Más de veinte niños corren alrededor de las gradas y lanzan golpes al vacío mientras Lázaro Denys, un chiquillo del barrio habanero de Jesús María, observa quieto en una esquina.

Sentado en el borde del ring quita la mugre de sus uñas con sus propios dientes y mira al resto de sus compañeros con reserva. Su cuerpecito delgado se oculta dentro de una camiseta azul un poco ancha. Sobre sus piernas, también delgadas,  descansan unos guantes de un rojo opaco, y puede que muy toscos si se tiene en cuenta la aparente vulnerabilidad del muchacho. En la muñeca interna de los guantes, con unas letras negras que comienzan a desmoronarse,  se lee el nombre de una marca deportiva.

Los guantes de Lázaro, como los de una parte de sus compañeros, fueron regalados por algún extranjero dadivoso que un día llegó  al gimnasio y los vio entrenando.  Probablemente sabía que Cuba es una potencia en el boxeo amateur a pesar de las carencias. Y debe haber sentido pena por estos niños que, en el mejor de los casos,  pelean con guantes rotos;  pena por tanta escasez. Entonces hizo lo que otros tantos y regresó  a la Isla meses después con algunos instrumentos para regalar. El gimnasio Rafael Trejo subsiste, en alguna medida, gracias  a la caridad de los mismos turistas que se regodean con fotos de casas derruidas en La Habana Vieja.

Foto: Hussain Ismael

Todos los niños quieren pelear contra Maferefú.  Dicen que es el mejor,  que no tiene miedo, que es el más guapo.

Maferefú es un mulato gordo con ojos achinados y poses barrioteras. Por herencia familiar admira a Armando Martínez, oro en  las olimpiadas de Moscú de 1980. De la escuela solo le gustan las matemáticas pero sabe que debe aprobar todas las asignaturas si quiere continuar  entrenando. Ese es el trato con sus padres. Maferefú  tiene 11 años. Como Lázaro Denys,  también es de Jesús María y sus guantes están deshechos.

-Eso no sirve. Tírasela arriba. ¡Colócate Maferefú!- le grita el profesor Alberto a un par de metros de distancia.

-“Este muchacho podría ser bueno. Es una lástima que no sea más espigado”- me grita ahora a mí.

Alberto, acostumbrado a  alzar su voz sobre el bullicio de treinta niños, conversa siempre a plenitud de garganta.

“La última vez que repararon este gimnasio fue en 1997. Casi veinte años ya. Y en veinte años se destruyen muchas cosas y se necesita renovarlas. Es natural. Y material de entrenamiento el INDER da muy poco. Realmente  no alcanza para nada, pero sabemos que el deporte es caro y que este es un país pobre.  La suerte es lo que traen algunos turistas, que hasta han pagado la pintura del local. Pero puedo decirte con orgullo que, a pesar de las necesidades, he colado varios muchachos en el equipo nacional.

-¿A cuáles recuerda más?

Por primera vez Alberto no grita. Se queda en total silencio. Solo me mira. Sé que escuchó la pregunta, pero por algún motivo no responde. Observa  la grabadora y tuerce los labios.

-Bueno… es que no sé si lo puedo decir.

-Usted puede decir lo que desee.

-Johason Martínez, Robert Alfonso y Daniel Matellón ya no están en Cuba pero los quise como a mis hijos. Los formé yo.

“Tengo muchachos de Belén, Guanabacoa, Regla, Cerro, Jesús María…Algunos con situaciones muy  complicadas en sus casas. Aquel delgadito -dice mientras señala a Lázaro Denys que continúa mordisqueando sus uñas en una esquina – vive solo con su papá, quien casi siempre está trabajando. Más de una vez ha llegado con hambre, y así no se  puede pelear. De mi bolsillo voy y le compro una merienda. He tenido que ser madre y padre de algunos.  Te aseguro que aunque los reconocimientos se quedan en el primer nivel, los entrenadores de la base tenemos que trabajar mucho para formar a esos muchachos que luego se llenan de medallas… y los formamos así, como nos ves ahora.

Foto: Hussain Ismael

Ya pasa de las 7 pm y el entrenamiento casi termina. Hoy, como tantos días, hay un grupo de extranjeros mirando desde las gradas. Su fisionomía sugiere que son latinos, aunque hablan en inglés entre ellos.  Uno de los turistas se separa del grupo y va hasta los muchachos. Comienza a boxear con los niños; les regala algunos CUC; se toman fotos. Dice que él  también entrena y que, cuando vio en internet una foto del gimnasio Trejo, no quiso irse de Cuba sin conocerlo.

“Este lugar figura en algunas guías de turismo”, asegura Alberto. “Y hay fotos suyas  en National Geographic” añade el turista. Parece que el Rafael Trejo es un gimnasio de boxeo internacionalmente conocido, se diría que hasta  famoso, a pesar de no tener guantes propios.

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