Pasados 23 años de uno de los crímenes que más impactó a la opinión pública cubana. Algunos promueven la impunidad en busca de objetivos políticos. Quizás sea hora de darle voz a las víctimas…

Por: Harold Cárdenas Lema (haroldcardenaslema@gmail.com)

Orosmán Dueñas se levantó ese día sin saber que sería el último. Es tarde en la madrugada y está amarrado sobre un buró, muy cerca de sus dos compañeros que también están atados. Espera que alguien los encuentre pronto para dar la alarma pero en cambio escucha el peor de los sonidos: la voz de sus captores. Inmovilizado, ve cómo sus amigos son ametrallados a sangre fría hasta que le llega el turno. El joven pierde la vida sobre la mesa donde horas antes esperaba el fin de su guardia. Tiene 20 años y sus asesinos se marchan pensando que se han salido con la suya, están equivocados.

Los siete hombres están dispuestos a todo con tal de irse a los Estados Unidos. Algunos harán lo que sea para mejorar económicamente y otros buscan escapar de la justicia cubana. La noche anterior atravesaron el parque de diversiones en dirección a la base náutica con el objetivo de robar una embarcación y dirigirse a Estados Unidos. Al ver tropas guardafronteras les falta el valor y lo dejan para la noche siguiente.

Hoy será el día en que cumplan sus sueños y para eso cuentan con la distracción perfecta.

Luis Miguel Almeida trabajó en la base náutica hasta hace poco, conoce a los guardias y vigilantes nocturnos que antes compartían chistes y tragos con él. Fue expulsado hace unas semanas bajo la sospecha de haber amenazado y violado a varias mujeres, ahora está bajo investigación. Consciente de lo que ha hecho, su mejor salida es escapar de la justicia cubana al lugar donde ésta no podrá alcanzarlo: Estados Unidos. Almeida llega entonces a la garita y entretiene a los que fueron sus compañeros semanas antes para dar tiempo a que los otro seis hombres los inmovilicen.

Todo va saliendo según el plan. La distracción ha funcionado, golpean al soldado, el policía y el guardia de seguridad son desarmados y amarrados. Ya pueden dirigirse a los botes pero les espera una sorpresa. Los motores y las baterías de los navíos carecen de algunas piezas claves que han sido retiradas por los guardafronteras previendo situaciones como esta. Además del puente de hierro que impide la salida al mar. La frustración se agita como una tormenta de testosterona en el grupo que regresa sobre sus pasos sin ver cumplido su sueño.

Los cautivos pagarán las consecuencias

Yuri Gómez es el más joven. Tiene 19 años y ya es sargento de tercera en la policía, espera amarrado con una soga en el extremo derecho de la garita. Muy cerca está Rafael Guevara, también está atado y con su credencial de custodio nocturno a su lado. Orosmán Dueñas está maniatado encima del buró y ve regresar al grupo. Como la única manera que tienen los criminales de salir impunes es no dejar testigos, comienzan a ametrallarlos. Orosmán sabe el destino que le espera y no piensa dejar este mundo como un cobarde. Mira a sus asesinos a los ojos y les grita: “¡Hijos de puta, me están matando!”, hasta que las balas lo silencian.

Cerca de ahí estaba el sargento de primera Rolando Pérez Quintosa que corre a prestar ayuda. Lo sorprenden y es alcanzado por cuatro balas que lo dejan abatido. Cuando llegan las autoridades y las ambulancias al lugar, el piso de la garita está rojo en sangre. Rolando se aferra a la vida y antes de perder el conocimiento susurra: “en ese grupo iba el violador”. Ese mismo día la imagen de Luis Miguel Almeida estará en todos los televisores del país y Cuba entera se les echa encima a buscarlos.

En menos de 48 horas los asesinos están en manos de la justicia.

Pablo Jesús Dueñas estaba debajo de un tractor reparando un inyector de petróleo en la Empresa Juraguá cuando alguien le gritó: “Pablo, llégate acá un momento”. Se desplomó cuando le dijeron que su hijo había sido asesinado mientras hacía la guardia de rutina, en su desespero atinó a llegar a casa y contarle a su mujer que su niño había tenido un accidente. No sabía cómo decirle la verdad.

La noche de los hechos Quintosa fue conducido al hospital, el destino todavía le depara una tragedia. Más de un mes estuvo luchando por su vida contra la hemorragia e infección que provocan los impactos de bala en su tórax. Todos los días su salud es noticia que mantiene en vilo a once millones de cubanos. Para controlar la infección se necesita una vacuna antiendotoxina que solo se produce en Estados Unidos y este gobierno, amparado en el bloqueo a Cuba, se niega a venderla. El medicamento llega finalmente gracias a manos amigas pero ya es tarde.

El 17 de febrero de 1992 muere en una camilla de hospital Rolando Pérez Quintosa, único sobreviviente de la masacre de Tarará.

Es junio de 2015 y el autodenominado disidente Elizardo Sánchez envía una carta al Cardenal Jaime Ortega pidiendo libertad para los presos políticos del país. Ahí menciona a Elías Pérez como alguien “preso por tratar de salir ilegalmente de Cuba”. El nombre de Elías todavía resuena en las tumbas de la masacre de Tarará porque es uno de los cómplices. Elizardo lo defiende y utiliza con fines políticos pero olvida a los muertos de esa noche. Lo que es más peligroso, su listado de presos políticos está plagado de criminales comunes que buscan en la política un refugio que les permita la amnistía, pero ninguno de ellos está detenido por sus ideas sino por sus actos.

Esta caricatura de oposición que defiende a los asesinos y convierte a estos en presos políticos es vergonzosa.

Ha pasado el tiempo pero todavía Pablo Jesús mantiene vivo el recuerdo de su hijo que ahora tendría 41 años. Orosmán murió en una mesa del campamento para niños de Tarará, seis días después de terminar su Servicio Militar, estaba ahí esa noche voluntariamente hasta que encontraran un reemplazo. En la entrada de la casa de sus padres hay un búcaro con flores bajo un cuadro con su foto que hoy recibe a los visitantes. Que vaya Elizardo Sánchez a explicarle por qué quiere amnistiar al asesino de su hijo y quizás un padre doliente le explique lo que significa la palabra justicia.