Cuando se graduó de la Universidad Central de Las Villas, Yaisel se fue a trabajar a un hotel de los cayos, al norte de Villa Clara. La idea era pasar un tiempo en el departamento de recursos humanos para luego resolver una plaza de dependiente.

“Yo estudié Comunicación Social porque realmente me gusta. Organizar una campaña, un evento, crear o perfeccionar los flujos comunicativos de una organización… Pero de gustos y sueños no se puede vivir. De eso me di cuenta a mitad de la carrera, así que me puse para entrar al turismo de alguna forma.”

Mientras estudiaba, Yaisel pasó cursos de servicio gastronómico, cantina, inglés… lo necesario para llegar preparado. “Cuando me gradué un amigo de mi papá me resolvió para entrar al hotel. Y trabajé tan bien que mi jefe quería dejarme en su lugar, con carro y todo, pero qué va. Un carro y 600 pesos cubanos (25 CUC)… ¿pa´ qué? ¿Para tener que robar para vivir? No, yo mejor me ganaba mi dinero limpio, sin deberle nada a nadie.”

Mientras sus compañeros –los que no tienen contacto directo con los turistas– trataban de resolver botellas de whisky, jamones y hasta servilletas para sacarlas del hotel y venderlas a  los negocios particulares, Yaisel aprovechaba y “si a alguien del restaurante le hacía falta tomarse un día libre, lo cubría. O me quedaba después del trabajo, y hacía los turnos de la noche”.

Después de cumplir su servicio social, Yaisel volvió a “mover los caracoles” para conseguir una plaza de dependiente en el hotel, pero su carrera universitaria era un impedimento. Según requerimientos del Ministerio del Turismo en Cuba, puestos de menor calificación no pueden ser ocupados por universitarios, así que decidió esconder su título y solo mostrar el de 12 grado.

Como dependiente quizá no haya mucha realización, pero mira mi casa y sacarás tus conclusiones sobre lo bien que me ha ido.

Así lo manifiesta Yaisel mientras recorre con la vista por su modernizado apartamento de microbrigadas.  En temporada alta, de noviembre a mayo, las propinas de Yaisel, en un día pueden oscilar entre los 20 a 100 CUC.

Foto: Alejandro Ulloa

A Georgina, su abuela, no le gustaba la idea de desperdiciar tantos años de estudio. “Imagínate, ella me crió haciendo esfuerzos para que yo fuera «un universitario», porque cuando yo tenía 10 años, mi mamá se fue en balsa para Estados Unidos y no supimos nunca más de ella. Y mi papá tiene su esposa, y mis hermanitos. Así que somos abuela y yo solos”.

Pero cuando Georgina vio que así se podía reparar el maltrecho apartamento, y que Yaisel no hacía nada ilegal, solo recibir las propinas de los clientes, las tensiones se aplacaron. “Aunque ya te digo, la cantaleta siempre es la misma: «Yaiselito, tú no traigas nada, ni un papel sanitario»” –dice imitando la voz de Georgina–.

Cambiar de ambiente de trabajo fue lo difícil.

No todos los trabajadores de servicio son iguales, pero se vive de la “especuladera”.

“Unos tratando de quitarle el trabajo a los otros; el de seguridad que quiere que le des una botella… Yo no estaba acostumbrado a eso, pero he sobrevivido.”

Hace tres años, Yaisel trabaja entre el buffet y el bar del hotel, y de Comunicación Social habla poco, aunque lo extrañe. Aprendió a disfrutar su trabajo y frecuentemente queda como mejor trabajador.

“Me tocó escoger entre la realización y la economía. Y creo que tuve suerte al final de todo. No hago lo que más me gusta, pero puedo proyectarme un futuro, sostener a mi familia, y todo sin tener que irme del país.”

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