Todo el mundo se preguntó alguna vez cómo sería este día, en qué circunstancias íbamos a recibir la noticia, quiénes íbamos a ser nosotros –tipos universitarios, casados, solteros, con hijos– o quizás no pensamos tanto, nos preguntamos, sencillamente, qué cosa tan grande iba a pasar después de que todos supiéramos que Fidel estaba muerto.

Salí a la calle esperando el gran acontecimiento, esperando leer el bombazo en la cara de la gente, y que yo pudiera reconocerme en los ojos de los demás, que la gente se mirara en la parada de la guagua y se entendieran bajo la fuerza de una misma conmoción.

Pero nada de eso ocurrió, nada tan rimbombante como que todos se abrazaran y lloraran, y se invitaran a una botella de ron sin conocerse. Cuatro o cinco personas esperaban en silencio, como siempre. Llegó la guagua, nos montamos. El chofer tenía puesto Radio Rebelde a todo volumen, más alto de lo normal, el locutor enunciaba los mensajes de condolencia que mandatarios de Venezuela, India y otros países habían dejado en twitter. Me di cuenta de que, al menos por ahora, los signos de la nueva circunstancia solo iban a llegar en sutilezas como la radio demasiado alta en un lugar público, la bandera de la rotonda de Quintero que ahora me sobrecogía, a media asta; las dos grandes –una cubana y la del 26 de julio- que desplegaron desde un balcón de la Universidad; y las otras dos de la Plaza, también a la mitad del mástil.

Estando allí, en la guagua, escuchando las noticias, tomé consciencia de que Fidel se había convertido en un extraño para mí en la última década. Ni siquiera la campaña por sus 90 cumpleaños logró disminuir esa distancia, más bien lo siguió alejando. Pero ahora es como si lo hubieran devuelto y en su estado más puro y vulnerable, un hombre que ha muerto, que ya no puede defenderse. Con su muerte regresaron todos los recuerdos de mi niñez vinculados a él, los más inocentes, aquella historia de mi abuela cuando decía que no me acostaba hasta que no veía en la televisión la imagen de Fidel saludándome, o eso creía yo. Quizás lo hice solo dos o tres veces, pero a mi abuela le gustaba contar esa historia como si hubiera durado toda mi niñez.

Fidel me pertenece, es un hecho que va más allá del raciocinio, de posiciones políticas, y eso lo siento ahora, pertenece a mis nostalgias, que es una de las maneras más intensas que tengo de poseer las cosas. Su voz, sus gestos, no puedo abstraerme y pensar en él solo como un líder político, y establecer un criterio imparcial. Cualquier juicio que emita, estará influenciado por ese sentimiento de paternidad con el que crecí.

Me pertenece a mí, como le pertenece a todos los cubanos, de muchas formas. Hoy tuve la impresión de que no había muerto un hombre, sino un símbolo patrio, como si hubieran fallecido el escudo o el himno.

Esperaba un carro, esta vez de regreso a casa, bajo la llovizna del mediodía, y cuando paró la camioneta del Cobre y el machacante exigió con violencia cinco pesos lo mismo para quienes llegarían al destino final como para quienes solo recorrerían unos pocos kilómetros (normalmente cobran dos pesos para los tramos más cercanos), tuve la impresión de que la muerte de Fidel podría desatar también otras fuerzas, una especie de odio, que solo puede separarnos y hacernos más débiles, ojalá me equivoque.

Hay demasiadas interrogantes en el aire. Llegué a casa con más preguntas aún. Van a pasar muchas cosas, previstas o no, estoy segura de que la muerte, que yo llamaría una forma de regreso, no ha terminado de impactarnos.

Homenaje a Fidel en Santiago. Foto: Carlos Melian