En Centro Habana, por Carlos III, dos tipos como de 40 años se entraron a piñazos. La gente los separó y todo quedó tranquilo, pero a los 20 minutos uno de ellos salió por toda la cuadra con un bloque gritando el nombre del otro. La gente se asomó en los balcones porque ya nadie tenía deseos de separar a nadie. Y porque había tremendo aburrimiento y curiosidad. El otro tipo, un flaco, salió de alguno de esos edificios y sacó una tijera, pero el del bloque le corrió para arriba y el flaco se metió detrás de un Geely parqueado allí. Se dieron cuatro gritos, hasta que el bloque reventó el parabrisas y los dos tipos desaparecieron. La alarma del Geely siguió sonando sola.

Como a las 3 p.m. del sábado 21 de diciembre una patrulla de criminalística bloquea la calle Obispo. Está en los adoquines, a una cuadra del Floridita, frente a una tiendecita de útiles del hogar llamada La Distinguida; según dicen, es de las que más venden en La Habana Vieja. Obispo es un bulevar que los autos atraviesan, no transitan. La vía es estrecha y está todo el tiempo llena de gente que pasea los bares. La Distinguida la vaciaron, dicen. Todo el mundo está preguntando cómo. Una cajera cuenta que la orden en estos días es que por la noche no puede haber demasiado dinero en las cajas de los establecimientos que están abiertos 24 horas, para que no haya tanto que llevarse.

Dos oficiales del Minint y un perro salen de la patrulla. Media hora después la tienda está precintada, con un policía apostado afuera.

A Antonio Guzmán le robaron los frijoles. Vive en un pueblo pequeño en Matanzas y lleva toda la vida guataqueando desde que sale el sol. Una mañana se encontró las posturas desguazadas. Las habían arrancado la madrugada anterior. De esos frijoles viven la hija de Antonio, de diez años, y sus padres, que rondan los 80, así que Antonio lleva 15 días haciendo guardia solo por las noches con un machete. Hace una semana vio a los rateros brincando la cerca y les cayó atrás, pero se le perdieron en la oscuridad del monte.

Por el pueblo también hay una banda robando bicicletas de los portales. Dicen que las desarman y las venden pieza por pieza en el pueblo de al lado; que a cada bicicleta china de esas le sacarán, si acaso, 30 dólares.

En Holguín, hace poco, a un hombre le dieron tantos golpes que tuvieron que llevarlo al quirúrgico. El hombre regresaba del trabajo en la madrugada y con el ataque le arrebataron el móvil, la cadena y el reloj.

En diciembre pasado robaron tantas veces en mi edificio que los vecinos estaban pensando poner una reja en cada escalera. Los delincuentes entraban de día y llamaban a cada puerta gritando fumigación. Si alguien no respondía, suponían que no estaba y forzaban la cerradura. En mi puerta dejaron rasponazos como de pata de cabra. Enfrente se llevaron hasta el pollo del refrigerador. La policía examinaba huellas y traía a los perros por lo menos dos veces por semana. Una mujer se puso paranoica y pasó tiempo encerrada en su casa. Su hijo le llevaba comida por las tardes. Ella se cercioraba en la mirilla de que llamaba él antes de abrirle.

Yo llevo todo el mes acurrucado como el hámster de mi niño, tirado en una esquina de mi jaula mirando el techo. Camino en la noria si tengo ánimo. Evito la calle. Los fines de año la calientan mucho y todo el mundo abre fuego contra el mundo; la gente canaliza mal la rabia y se coge odio porque no hay transporte ni fe ni nada y porque no aparece la comida cotidiana, ni la de Nochebuena ni un pedazo de bistec para el 31.

En estos días, cada vez que salgo, me entero de un asalto o de una bronca.

Gracias a Dios que, cada vez que salgo, alguien reza por mí.

 

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