Estados Unidos le ha echado el ojo a los emprendedores cubanos. En un país que necesita liberar sus fuerzas productivas. ¿Cómo evitar que estas sean utilizadas políticamente?

La palabra emprendedor viene del francés entrepreneur y desde su origen es trágica. Fue definida por el millonario anglo-francés Richard Cantillon, que hizo su fortuna siendo pionero de la especulación financiera. Con una extensa e importante obra científica, terminó siendo eclipsado por Adams Smith. Pero este post no se refiere a París ni Londres sino a Cuba y la encrucijada actual. El emprendimiento acá implica muchas cosas.

El discurso oficial cubano no recoge la palabra emprendedor. Esta no se menciona en la televisión con frecuencia ni se publica en los periódicos, o no era así hasta que llegó Obama. El POTUS tenía una agenda apretada pero le dedicó su presencia en el foro de negocios a reunirse con una selección de emprendedores, en su mayoría jóvenes, a los que repitió una y otra vez que el futuro de Cuba estaba en manos de personas como ellos. En su discurso a la sociedad civil volvió a mencionarlos.

De cierta manera todos los que estamos viviendo en esta isla somos emprendedores, el carácter del cubano se ha forjado en la inventiva que provoca la necesidad. El hincapié en estos jóvenes es una prioridad nacional porque difícilmente se podrá salir del atolladero económico sin liberar las fuerzas productivas o permitir que se desarrollen iniciativas que en los cauces actuales quedan hasta fuera del marco legal vigente. Lo preocupante es que sea un país extranjero, el que nos bloquea desde hace medio siglo, el más interesado en este sector.

También es preocupante que nosotros mismos no hayamos resuelto deudas pendientes vinculadas a este tema. Reconocer que el trabajo por cuenta propia es también trabajo privado o diferenciar entre el cuentapropista que vende maní en la calle y el que es dueño de un restaurante en Miramar. Abrir más posibilidades a las cooperativas, que a pesar de estar basadas en la asociación de personas con libertad de condiciones e iguales ganancias (algo que parece muy socialista) tienen más trabas que nadie para legalizarse. Con todo esto y más nos toca lidiar.

Lo privado ha irrumpido en la vida de los cubanos. 

Una realidad que no espera por nadie, ni por mentalidades ni por planes quinquenales. Todo el tiempo que demoremos en admitir su presencia y asumirlo, estaremos perdiendo terreno de crear políticas dirigidas a la distribución de la riqueza y a paliar las desigualdades sociales que han aumentado en los últimos años. Lo único responsable es abrir los ojos y buscar soluciones en conjunto.

Emprendedores son tanto los cuentapropistas que tienen un negocio propio o un app de Internet, como los cooperativistas que han luchado contra viento y marea para que les aprueben su negocio y luego hacer un trabajo exitoso. Y si se me permite hacer uso del término en su sentido más amplio…

Foto: Pablo Epellin

No hay nadie más emprendedor que los profesores de escuela, los profesionales del país y los que no lo son. Que cada día van a trabajar por menos dinero que el que gana un adolescente vendiendo una sola tarjeta Nauta en cualquier parque wifi del país.  Nadie más emprendedor que mi madre que gana un dólar diario en un trabajo por el que cobraría mucho más en otro lugar, y nunca se queja.

Cuando estudiaba en la universidad me enseñaron que toda clase económica persigue el poder político. Cuesta no pensar en eso cuando Obama se reúne en el foro de negocios con los emprendedores independientes, las primeras medidas que aflojan en el bloqueo son aquellas que fortalecen el cuentapropismo y veo cada día cómo surge una clase económica con conciencia de sus privilegios que vive ajena a los sacrificios de la mayoría.
Cuba necesita muchos emprendedores. Pero no de los que tienen como paradigma el sueño americano, los que van creando un plan B “por si acaso” y luego aspiran a ser mecenas de políticos haciéndoles invitaciones de todo tipo.

Necesitamos emprendedores que sean al menos nacionalistas, no herramientas políticas en servicio de intereses foráneos.

Ser entrepreneur es un camino también de responsabilidades y no está exento de tentaciones y peligros. Richard Cantillon, el padre del emprendimiento y la economía política, terminó asesinado por su cocinero y su casa incendiada en un intento de robo. Mal final tuvo el primer emprendedor que estrenó este adjetivo, triste papel tendrán los que utilicen su habilidad en función de la domesticación extranjera.

La palabra emprendedor no tiene por qué ser trágica, puede ser sinónimo de éxito y orgullo. Solo vale recordar las palabras de John Locke cuando decía que la libertad de los hombres llega hasta allí donde limita la de otros. Esperemos que los emprendedores utilicen la suya comulgando sus intereses personales con los de su país y no se conviertan en herramientas de otros. El tiempo dirá la última palabra.