Pareciera un ejercicio fatuo de conciencia o una suerte de obligación espiritual. Sentados sobre el suelo, iluminados únicamente por pequeñísimas velas rojas, cuatro jóvenes -cristianos, pinareños…cubanos- oran. Mano con mano los cuatro, como quien comulga con el alma…

Toman dos biblias, leen y oran; oran y leen, indistintamente. Así durante cuatro horas de la quinta noche sin Fidel… Cuatro horas voluntarias de fe y espíritu por el alma del hermano fallecido. “Fidel Castro ha muerto”, repiten los medios una y otra vez  desde hace días como campanadas fúnebres: hablan de su legado, de su vida en la Sierra, del Moncada y la Revolución… Hablan, repiten; pero estos cuatro jóvenes no creen en consignas, por eso oran, sentados en el suelo, sin la menor solemnidad, sin pose.

“Han sobrado en la televisión personas que hablen del guerrillero, luego Comandante en Jefe. Han puesto más de un documental sobre su vida de héroe, de sus mil proezas. De lo épico del hombre, pero nunca del hombre. No han transmitido o al menos yo no lo he visto”- aclara y sentencia uno de los muchachos con evidente asombro- “ni a la viuda, ni a sus hijos o nietos hablando de la pérdida familiar”.

No creen en fusiles. Omiten las glorias de la beligerancia. No buscan al estratega, prefieren al humano.

“No estamos aquí por convicción o cumpliendo una normativa estatal. Estamos de fe y en fe. Por el Fidel que pedimos no es por el que hablan en la prensa nacional, sino por el amigo, por la persona… por su alma”.

Así habla una de las muchachas, y continúa:

“Nací oyendo a mi abuela -también cristiana- hablarme de su gratitud por Fidel, por cumplir su sueño de una casa propia. Mi abuela me hablaba del ser humano que le dio un techo y en la escuela me pretendían inspirar con el hombre de la Sierra. Preferí nunca verlo así aunque en las pruebas de Historia exaltara su violencia. Yo no soy una mujer violenta, soy amante de Dios y creo en la comunión del alma”.

Hablan de la muerte de manera natural, no lloran. Hablan de Fidel como cercano, como se habla de un familiar querido.

“Te pedimos Señor por nuestro hermano…te pedimos, Señor, velar por su sueño eterno…te pedimos señor (…)” susurran tan bajo que casi sus voces logran mezclarse con el humo de las velas que ya se apagan luego de dos horas de oración ininterrumpidas…

Hay mil formas de honrar a un líder. Incluso hasta en el discreto eco de un amén

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