El 28 de enero es un día hermoso. Así lo recuerdo siempre, colorido, alegre, de retumbar de cañonazos emocionantes, de pañoletas brillantes, de niñas y niños sonrientes, de poemas dichos por pioneras de grandes lazos y muchachitos desdentados por la caída de las “teclas” de leche.

Esta madrugada no ha sido diferente. Las escuelas primarias de La Habana, o una parte de ellas, se han llenado desde antes del amanecer de niños y niñas vestidos de adultos. Hemos bromeado en casa desde ayer con la consigna: hay que venir vestido de logro de la Revolución. La maestra rectificó la graciosa propuesta un instante después, pero el disparate ha pegado y lo que más se oye es la pregunta, ¿de qué logro estás vestido, qué logro es el tuyo?

Ni el 28 de enero nos sale serio a los cubanos. Hoy he escuchado decir que un niño vestido de carmelita estaría vestido de chocolatín, o uno de rojo, de picadillo de soya. Todo es posible entre nosotros, da lo mismo si es el natalicio de Martí o una ceremonia luctuosa. Recuerdo mi espanto por las congas que arrollaban los 27 de noviembre, San Lázaro abajo, para recordar a los estudiantes de Medicina fusilados en 1871. Yo decía que era un día triste, pero el entusiasmo siempre ha sido una indicación de la FEU y la UJC.

Son cosas que se aprenden con los años, hay quien ha usado hasta la saciedad los días patrios para hacerse de un expediente de destacado e incondicional, quien ha usado a Martí, a los Cinco, a Elián, a Fidel, a quien sea, para aparentar fidelidad y sobrevivir a la sombra de la mediocridad que se contenta con las apariencias.

La feria de las apariencias es nuestra especialidad. Hay que parecer un patriota, aunque la patria te signifique tres pitos, hay que parecer indignado por unos bustos mancillados, aunque Martí te sea tan extraño como Garibaldi.

No entiendo que le digan martiano a alguien que ha estudiado a Martí. He oído ese disparate en los medios de difusión muchas veces. ¿Martiano por qué? No son los ensayos sobre Martí lo que te hacen martiano, sino actuar como él lo hizo o como lo hubiera hecho.

Así martiano puede ser el albañil, el sastre, la modista, la seño de círculo infantil, el chofer de la guagua y el dirigente de barrio. También puede ser martiano un intelectual puro y recio, que no se vende, ni se compra, ni se arruga por censuras, ni se acobarda por comisiones, ni se apresta a mentir porque está indicado.

Ser martiano es muy difícil, mucho más difícil que ser fidelista, y tan difícil como ser guevariano. Martí se dejó matar a los 42 años, soportó cadenas y suplicio, tuvo que irse de su país, trabajó toda su vida sin descanso, nunca tuvo poder ni comodidades, no conoció lujos ni pudo dictar decretos, y tuvo en sus entrañas la carga bella de ser poeta.

Hay que lavarse la boca para decirse martiano. Hay que preferir la humildad, la pobreza, el arroyo de la sierra, la muerte sin premios. Hay que ser leal, valiente, refinado, estudioso, amante de los pobres, de los compatriotas donde estén en el mundo, odiar el racismo y toda la discriminación, amar la libertad, la democracia, la honestidad y guerrear con firmeza contra la injusticia.

Hoy es 28 de enero. Martí no es culpable de lo que somos como pueblo. No merece ser convertido en una línea de producción, en un lema facilón, en objeto de ataque de los que buscan blancos fáciles. Martí murió en Dos Ríos para ser diferente. Es luz desde mayo de 1895. Tanta que enceguece a los que miran con ojos de buitre, a la espera de provecho.

Para ser martiano hay que ser bueno. Y hay que sufrir con gracia por la patria. Y hay que saber levantarse en armas contra los que oprimen. Martí no es un busto en cada parque. Es una dicha de nuestra nación tenerlo en el recuerdo y es una responsabilidad que no ha sido cubierta con sobriedad en muchos casos.

No se puede ser martiano y ruin, martiano y grosero, martiano y cruel, martiano y exitoso vencedor. Martí fue derrotado, pero ganó para siempre nuestra ara más alta. No lo podemos bajar de ahí ni poner junto a él a los que no se lo merecen.

Lo que se haga por el pueblo de Cuba será la gloria para Martí, la que le falta por alcanzar todavía, por eso cae de por vida de su caballo en el Parque Central de Nueva York y en el Parque 13 de marzo de La Habana.

Allí hay que ir todos los días, a acomodarlo sobre su corcel para que siga combatiendo por nosotros.