Eloy Viera Cañive fue en su niñez y adolescencia líder estudiantil socialista y de grupos juveniles cristianos, en un país que comenzaba a digerir la convivencia entre la doctrina materialista y la fe religiosa. Hoy es un joven que dejó de creer en las estructuras partidistas pero no se volvió apolítico: ahora defiende su derecho a participar desde la proyección social de la religión.

Sus padres le nombraron “Dios mío” en hebreo, más como continuidad de una tradición familiar que como expresión de la fe católica por ellos asumida a finales de la década de 1980. Eloy fue creciendo en una época de derrumbes y aperturas y por eso ha vivido sin demasiado traumatismo la creencia en una elección filosófica inculcada, y después asumida como propia.

No obstante, aún recuerda que debió asistir a un templo con las ventanas cubiertas con trozos de cartón, porque si ponían cristales los apedreaban, o rezar el devocionario con tan solo los primeros tres bancos ocupados por feligreses, hasta que la crisis de los 90 los volvió a llenar.

A su parroquia iba con el mismo entusiasmo que durante la semana ponía a las actividades de la Organización de Pioneros en la escuela del barrio, allí donde arengaba por campañas patrióticas y donativos voluntarios a las Milicias de Tropas Territoriales.

“Yo fui lo que se llamaría un pionerito vanguardia de siempre”, dice al repasar toda su “carrera” como Jefe de Colectivo, desde Cuarto hasta Noveno grados, delegado a congresos pioneriles, militante de la Unión de Jóvenes Comunistas a los 14 años y presidente de la Federación Estudiantil de la Enseñanza Media en el preuniversitario.

De repetir consignas pasó a asumir responsabilidades porque creía que ayudaban a transformar el contexto, hasta que en la universidad tomó distancia de la afiliación. “Pero no me volví un sujeto apolítico, ni me desligué de lo que estaba pasando, sino que me desligué de aquello que consideré destinado a perpetuar el ambiente que yo quería cambiar”.

Mientras tanto había crecido como líder juvenil católico en la comunidad de Pueblo Griffo y la diócesis de Cienfuegos-Trinidad (220 km al sureste de La Habana) “Todo el mundo sabía lo que yo era, pero de eso no se conversaba. Aunque tampoco obstaculizaba mi participación en las tramas políticas para estudiantes. Fueron muchos años de una tolerancia surgida por una indicación”, recuerda.

Inspirado por tres monjas dominicas destacadas en su templo, Viera hizo suyo un mandato del papa Juan Pablo II a la juventud cubana: vuélvanse protagonistas de su tiempo. Con cerca de una veintena de amigos montó un grupo de voluntarios para atender a las personas más pobres de su reparto.

“Creamos unas pequeñas ferias para vender artículos donados -evoca- y el producto de esa venta se utilizaba en la ayuda a las personas más necesitadas del barrio. La pobreza material en Cuba es generalizada, pero la miseria no. Nosotros queríamos encontrar esa miseria, y la encontramos.”

Esa vocación de servir no siempre fue bien interpretada por representantes de un Estado que de tan paternalista ha asumido toda la atención social sin contar con los recursos suficientes. “Recuerdo que pedimos permiso para trabajar 15 días en el Hogar de Ancianos, en lo que hiciéramos falta…e hicimos falta en todo porque las condiciones higiénicas, de alimentación y de atención eran pésimas. Al próximo año cuando intentamos conseguir los permisos para volverlo a hacer, los negaron. No es bien visto que alguien ajeno al Estado de una atención paternal a quienes la necesitan, porque parece una denuncia de lo que el Estado no ha hecho”.

Entre sus amigos a algunos extrañó que Eloy escogiera la Abogacía como profesión. Pero para él era una manera de continuar el servicio, aunque el trabajo y las creencias le ocasionen fuertes conflictos. “Para recibir un salario digno en el bufete estatal donde laboro tengo que sobrecargarme de casos, y a mi me pasa además que lo que otros rechazan, a mi cuesta rechazar. Sobrecarga por elección y sobrecarga por caridad. También tuve la disquisición teológica de explicarme cómo defender a personas que mienten y yo lo sé. Pero un sacerdote me ayudó a comprender que estoy defendiendo la verdad de otros, no la mía.

A veces también lo que otros rechazan lo debe aceptar por cuestiones morales, de justicia elemental. En la pequeña ciudad donde vive al joven abogado lo reconocen por haber llevado ante tribunales al Cuerpo de Guardabosques, del Ministerio del Interior.

El órgano punitivo incautó todas las sillas, mesas y hasta las puertas de la casa de una persona, acusada de adquirirlas ilegalmente. Pero se trataba de una “purga”, una vendetta con matices políticos que Viera consiguió desmontar con una sentencia a su favor. Ahora, además, se embarcó en otra demanda contra un alto dirigente local que impide por capricho la expansión de varios negocios privados.

“Competir contra un funcionario del ‘establishment’ es complejo, nadie lo quiere hacer, pero a mi me toca porque es mi función social. Alguien tiene que hacerlo y mientras yo esté aquí, ese alguien seré yo”.

Casado por la iglesia y con un pequeño hijo (Saulo, como el rey bíblico) Eloy espera la llegada del papa Francisco, a quien quisiera ver en la misa prevista para la oriental ciudad de Holguín. Allá es prelado Emilio Aranguren, antes obispo de Cienfuegos e inspirador espiritual del joven abogado.

“A Francisco me gustaría verlo por la manera en que ha intentado reformar dócilmente una organización que necesita reformas. Es momento de debatir teológicamente la homosexualidad, el uso de los anticonceptivos y otros temas donde existe una posición radical. Lo mejor que tiene Francisco es lo cercano que ha sido y su defensa a ultranza de la esencia de la fe católica, que es la cercanía con el que lo necesita y el diálogo por encima de la confrontación”.

En la búsqueda de esa esencia también asegura hallarse este laico cubano, imbuido en la contemplación que propone su fe, pero dispuesto a la acción. Creer en lo trascendental no significa dejar de tener los pies en la tierra.