Yo nací en 1989, y crecí repitiendo el lema de todas las escuelas cubanas: “Pioneros por el comunismo, seremos como el Che”. Ninguno de nosotros sabía exactamente qué era el comunismo, pero tampoco nos inquietaba demasiado. Era algo que en todo caso estaba socialmente aceptado, aparentemente era deseable y, sobre todas las cosas, era correcto. El Che era un guerrillero argentino que había hecho grandes cosas y además tenía una imagen con la que podíamos simpatizar muy bien. En cuanto a Fidel, vestía de verde, hablaba durante horas en televisión, era alto y ancho, y tenía una barba imponente.Quienes ahora somos adultos afirmábamos entonces que seríamos como el Che. El lema se mantiene y, en adición, a los niños cubanos hoy los están haciendo repetir que son Fidel.Yo creía que el día menos pensado Fidel Castro iba a entrar por la puerta de mi casa. Para almorzar quizás; acaso atendiendo a una invitación de mi padre, veterano del Movimiento 26 de Julio, con que el Comandante había derrotado a Batista en 1959. En mi niñez temprana Fidel era, como mi padre, un hombre. No un hombre más, pero en todo caso un hombre que podría sentarse a la mesa de mi casa, que era decir la casa de cualquiera en Cuba.A medida que fui creciendo, aquella posibilidad ingenua se fue esfumando. Pero al cabo del tiempo, puedo rescatar esa distancia con el mito, aun cuando Fidel Castro cargó en vida el peso de su propia leyenda.

Ahora cierta vocación fidelista termina por contradecir lo que ella, y el propio Fidel Castro, defendieron como fidelismo: el precepto martiano de que toda la gloria del mundo cabía en un grano de maíz, que la gran obra colectiva era lo realmente venerable y lo que se debía salvaguardar por encima de todo. Ahora el relato oficial en Cuba habla de un monólogo: el de Fidel Castro.

A golpe de excesos e hipérboles se ha convertido la épica en un mal chiste; la “trinchera de ideas” en un altar de veneración, donde lo sagrado ya no es un movimiento histórico, ni la construcción masiva de un destino nacional, ni los enormes, indecibles sacrificios de millones de familias cubanas a lo largo de 60 años.

“Si mi vida es el precio de que los americanos dejen Cuba en paz, gustoso la entrego”, dijo Fidel una vez. Hizo alardes de temeridad cuando se abrió la camisa y enseñó el pecho ante la pregunta de si lo protegía un chaleco antibalas. “Es uno moral”, contestó. Se presentaba como prescindible, como un soldado más: “el compañero Fidel”.

Pero cuando cumplió 80 años los medios de prensa cubanos dijeron: “Fidel es un país”. Luego la televisión nacional transmitió un poema musicalizado que decía “Fidel se guarda el sol en el bolsillo y le dice a su pueblo: ‘hasta mañana’”. A lo largo de todo el año de su 90 aniversario, le dedicaron –además de hasta el último premio, plan cumplido o sobrecumplido– la noche del 27 de enero, nada menos que la Marcha de las Antorchas, iniciativa que su generación tuviera 60 años antes para honrar al Apóstol de la independencia cubana: José Martí. El 19 de mayo de 2017, por obra de alguna extraña transitividad, se habló bastante más de las hazañas del Comandante en Jefe que lo que se evocó la tragedia de Dos Ríos, donde murió Martí en 1895. Se ha hablado últimamente sobre sus importantes aportes a la cardiología, y se ha creado un instituto dedicado a hacer avanzar sus proyectos científicos.

La Revolución Cubana se cuenta como la gran creación de una sola mano, como la realización del sueño de una sola cabeza. El resto ha sido escenografía, figurantes, terceras, cuartas, centésimas actuaciones, poco más que tramoya. Los constructores del ídolo lo elevan como protagonista solitario, como ente inefable e incluso de alcance metafísico: “existió más allá de la realidad objetiva”, “capaz de burlar las leyes naturales”. Y así, el “padre de la ciencia moderna”, el que “sintetiza en sí mismo el concepto Cuba y el concepto Revolución”, el que “no cabe en la muerte”, a quien “Cuba ¡y el mundo! le quedaron chiquitos”, quien “debió sobrevivirnos”, “el atleta mayor”. Hay otros halagos algo inquietantes como el de “el novio de todas las niñas”, “el que nos hizo hombres”: Fidel, quien, en fin, “fundó nuestra nación”, momento que los historiadores fijan en 1868 con el inicio de la guerra independentista. Quien no se sume al coro, por cierto, será tratado como apóstata.

El culto que, en vida y sospechando la cercanía de su muerte, habría querido prevenir Castro con la prohibición por ley de erigirle monumentos y bautizar con su nombre parque, plaza o calle alguna, lo han reubicado en el relato y el discurso, marcado siempre por lo mesiánico. No le asignan un edificio, pero le atribuyen la Revolución toda; no habrá un busto suyo, pero se lleva el crédito total por medio siglo de destino nacional. El discurso oficial amasa un ídolo… y lo vacía. Si Fidel es la Revolución, ¿murió la Revolución hace casi dos años? Si fue el obrero de todas las cosas, ¿sacarán de la cuenta cada ladrillo mal puesto?

No es posible hacer un extracto de millones de rostros y sintetizarlos en uno solo; millones de nombres no pueden diluirse en cinco letras. Lo que menos necesita Cuba hoy es una multitud de malos clones de un revolucionario de los 60. La unipersonalidad de estas décadas ha sido trágica para la isla de la Revolución. Y no lo es menos el hecho de que ahora se enarbole una bandera de continuidad, que se abraza al pasado como si se colgara del futuro. El pasado ya no está.

Quienes coincidimos con su era, difícilmente podamos hacer un juicio desapasionado. En el abismo que separa a sus adoradores y sus detractores, caen las evaluaciones justamente mesuradas. De momento, los cubanos asistimos a la destrucción de nuestro relato nacional como fenómeno colectivo; a la declaración sin empacho de la minoría de edad de un país que ha quedado acéfalo, ante la pérdida de un padre que aparentemente lo único que lega es orfandad.

A Fidel Castro le pasa que a un año de su muerte, su hijo se quita la vida. La generación hija de los revolucionarios de las montañas se autodestruye. La muerte, el insilio, el exilio, la emigración: la fuga, desaparecer. En veinte años seremos el país más envejecido de América Latina.

Aunque nada que valga la pena es eterno ni infinito, Fidel construyó un orden que no le podía sobrevivir, porque ese orden era él mismo. Su peor enemigo no fue el imperialismo yanqui: fue su ego.

 

Texto publicado el 13 de agosto originalmente en la Revista Late