Tenía que levantarme a las cinco de la mañana y apenas me daba tiempo de hacer café porque el jefe jamás se preocupaba por mi hora de llegada, sino porque antes de las 7:30 tuviera todo listo. El jefe era el gerente: un gordo en mocasines con un Toyota Yaris particular, negro, de lo más lindo, que parqueaba todas las mañanas en una de mis áreas de trabajo, después de que yo había terminado. Su mujer era una rubia pomposa que tiraba una cajita de jugo todas las mañanas antes de bajarse y que se pasaba el día mariposeando. La llegada del jefe y de su mujer presuponía siempre que yo tuviera que volver al parqueo a recoger la cajita.

Yo llegaba como a las 6:30. Era un bar–restaurante del Estado bastante grande y mi trabajo era mantener limpias todas las áreas verdes, incluidas la acera y el parqueo. En un cuartico al fondo, donde estaba el motor del agua y otros tantos trastos, los empleados dejábamos la ropa y allí nos cambiábamos a medida que íbamos llegando. También dejábamos los utensilios. Los empleados: el de mantenimiento, el jardinero, la mujer de limpieza, dos pintores, el limpiador/cuidador de los baños y yo. A las 6:30 la mujer de limpieza tenía el suelo bastante adelantado y el de los baños estaba empezando. Yo me metía en un overol azul y en unos guantes de goma, cogía el rastrillo y aquel cesto plástico, empezaba por un tramo de jardín frente a los baños.

Empezar era el momento más duro y también el único de compañía en aquella tarea solitaria. Ese jardín era un cuadro pequeño que terminaba rápido, mientras fumaba y escuchaba los lamentos o las canciones del limpiador/ cuidador, un viejo calvo que luego se pasaba todo el día colectando el menudo que quisieran echar los clientes en la cajita a cambio de un cacho de papel sanitario. Me esmeraba: recogía a mano latas, cabos de cigarros, absorbentes, envolturas; de la tierra y de los arbustos de marpacíficos. Después apilaba y recogía hojas secas con el rastrillo.

Desde el bar sale un sol lindo, cercano, porque el bar está cerca de la playa. Las paredes se llenan de luz naranja durante minutos. Las hojas y la tierra aún están húmedas y hay caracoles, hormigas y pájaros. Yo iba fijándome en aquellas cosas mientras abordaba las jardineras del interior del bar, entre las mesas, junto a la barra, frente al cuarto del DJ, frente a contabilidad y junto a la puerta que lleva a la cocina. Macetas y macetas de piedra con matas ornamentales llenas siempre de lo mismo: de latas, cabos de cigarros, etcétera. A las siete empezaban a llegar los meseros: chiquillas y chiquillos de mi edad que en estos casos son seres superiores: uno aspira a llegar a donde están aunque uno sabe, en el fondo, que en realidad no están en ningún sitio. Ellos también lo saben pero aquí están por encima de uno —cobran más, no se embarran— y uno aquí no es más que el que recoge las porquerías que ellos también lanzan, así que te miran entornando los ojos y ni siquiera dicen “buenos días”. Los meseros pisaban la orilla del suelo húmedo e iban al cuarto donde se ponían los uniformes, luego pasaban el día y la noche repartiendo cervezas por las mesas, pizzas, hablando mal de los clientes y sonriendo frente a ellos. Cuando cerraba el bar, a medianoche, se iban con 5 CUC más la repartición de las propinas.

A las siete los recibía el maître, el segundo jefe, un gordo circunspecto que fumaba con elegancia unos tabacos finos, mirándome limpiar. Terminaba, tiraba la colilla y decía “Te faltó recoger esa”. A mí me parecía que reía mientras me miraba ir a recogerla. La primera vez que me lo hizo cogí rabia. Se me aguaron los ojos, tuve ganas de matarlo a piñazos. No dije nada, recogí la colilla, seguí en lo mío hasta que terminé y fui a llorar al cuartico. Después me acostumbré.

