Malena sabía que hacerse cargo de una casa no era “coser y cantar”. En Cuba el salario sencillamente no alcanza y se hace magia para que la economía doméstica llegue a fin de mes. Ella no era quien proveía toda la comida de la familia, pero le toca, como a su madre, el resto del trabajo. Malena es también un “ama de casa”.

En realidad, el trabajo hogareño muchas veces es casi una forma de esclavitud. Lo supo el día que su madre enfermó de dengue. Luego de una semana ingresada bajo observación en un hospital del municipio Cerro, la doctora dijo: “Reposo absoluto”. Horas después había comprendido que eso de ser ama, como decir dueña y señora, era un chiste de mal gusto.

Dueña y señora fue a partir de ese día, pero del fregadero repleto de platos sucios, del bulto de ropa esperando ser lavada (y recogida y ordenada en su lugar), con la facultad, al parecer exclusiva, de tener la comida lista tres veces por día en los horarios adecuados.

“Tienes que ayudar a tu mamá”, le dice una vecina frente a su papá, que está sentado en el portal, fumando tranquilamente mientras escucha la radio. De las bocinas sale una canción de Havana D’Primera (“sobreviviendo a la crisis, sobreviviendo al golpe”) y Malena, con ese nombre de tango, intenta recordar la última vez que salió a bailar salsa con sus amigas. El olor a quemado que llega desde la cocina la interrumpe. Callada, da la espalda a la vecina y entra a corregir el desastre sin que alguien más se inmute.

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Luego, ya frente al televisor, su padre no entiende por qué están comiendo huevos fritos, “si yo traje carne ayer”. Ella le muestra el filete achicharrado. Para rematar, él se queja de que ya no tiene ropa limpia que ponerse y le indica que necesita quitar las manchas de grasa de motor en sus pantalones, pues la moto está rota otra vez. Malena sí había escuchado eso de “el que paga, manda”, pero en su casa lo estaba asimilando de la peor manera.

El día que dejó los cacharros sucios luego de cocinar y se fue a su cuarto a dormir, soñó que cientos de ratones y cucarachas hacían fiesta con los desperdicios. A las dos de la mañana se puso a fregar… de paso adelantaba algo de la próxima jornada. “¡Pero qué muchacha tan limpia y ordenada!”, se burlaba un amigo al que le contó de aquel nuevo episodio. Malena comenzaba a pensar que se volvía loca.

Estaba cansada. Una tarde se quedó dormida frente a la computadora en su oficina y su jefa la despertó para que fuera a descansar. En el camino a casa, Malena se sentó en un parque, se puso los audífonos y cerró los ojos. No sabe cuánto tiempo estuvo así. Pero cuando se disponía a irse, ya el sol se había escondido.

Todos comieron más tarde esa noche. Aunque no se atrevería a decirlo en voz alta, deseaba que su mamá se recuperara pronto para regresar a los días en los que podía desentenderse de ir tras su padre recogiendo el reguero que este dejaba a su paso. Ella no lo enfrentaba para que su mamá no se disgustara, pero cada vez se le hacía más difícil convivir con una persona tan demandante e impositiva. Solo tenía que sentarse unos minutos para que él le recordara todo lo que faltaba por hacer.

“Tienes que arreglarte esas manos, que están en candela”, le dijo su papá cuando ella le llevó el café al portal. “Claro que están en candela, sucias, despellejadas, porque el detergente me hace alergia, y cada vez que te tomas un vaso de agua soy yo quien lo friega. Y me dejo los puños en los bajos de tus pantalones grasientos, solo porque no tienes el mínimo cuidado. Y el cloro también me quema los dedos, porque hay que limpiar el baño cada vez que pasas por ahí: no afinas la puntería para orinar, ni rocías el lavamanos, que se seca con el agua sucia de cada enjuague. Y no te importa que yo haya terminado de limpiar el piso, entras con los zapatos enfangados hasta el final de la casa porque nunca en tu vida has exprimido una frazada de piso…” Todo eso pensó Malena, pero no dijo nada.

Agarró su bolso y se fue. Nadie se iba a morir sin ella, de eso estaba segura. Su padre se quedó en el portal, paralizado. Mientras, en la radio, daban las noticias: “El trabajo doméstico es una doble jornada laboral no reconocida, afirman especialistas. Más de más de un millón 698.000 de mujeres cubanas son amas de casa, según el último Censo de Población y Viviendas y representan el 92 % de las personas dedicadas a los quehaceres del hogar en el país…”.