«Estamos embarazados» es una expresión que, lejos de simplismo, broma o cursilería, anuncia, también en el lenguaje, la silenciosa revolución de las paternidades. Su uso contiene una mezcla de orgullo, responsabilidad y compromiso. Proclama un sentido más profundo y equitativo de ser pareja, más humano, más liberador. Expresa, además, el temor y la incertidumbre compartida, propio de un cambio tan esencial en la vida de cualquier individuo como lo es la procreación.

Ante esta expresión caen, como castillos de naipes, maltrechos mitos y hábitos vinculados a la paternidad. Comprensión contraria a aquella frase del imaginario popular que consagra aquello de que «madre hay una sola, padres como arroz».

Ser hombre, masculino y padre es una triada que, históricamente, ha cargado lastres muy pesados impuestos por el sistema patriarcal. Los mandatos sociales de disciplinar y proveer, distante de los afectos e incluso de la presencia física, hacen aguas. La sociedad contemporánea moldea en la práctica, y esboza como paradigma, nuevos tipos de masculinidades y de paternidades concomitantes. Como un dato destacable, se estima que en la actualidad los padres pasan un 30 % más de tiempo con sus descendencias que en la generación anterior.

En Cuba aparecen experiencias como la aplicación «Guía completa sobre la paternidad», acompañada por el slogan «Padre desde el principio». También proyectos de grupos de hombres que se preparan para el nacimiento. Como práctica cotidiana, cada vez son más las mujeres embarazadas que acuden acompañadas por los progenitores a las diversas consultas durante el período de gestación.

El denominador común de estas y otras experiencias está en asumir que los hombres son tan importantes como las mujeres en el bienestar de su descendencia, desde el embarazo mismo, en el cuidado y en las responsabilidades domésticas y educativas. Visión que intenta remover la representación que reduce el ideal del embarazo a la mujer y sus cambios corporales, en desmedro muchas veces del rol de los padres y sus implicaciones emocionales durante la gestación.

Es cierto que los hombres no sufrimos, al nivel de las mujeres, una revolución hormonal, ni cambios físicos, ni podemos dar a luz. Sin embargo, al igual que ellas, en esa etapa sentimos miedo, ansiedad, dudas e incertidumbres en muchos sentidos. Vivenciamos el embarazo desde una perspectiva emocional.

Más allá de las observaciones cotidianas, de los proyectos y hechos que revolucionan la paternidad, la ciencia devela el rigor de ser padre y avanza, desde la producción de datos concretos, en el desmontaje de prejuicios, mitos y reduccionismo sobre este amplísimo universo.

Se ha comprobado que en muchas otras especies animales, como en los seres humanos, el padre toma parte en el cuidado de sus hijos para que logren nacer y crecer. Estas conductas van desde cuidar y empollar los huevos hasta alimentar directamente al recién nacido, proveerlo de calor y protegerlo ante posibles depredadores.

En un interesante artículo titulado «La paternidad, visión desde una perspectiva biosicosocial», Adonay Martínez Perera, del Centro Nacional de Genética Médica, destaca que durante el embarazo hay un cambio importante en la conducta masculina, la química se encarga de reducir el interés sexual en un momento en el que la fecundación no es posible. La producción de testosterona, principal hormona del hombre, desciende y llega a ser hasta un 33 % más baja cuando la pareja está embarazada. Por el contrario, la prolactina, hormona implicada en la capacidad de amamantar, aumenta sus niveles normales hasta un 20 %.

La manifestación más interesante de estos cambios es el llamado síndrome de Couvade, o «embarazo empático», que experimentan algunos padres, sobre todo los primerizos, el cual consiste en vivenciar sintomatologías parecidas a la de su pareja. Diversos estudios describen síntomas que van desde cambio de humor, calambres, agotamientos, antojos, hinchazones, cambios en los hábitos de dormir, ansiedad, reducción de la libido e incluso, en los casos más extremos, dolores de parto.

En esos procesos se han verificado elevados niveles de estradiol, estrógeno implicado en el instinto y comportamiento maternal de los mamíferos y primates no humanos, asociado con la ternura, las emociones, la sensibilidad. Luego del parto se ha comprobado el incremento de los niveles de oxitocina, al igual que sucede en la madre, lo cual favorece el vínculo afectivo con el bebé. También se ha constatado la depresión posparto.

Martín Maldonado-Durán y Felipe Lecannelierala, en un interesante análisis, «El padre en la etapa perinatal», comentan que la prevalencia del Couvade se ha descrito con un rango demasiado amplio, de entre el 11 % y el 97 %. Por lo tanto, aseveran que puede ser más útil pensar que casi todos los futuros padres manifestarán algunos síntomas, pero no el síndrome per se, lo que sugiere que es un fenómeno más amplio y común de lo que pudiera parecer.

Este hecho de empatía con la compañera durante el proceso de embarazo ha sido rastreado en varias culturas. En sus investigaciones, el antropólogo inglés Edward Taylor describe interesantes rituales de paternidad en comunidades de la India y Papúa Nueva Guinea. En algunas de ellas, en fechas cercanas al alumbramiento, los hombres se acuestan de un modo ritual simulando dolores de parto. Esto sirve, por lo menos, para dos propósitos: establecer frente a la comunidad quién es el padre y atraer a los malos espíritus, engañándolos para que descarguen su furia alejados de la auténtica madre.

Entre los efe, anteriormente llamados pigmeos, el padre asume un papel prominente en el cuidado del bebé, en una proporción mucho mayor de la que se ha observado en cualquier otro grupo sociocultural. De igual manera, en algunas culturas tradicionales de África hay una forma ritual de Couvade en que el varón siente los dolores y angustias en el momento del parto, mientras que la parturienta no presenta síntomas.

En la mayoría de las sociedades tradicionales, el padre no está presente en el nacimiento de su hijo o hija, pues se considera un asunto de mujeres. No obstante, cada vez con mayor frecuencia el compañero es quien asiste al parto. Martin Maldonado-Durán alerta que este es un fenómeno relativamente nuevo y se sabe poco sobre el efecto que genera en la madre y el bebé la presencia del padre en el parto, y el impacto que produce en las emociones y conductas del nuevo padre.

La paternidad también supone un momento evolutivo de suma importancia para el hombre. Es algo más serio de lo que el patriarcado ha permitido ver y asumir. El hombre vivencia transformaciones a nivel biológico, bioquímico y cerebral como preparación para el vínculo con su bebé, pero también cambios a nivel sicológico y social relacionados con las expectativas culturales de lo que significa ser padre y cómo asumirlo.

La revolución de las paternidades, dígase la relación de los varones con su descendencia, demanda redimensionar la participación del padre en el embarazo, en el parto y en la etapa posnatal. Implica reconocer las interacciones afectivas de este con sus hijos e hijas y su impacto protector a largo plazo.

La revolución de las paternidades, como parte del proceso de desintegración del sistema patriarcal, tiene un amplio espectro que alcanza la conducta, las emociones, los valores, las estructuras socioculturales, las leyes y el lenguaje que refieren al ser hombre, ser masculino y ser padre. Dentro de este largo y complejo proceso de cambio, «estamos embarazados» es una expresión más fecunda de lo que quizá podemos advertir.

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