A las siete debía haber empezado el jardín delantero, mientras el maître checaba que todo el interior estuviera limpio y mandaba a formar a los meseros para hacer una especie de matutino donde sermoneaba sobre calidad y compromiso. El matutino duraba diez minutos y a veces menos porque a esa hora aparecía el camión particular que traía el hielo y había que descargarlo. Los meseros trasladaban las bolsas en carritos. Otro camión traía cajas de cerveza y refrescos. Los meseros bajaban todo aquello y lo metían rápido en la cocina, el almacenero distribuía: al bar, al restaurante: un poco de recursos del Estado, un poco de aquellos. Era el negocio: vender a precio de Estado productos que compraban por la izquierda. El de las papas venía en bicicleta y daba cinco o seis viajes. Les pasaba los sacos a los meseros por arriba de la reja trasera, con un misterio que nunca entendí porque el que traía queso, los de la harina, el de los vegetales, entraban sus bicicletas hasta la cocina y descargaban con calma. Nunca supe cuánto o dónde cobraban. Lo único que aprendí fue que las latas de refresco casero traen en el fondo un par de marcas mínimas que no hacen las máquinas industriales.

El jardinero trabajaba un día y al otro no. Era un viejo en camiseta con bigote amarillo de cigarro. Ponía un pedazo de lona en la tierra y se acostaba allí a arrancar raíces, a abrir huecos donde plantar. Pasaba horas en eso. A veces me lo topaba en los jardines y luego iba a buscarlo al mismo lugar a la hora del almuerzo. Le sonaban los huesos al levantarse. Tenía 80 años y trabajaba allí desde hacía cinco. En el almuerzo, cuando conversábamos, decía que estaba solo con su esposa y que ella tenía algún tipo de invalidez. El de mantenimiento lo molestaba: “Viejo, no has hecho nada hoy”, pero en verdad eran jardines hermosos. El viejo gruñía: “¿Tú has visto matas más cuidadas que estas?”. Le daba un coscorrón, reían un poco, se llevaban bien. El de mantenimiento era un calvo como de 50 años. Lo suyo era arreglar una cafetera, el horno, una ventana, repellar paredes, hacer lo que sea. Llegaba antes de las siete de la mañana y se iba después de las siete de la noche. De lunes a lunes. Él era mi supervisor: quien tuvo que explicarme lo que debía hacer, todas las reglas.

El bar era una barra con varias filas de mesas, un billar, otros juegos. Ponían reguetón desde que abría hasta el cierre. Casi todos los clientes compraban cántaros de cervezas. Mucho ruido. Muchos carros. Un lugar de esos donde se sienta gente con un poco de dinero y nada que hacer. Siempre la misma gente. El restaurante era un poco más íntimo. Un cuartico en el bar a media luz, esa ambientación romántica, manteles. Allí iba casi nadie. Por eso el que traía el arroz y esa clase de alimentos venía un día y dos o tres no.

El jardín delantero estaba cortado por una escalera y tenía árboles, algunos arbustos. Lo hacía en media hora, pero corriendo, agachado siempre. Cuando llegaba a él ya había botado por lo menos dos veces el cesto plástico en un tanque al lado del cuarto de empleados; siempre salía de ahí con el cesto lleno. Era el lugar que más minuciosamente revisaba el maître y el único que miraba el gerente, aunque el parqueo estaba en un costado y él no salía de su oficina hermética. A las ocho, cuando abría el local y empezaba a llegar gente, yo había cambiado rastrillo por escoba y había empezado a barrer la acera. Nunca logré que no me diera pena. Bajaba la cabeza cada vez que llegaba alguien, que pasaba un carro, un ómnibus; miraba a todas partes por si había alguien que me conociera. Todos los días, mientras barría la acera, decía que era el último; el domingo era buena la sensación del dinero en la mano: 3 CUC diarios.

Los pintores también tenían mi edad y cobraban por terminar exteriores e interiores. De vez en cuando, si hacía falta arreglar una reja y el de mantenimiento estaba ocupado, llamaban a uno de ellos y a mí, así que no podía irme después de acabar el parqueo, después de haber recogido la caja de jugo de la mujer del gerente y haber vaciado por enésima vez aquel cesto plástico y todos los cestos de basura del bar, sino que debía quedarme por lo menos hasta después de almuerzo. El almuerzo lo llevaba cada uno. A veces el gerente tenía buen día y pedía una pizza para cada empleado. Comíamos rápido, en el piso del cuartico, porque todos tenían que volver a la carga y yo tenía que embalarme rumbo a la escuela.

Uno de los pintores era friki: pulseras con pinchos, las uñas negras. Había sido baterista en varias bandas. Tenía videos de eso en el móvil. Escribía canciones aunque no tenía instrumentos propios. El segundo era entrenador de fútbol para niños. Había ganado no sé qué campeonato. Vivía en un albergue. Yo cursaba tercero de periodismo, era verano, era 2013 y mi hijo estaba al nacer.

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