Su primer tumbao lo tocó, dice, estando ya en el Instituto Superior de Arte (ISA). Toda esa música popular, “ligera” (que él aclara no ser tan ligera cuando en realidad la conoces) fue más bien una cuestión práctica. Tenía ya 19 años y empezaba a sentirse un poco incómodo con la manutención de sus padres. Comprendió que necesitaba un trabajo… y que fuera de la música no sabía hacer casi nada.

Al principio, a Gabriel se le hizo un lío trabajar dos o tres noches por semana tocando el piano en un grupo de salsa del que no quiere ni recordar el nombre, solo que “era un asco, pero daba algo de dinero”. Su preparación fue siempre clásica. Y después de tocar varias timbas debía regresar al ISA para estudiar a Bach, Mozart y Beethoven.

Recuerda que empezó a mezclársele todo, que sentía como se iba deformando. Así que tomó elementos de la música popular y los llevó a la música de concierto. “Mira, ¿tú has oído sobre los Preludios y Fugas de Bach? Yo hice un ciclo de Preludios y timbas: con armonías y secuencias cubanas de son y montuno y una fuga a 3 y 4 voces con tumbao”.

A los diez años su tío, que es tresero, guitarrista y laudista, lo llevó a la escuela de música de Bayamo. Quería estudiar guitarra o percusión, que es lo que todo el mundo conoce. Pero el único instrumento disponible era el fagot. Y con el fagot se graduó cinco años después, en 9no grado. Fue un tiempo en el que comprendió que era un instrumento “muy lindo y tal, pero aquí en Cuba no tiene mucha cabida, a no ser en las sinfónicas”.

Presentarse por composición al ISA fue también una cuestión práctica: solo se estudia en La Habana. Ahora la lleva en una doble carrera junto al fagot; y otra composición, que él llama paralela: el reggaeton.

Escuche aquí cómo compone reggaeton:

“Aquí ser compositor clásico consagrado y vivir de eso es lo difícil. Se estrena una pieza y ya, se acabó. Los graduados de composición terminan, con suerte, como profesores. Además ya no hay casi sinfónicas. Ahora mismo yo escribo una obra, ¿y quién la va a tocar? Y encima se toca lo mismo todos los años, la 5ta Sinfonía de Beethoven, que está buenísima pero que basta ya, todo el mundo la ha escuchado”.

Gabriel no tiene la postura correcta que supondría un músico clásico. No habla pausado ni camina despacio. No podría, digamos, reconocérsele en plena calle como un fagotista. No encaja en el estereotipo. Esa en parte es su suerte, su versatilidad.

Va, como él mismo dice, de lo sublime a lo ridículo. Horas y horas de estudio al piano y dos minutos en un tema de reggaeton. “La mayoría de los reguetoneros cubanos no estudiaron música, no hace falta. Lo que sí necesitas es tener buenos músicos detrás. El reggaeton es un mundo que nada tiene que ver con el arte, es solo dinero”.

Por ello me asegura que económicamente, a un músico cubano nunca le irá mal con lo popular: “nos hemos convertido más en un mercado que en un país de arte y tradición cultural”.

Foto: Alba León Infante.

De Cuba hacia fuera. Así es como Gabriel tiene pensado su triunfo. Así es como dice que llegó Van Van a ser Van Van, porque en una isla chiquita lo grande resalta más.

Este muchacho es todo un provocador. Quiere lograr lo que Stravinsky en 1913 con La consagración de la primavera: Un escándalo total. Subir al escenario del Gran Teatro de La Habana una orquesta sinfónica con El Micha, que es un buen reguetonero, e invitar a “lo más cutre del reggaeton cubano”, Osmani García o Yomil y el Dani, para hacer un contraste. Y su maestro Roberto Varela delante, dirigiendo la Obertura de reggaeton no. 1.

Yo, la periodista, moriría por ver eso.