La industria azucarera en Cuba se ha modernizado más que un poco en los últimos años, en lo que se refiere al trabajo de campo. Ahora las cortadoras de caña y las excavadoras, de reciente importación, tienen un confort indiscutible, con una climatización e impermeabilidad que protege a los operadores del sol achicharrante y del ruido ensordecedor del que una vez fueron esclavos.

Pero hay todo un equipo de apoyo a estas tareas que no tiene cómo escapar de la inclemencia del clima de un cañaveral cubano al mediodía. Muy pocas veces se mencionan, porque pareciera que su trabajo es menor, como siempre sucede con los obreros que no están directamente vinculados a la producción.

Sin embargo pasan días completos viviendo en una carcaza de metal, en medio de la caña quemada, y cada vez más lejos del central y de la molienda, porque el corte se va alejando, y con él las cortadoras y demás equipos.

Su  misión es abastecer a la maquinaria con el combustible y el agua necesarios para su funcionamiento, además de contar con un pequeño comedor y hasta un dormitorio, para los hambrientos o los que simplemente necesitan tomar un segundo aire para continuar. Además de alimentar a la tropa, deben remover el barro que frena el movimiento de la maquinaria, labor que muchas veces se hace a mano, pues la potencia de la “Karcher” de agua a presión no es suficiente para darle solución de continuidad a la cadena de producción.

Generalmente el equipo lo conforman tres personas: un jefe de grupo y encargado del combustible, un operador y una cocinera, el personaje más querido y necesitado dentro del equipo. Tienen hasta un perro guardián, que me mira famélico y aburrido.

Salen de madrugada y no regresan hasta bien entrada la tarde. Hay un momento, generalmente cercano al mediodía, en que ya el vapor y el calor dentro de la carcaza es tal que hay que salir corriendo afuera. Los trabajadores se van acomodando a la sombra que les proporciona su vagón de metal, y le van dando la vuelta al ritmo del sol, poco a poco y casi sin darse cuenta, buscando el fresquito y la poca sombra que les permita respirar un poco mejor, entre el olor melcochoso de la melaza y las cenizas que llegan desde el central y saturan el aire como en un halo hirviente.

“Es un trabajo duro”, me dice la cocinera, mientras me brinda un poco de té en medio de este desierto. “Pero la gente allá en la molienda está peor. Yo prefiero la tranquilidad de esto aquí”.

Me sorprende… o, pensándolo mejor, no me sorprende tanto que alguien se conforme con tan poco.

Se sienten ruidos y chasquidos estremecedores: ya se acerca la caravana hambrienta. “Quédate para que almuerces”, me dice la regordeta cocinera, pero imagino que las porciones deben estar más que contadas.

Me despido de este equipo de élite para, antes de partir hacia la ciudad, dar una vuelta por el central. Mientras me alejo veo cómo los dos hombres se quitan la ropa y se quedan casi desnudos. No lo habían hecho por pudor; y entonces me alegro de haberlos dejado en su soledad, en medio de esa nada donde la sequía te hace ambicionar, como si fuera lo más grande del mundo, un vaso de agua con hielo.