba a la añoranza de las horas de sueño y a decibeles hasta el dolor. Ya las noches no transcurrían solo entre  bolerones y la música tradicional de los locales.

“Cuando llegué no se hacía nada, la gente salía los sábados por la noche a ver el show del cabaret Noches Felices y ya. No habían opciones los viernes, los sábados, ni los domingos”.

“Me llamaban de cultura para pinchar en espacios nocturnos y en otros municipios. Ensayábamos en la sala de mi casa,” y sonríe con el recuerdo. “Imagínate esto con 10 músicos tocando; pero mi papá me apoyó y los vecinos entendieron”.

“Mucha gente se quedaba mirando: Bueno, este loco qué está haciendo”. Que hay mucha tierra de tabaco para que muchachones como tú la siembren. Que la guataca está “sata” en el campo. Que si no quieres la vega deberías ser estomatólogo como tu mamá… Que, la verdad, en La Habana y con la comunidad universitaria era más fácil para él.

¿Les pagaban?

“No, a los aficionados no se les paga. Al músico aficionado haga el trabajo que haga no se le puede pagar. Por eso solicité una patente de operador de audio porque los equipos eran míos. Logré cobrar la entrada y con el dinero era que, más o menos, pagaba a los músicos algo, porque de gratis nadie tocaba”.

“Grabamos dos temas en un estudio de Pinar del Río, cada canción me costó 60 CUC. Me pasé más de un año con ellos, pero decidí seguir por mi cuenta. Algunos eran indisciplinados y esto requiere mucho esfuerzo”.

Horarios, locales institucionales e intereses contrariados fueron un detonante. Con ánimos de trovador ambulante salió a buscar fortuna.

Desde el 2014 el vínculo de DJ Seycel con la Asociación Hermanos Saíz le permitió abrir el primer espacio en la capital provincial solo para música electrónica. En un viejo almacén maquillado, nuevas tendencias.

“Empecé a hacer relaciones en La Habana con otros DJ productores” y hace un ademán de quien contesta un teléfono: “Oye cómo ustedes hacen para trabajar…”. Ahora hay  huellas suyas en escenarios de otras provincias y en la Fábrica de Arte Cubano, aunque su meta es animar un club propio.

“Hoy se ve la diferencia. Pienso que a partir de mi trabajo esto ha cambiado, ahora le abren puertas a todo el mundo”.