1982. Yo nacía cuando las empresas constructoras de la ciudad se preparaban para levantar, ocho niveles sobre el nivel del mundo, el Hospital Pediátrico de Bayamo.

Solo el dieciocho plantas se alzaría por encima de él en esta ciudad llana. Sería un coloso al servicio de la esperanza, del futuro, de los que saben querer; esa promesa se hizo un 26 de Julio, por lo que nada podía salir mal.

Hormigueros de constructores firmaron contratos, ilusionados, y ya en 1983 los movimientos de tierra habían comenzado. Millones de pesos circulaban en vales de áridos, aceros y ferretería; y los jefes de brigadas señalaban el camino a seguir, seguros de que, en menos de una década, los niños atravesarían el umbral del hospital pediátrico más moderno del país.

A los pocos años, el proyecto estaba tan atrasado que la mismísima dirección del país cuestionó a las autoridades de la ciudad sobre una posible fecha de terminación. Recibieron, obviamente, informes y más informes de culpas repartidas, fallas estructurales y cálculos erróneos. El cúmulo de excusas se fue agigantando, hasta que en 1988 la obra sufrió un paro “temporal”.

Los avatares del período especial la ubicaron en la lista de segundas prioridades, luego de posposiciones, luego de acuerdos olvidados, y al fin, en ese informe engavetado que ya nunca se vuelve a abrir.

El descontrol y la indolencia fueron tales que, junto con los recursos almacenados en la construcción, también llegaron a desaparecer, poco a poco, día a día y año tras año, incluso los que ya estaban colocados y listos para usar. La gente cuenta que hasta las losas de los primeros niveles fueron arrancadas para aportar al florecimiento de las viviendas en los barrios aledaños.

Para taponar un poco la situación, al lado se construyó un policlínico, por un valor de varios millones de pesos. ¿Por qué no se usaron para revivir a este ciclópeo fantasma? Solo Dios sabe. Será que está tan enfermo que ya es más fácil dejarlo morir.

El Pediátrico, como todo el mundo le dice, se ha convertido en un monumento a la indolencia, la corrupción, el olvido y la mediocridad. Se alza sobre la entrada oriente de la ciudad como un esqueleto enorme y frío, gris, fecundo guardián de la oscuridad y los murciélagos. Es un recordatorio de lo que la desidia y la mentira pueden lograr juntas. Nuestro propio Chernobil.

Han pasado treinta y cuatro años. Hoy los bayameses bromean: los niños que esperaban por el Hospital Pediátrico pronto serán atendidos… en el hogar de ancianos.