Ayer terminó la telenovela cubana de turno, El rostro de los días. Quien se acercó a este espacio audiovisual recientemente, es posible que lo haya hecho por la inmensa oleada de memes y opiniones que inundaron redes sociales, colas, todas las esperas. Nadie quiere sentirse ajeno a un humor compartido, a una comunidad que facilita una necesaria catarsis que nos acerca mientras el resto de los mensajes nos repiten que debemos distanciarnos, por la salud de todos.

El humor y el ejercicio de ese derecho a la desconexión de la pandemia y sus estadísticas, nos trajeron a este espacio en el que, para muchos, se hace necesario que sea para no pensar. Sin embargo, la ausencia de una mirada problematizadora y acertada en el producto audiovisual no nos ha dejado a otros muchos consumirlo con aquella ligereza.

En una entrevista, la directora de la novela refirió que la idea era “contar historias relacionadas con la maternidad y la paternidad desde el amor y la premisa de que este vence todas las dificultades” e “inspirar una mejor realidad”. Si la novela pretendió abordar el tema de la maternidad y paternidad responsables a modo de anuncio publicitario en un país en crisis demográfica (producto histórico, entre otros factores, del éxito a la hora de asegurar derechos y oportunidades para las mujeres), reflexionemos por unos minutos si ha sido exitosa la propuesta. ¿Lo que estamos viendo en la pantalla chica es maternidad y paternidad responsables?

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Maternidad y paternidad responsables

Hace un tiempo que no es secreto el hecho de que las mujeres cubanas paren una sola vez o ninguna. Otras conciben su proyecto familiar fuera del país. Se estima que para el año 2030 uno de cada tres cubanos tendrá 60 años. El tema es de extrema importancia y por eso sorprende la forma edulcorada con la que se nos presentan la maternidad, la paternidad, las relaciones y conflictos de pareja. ¿Será que este intento burdo responde a una política de Estado de rescatar el deseo a convertirnos en madres y padres, porque no hay fuerza productiva de reemplazo para la economía de este país envejecido?

En el abordaje de las tramas aflora superficialidad en las temáticas de género y sexualidad. Hay una unilateralidad palpable en las historias contadas, en las cuales las opciones que se manejan validan versiones maniqueas de realidades complejas. En El rostro de los días las mujeres se ven reducidas a su rol de madre o a sus deseos de serlo, incluso en relaciones de violencia machista (Ania y Samuel), en relaciones marcadas por la infidelidad (Mariana y David), en condiciones económicas precarias y con otros dos hijos adolescentes (Grisel y Jorge); incluso recién acabado de conocer a ese príncipe azul (Anabel y Hugo).

No hay conflicto femenino que no esté conectado con la maternidad en algún sentido. Ni siquiera la niña de 14 años violada por su padrastro tuvo asesoría temprana sobre sus opciones, lo cual dio a entender a los televidentes que la adolescente llevaría a término un embarazo no deseado. Esta trama tuvo a muchos internautas molestos con las causas nimias que ofrecían personajes supuestamente especializados, tratando una regulación menstrual como un procedimiento extremo, complicado y dañino, sujeto además a revelaciones sobre el culpable o responsable del embarazo de la niña.

Los retos de la maternidad y la paternidad que se nos presentaron estuvieron básicamente relacionados con el estar embarazada, enfocados casi todas las veces como problemas de salud, lo que derivó en el ingreso de la mujer en un hogar materno perfecto. Poco se vio sobre el navegar diario de dificultades que hacen que la maternidad y la paternidad tengan que ser proyectos familiares y colectivos.

Más bien esta novela nos presenta una maternidad obligatoria y no electiva. El guion fracasa en explorar las motivaciones reales de las mujeres y los hombres que deciden, a pesar de todo, emprender la aventura de convertirse en mamá o papá. No existe la opción de ayudarnos a entender desde el respeto por qué muchas cubanas deciden NO ser madres. Hay muchos rostros ausentes en lo que se enarbola como retrato de la cotidianidad. Hubiera sido hermoso un mensaje sobre no dejar caer culpa sobre los hombros de las mujeres de Cuba al no querer ser madres. El poder de transformar la situación estadística está en manos de todos; no por salvar números sociodemográficos que ninguna familia desea emular, sino por mostrar que una sociedad que apoye la crianza de las próximas generaciones será, en definitiva, el sostén de las familias.

“Inspirar una mejor realidad”

Es cierto que una novela no puede contarlo todo, pero elige qué y cómo contar y en ese proceso se toman decisiones narrativas que sugieren qué es importante y qué no lo es. Justo ahí nos toca recordarles a los guionistas su responsabilidad social. Nuestra televisión no es privada, limitada a responder a demandas de accionistas para generar ganancias. Es estatal y por eso debe responder a nuestras necesidades: entretenernos y educar sin resultar pedante ni tediosa.

El rostro de los días abordó temas importantes, sí, pero ante la falta de asesoría en materia de género, la intención hace aguas. Reprodujeron estereotipos sin que existieran narrativas que ofrecieran a los personajes ni a los televidentes un contradiscurso, alternativas de solución. Personajes con marcadas tendencias machistas son enjuiciados y perdonados en nombre de un amor, romantizando la violencia y los derechos reproductivos de la mujer. El guion coloca en voz de personajes positivos y respetables la reafirmación de la mala gestión de todos los problemas sociales que la novela evidencia.

Otra temática abordada desde la contención y lo irreal es la diversidad sexual, que se representa de una manera limitada, reducida a interacciones vacías, incompletas, en la cual los afectos se hayan eliminados, en alto contraste con prolongadas escenas donde parejas heterosexuales se besan, se abrazan, se acarician, mantienen relaciones sexuales obvias. En este mundo ideal que se quiere construir, las parejas homosexuales son silenciadas, como caricaturas adecentadas de la realidad.

Los guionistas han creado un mundo donde las enfermedades mentales son tratadas con ligereza; donde las y los adolescentes víctimas de violencia y abuso sexual no tienen a su lado profesionales ni otros adultos capaces de conducir su historia hacia una resolución efectiva; donde las parejas homosexuales jamás pueden tratarse con afecto; donde la planificación familiar y la protección ante las infecciones de transmisión sexual se anula; donde la solución a todos los conflictos relacionales es tener hijos; y donde la única posible meta para que una mujer sea feliz es la maternidad.

Pero es solo una novela, nada más —nos dicen— y una mirada a los grupos de entusiastas en Facebook, que alcanzan varios miles de miembros, nos advierte que dicha aproximación es, cuando menos, simplista. Sus debates sobre los posicionamientos de los personajes son acalorados, intransigentes, cargados de emociones. Las decisiones de los personajes se someten a preguntas aprobatorias, se forman bandos, se toma parte, se cuentan historias personales que de alguna forma comparten códigos con las narraciones de la novela y se validan o rechazan comportamientos.

Quizás de aquí a unos meses veamos una explosión demográfica y los parques post-COVID-19 se desborden de niñas y niños llamados Sheyla, Lía, Mariana, Saúl. Habrá que esperar. Lo que sí podemos observar hoy, y con consecuencias inmediatas, son los comentarios de validación de estereotipos raciales, de violencia de género, de posturas antiderechos reproductivos, de permiso a la homofobia que ha suscitado la novela. Estos mensajes alarmantemente conservadores me hacen cuestionarme si, a poco menos de un año para el debate sobre el nuevo Código de las Familias y la Ley de Salud, será la realidad representada en pantalla la que se desea construir.

 

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