Los tiempos cambian. Cambian las personas, las ciudades, los espacios donde crecimos. A ritmo vertiginoso. Cambian lo que creemos necesario para vivir, lo que nos parece atractivo, glorificable, cambian los símbolos, lo que nos hace reír o llorar.

Cambian los tiempos bruscamente, sin espacios de prueba, sin respiro. En menos de veinte años dejamos de ir a las fiestas con lo que apareciera. Ya fueran botas, zíngaros y pullover de caballitos, con un peso en el bolsillo o sin nada. Pasamos de ahí al total desparpajo de aparentar, a los zapatos caros y los celulares que no caben en los bolsillos. Nunca mejor dicho que nuestros hijos se parecen más a los tiempos que viven que a sus padres. ¡Y qué tiempos!

Seguimos siendo un país subdesarrollado, bloqueado y con miles de carencias. Aun así los fines de semana, en ciertos sitios pareciera vivirse una realidad paralela en la que gastarse en una noche más de lo que gana un coterráneo promedio es parte de la diversión. Algo fácil de lograr si tenemos en cuenta que el salario medio en Guantánamo no llega a los 600 pesos.

Sitios que remarcan diferencias que en otros espacios de socialización pueden ser más sutiles, pero que están. Sobre todo en nuestra juventud, que nos capitalizaron los días y las noches desde hace varios años, en un momento impreciso entre el inicio del nuevo milenio y el ahora.

Lugares donde el consumo, la capacidad de compra…, van definiendo estatus  y formando entre los más jóvenes ideales de éxito diametralmente opuestos a cómo lo entendíamos hasta hace unos años.  Cuando el buen ejemplo era el buen estudiante, el buen trabajador, el médico, el honesto, el íntegro.

Hoy el patrón del éxito sigue la simple lógica de que una persona vale exclusivamente por lo que tiene y puede adquirir, sobre todo, si lo que compra es lo que no necesita. Poco importa si por ser hijo de un pequeño empresario del sector no estatal o el vástago de un jefe que saca de donde no debe, o si el bolsillo engorda con lo que se vende el cuerpo; no importa si es un dinero ganado o mal habido.

Se consume sin mirar atrás, sin remordimientos.

Se consume el último grito de la moda. Qué más da si son las botas a la rodilla y estamos en pleno verano, los IPhone que son un dolor de cabeza para usuarios nacionales o cualquier otro smartphone. Aunque a todos le sobren aplicaciones para tan poca internet.

Porque lo que se compra, nos dijeron temprano los teóricos de la comunicación, no son botas, ni IPhone, ni smartphone sino estatus, prestigio y distinción. Se compra el hecho de que se puede comprar, la constatación de que podemos permitírnoslo.

En un país en el que no se practica la publicidad, se aprendió a captar patrones del aire, de la televisión y del paquete. A seguirlos como una religión con templos, dioses y todo. Templos-sitios donde no entra quien no tiene y que funcionan como pequeños cosmos. Cascarones que parecieran un país que no reconozco dentro de este país que siento o que imagino y que quizás ya no existe. Quizás lo real es la dualidad, la contradicción, el país dentro del país, la fragmentación, los de arriba y los de abajo.

Lo real es que existe una juventud que “puede” y se entrega despreocupadamente a lo fútil. Una segunda trata de seguirle los pasos y otra más se mantiene expectante. La cuarta juventud es esa que mostramos en los noticieros hablando de Martí, de Patria y Revolución. Quisiera pensar, no obstante, que tantas juventudes son la misma, por muy raro que suene.

Quisiera pensar que el consumismo aún no se adapta al hueso.

Ese muchacho que pasa el fin de semana tomando whiskeys caros mientras en la calle el resto de la gente trata con la falta de agua, la incertidumbre, el calor y lo dura que está la calle. Ojalá ese muchacho el lunes o cualquier otro día sea capaz de pensar en su país, de soñar cómo es posible construirlo mejor y no espere que alguien se lo lleve al extranjero. Que su banalidad, ese desparpajo del fin de semana, sea solo circunstancia.

Ojalá así sea. Tan simple.