La delegación de la sociedad civil oficial cubana no sorprendió en la Cumbre de las Américas de Lima, Perú. Aunque esta vez evitaron la violencia, como la que protagonizaron en Panamá, los cubanos pro-gubernamentales fueron a esta Cumbre, sobre todo, a boicotearla con su intolerancia.

Una sociedad civil se caracteriza por ser, ante todo, independiente de la clase política y del Estado. Esto difícilmente se cumplió en el caso de la representación cubana. La agenda que llevaron fue la agenda oficial y el discurso del Partido Comunista. Para mí no tiene sentido discutir su rol como representación de la sociedad civil o no, sino estudiar su actitud como una delegación cubana cualquiera.

Y lo que vimos fue un grupo que enarboló los gritos por sobre el diálogo sosegado. Su argumento: no tenían nada que hablar con “mercenarios”, es decir, todos aquellos que acudieron con gastos sufragados por otros que no fuera el presupuesto público de la Isla. En ese saco les cabía cualquiera.

Lo que vimos fue una especie de bullying desde el poder por parte de esos que no saben ganar. Ganar, para las sociedades modernas, no significa atropello, descalificación o despotismo hacia “los perdedores” (en este caso, aquellos sin espacio para existir en la sociedad cubana contemporánea) Lo incivil de la delegación que fue a Perú radica en su incapacidad de dialogar con los cubanos que no piensan como ellos. Solo podían hablar si no “se les provocaba”. Y por provocación entendieron cualquier presencia de opositores al gobierno del archipiélago.

Podemos aceptar más o menos a Rosa María Paya, por solo citar un ejemplo. Puede no gustarnos el proyecto “Cuba Decide” que representa, pero no debería ser la presencia de ella una excusa para abortar el diálogo o, peor aún, reventar un evento impidiendo su desarrollo. En las condiciones actuales, los cubanos necesitamos escucharnos y no gritarnos. Y si no le gustan los puntos de vista que se defienden en una cumbre, o no puede defenderlos en debate igualitario, sencillamente no vaya.

En el encuentro entre los gobiernos y las sociedades civiles, la delegación cubana intentó no dejar hablar al secretario de la OEA, Luis Almagro. No les interesaba un ápice lo que este podría decir y cómo podrían contestarle con serenidad. Sería interesante saber cuántas veces esos que allí estaban han intercambiado alguna vez con Almagro y otros de los presentes. Pero hablar no era el propósito, prefirieron gritar consignas.

La delegación que fue a Lima no representa la diversidad nacional. La diversidad no se agota en ningún grupo o ideología, y es por ello que esa delegación en particular no se representa más que a sí misma. También representa, debemos aceptar, algunos de los peores rasgos identitarios de nuestra nacionalidad. Estas actitudes inciviles, en el fondo, son el reflejo de la escasa cultura democrática de la sociedad cubana.

Hemos sido educados en un ambiente donde las opiniones se convierten en verdades según quien las diga; donde el disenso es traición y donde la descalificación a quien argumenta lo opuesto a la ideología propia, es la práctica más empleada para sepultar moralmente a quien la cuestione.

Yo no cuestiono el derecho a protestar y mostrar inconformidad en eventos; sin embargo, las cumbres son espacios de intercambio de ideas y no de choque. Pero, a la luz de los acontecimientos, está claro que discrepo radicalmente de la visión del gobierno cubano y sus representantes.

Ahora también, como en Panamá, la “enérgica respuesta” es premiada. En aquella oportunidad, la psicóloga que supuestamente se costeó el viaje con los ahorros de su salario como segunda secretaria del Comité Nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas, fue ascendida a cargos superiores.  Estemos atentos al ascenso de estos nuevos indignados. Qué lástima. Un país que premia el comportamiento casi bárbaro no puede dirigirse a buen futuro.