A las 9 de la noche, el centro histórico de Trinidad es muy cosmopolita. En las Escalinatas de la Casa de la Música extranjeros bailan al ritmo del folclore afrocubano; en la Plaza Mayor parejas de enamorados se besan o se hacen fotos; en el Don Pepe degustan un cóctel de café frío. Lo que nunca cambia allí es la música que sale de cada rincón trinitario.

En la esquina de la calles Real del Jigüe y Desengaño, desde las entrañas del restaurante privado Sol Ananda, como plantando cara, se escuchan versiones del popular trovador Tony Ávila interpretadas por el grupo La Clave, una banda de trova fusión que el joven Hades Hernández Lozano fundó junto a varios amigos, como meta artística de sustento económico.

Por la atención de los clientes, no parece irles mal. De hecho, varios curiosos llegan hasta la puerta a escuchar de qué van esos acordes que se oyen de lejos. Les aplauden, les hacen fotos. Otra jornada exitosa. Pasan el “cepillo”, para recibir las propinas. La cosecha parece buena.

Lo que para muchos supone “hacer sopa”, a Hades le parece una oportunidad respetable pues, mientras otros miran en el turismo un monstruo hambriento que devora cultura y defeca banalidad, él prefiere verlo como una gallina de huevos de oro que hay que saber explotar.

“Está viniendo gente con mejor gusto musical y agradece propuestas bien elaboradas. Hay mucha competencia ganada por el boom turístico y la apertura de centros nocturnos. Yo me he dado cuenta, en parte, porque conozco de clientes que no suelen acudir a determinados espacios por su mala música, y porque escogen entonces a quienes tengan un repertorio más original”.

No obstante, dice entender los prejuicios respecto al turismo.

“Es bueno o malo en dependencia de cómo lo asuma el músico. Por un lado si te acomodas a lo que ofrece, que es una bonanza monetaria regular, sucede que te estancas de tanto pensar en poner un plato de comida en la casa. A veces esas cosas me desalientan, porque llegamos con muchas ganas de aprender y nos topamos con esta especie de conformismo que no ayuda en nada”.

“Y si a eso le sumas el poco valor que algunas instituciones dan al trabajo de uno… En cierta ocasión del festival para instructores de arte Escaramujo, mi grupo La Clave ganó un pase a la edición nacional al que no asistimos porque nadie nunca nos avisó que estábamos seleccionados. Todo fue por mal trabajo de los encargados. Pero la suerte nos premió con otra edición que ganamos. ¿El resultado? Un disco”.

La formación de Hades vino, en primer lugar, por un proyecto infantil de instrucción artístico-musical impulsado por el dúo de trovadores Cofradía y auspiciado por la Oficina del Conservador de Trinidad, que le dio el conocimiento elemental y el salto de vocación para llegar a la Escuela de Instructores de Arte (EIA).

De hecho, no titubea para demostrar su orgullo en el mundo pedagógico, pues comparte sus noches musicales con los cursos de superación para otros egresados de la EIA, un trabajo de maestro que cubre él solo aunque está diseñada para ser impartida por cuatro instructores. También intercambia con las clases de solfeo y guitarra a los niños del mismo proyecto de donde emergió, hace casi 15 años atrás.

“Adoro el trabajo con niños, es la forma que tengo de mantenerme actualizado de las tendencias de la música, para no caer en la rutina de los centros nocturnos. Les doy clases con buen contenido teórico y práctico y eso me permite estar estudiando constantemente. Es mi forma de no estancarme, además de que ellos piden muchas veces que uno sea un buen ejemplo de músico para ayudarles a su vocación y autoestima”.

Hades no pide grandes giras o una discografía extensa… muchos menos la fama. Solo quiere evolucionar cuanto sea posible mientras vive con comodidad, forma nuevas generaciones de músicos y espera, algún día, el fruto de esa enseñanza.