Existe un mundo de élite desconocido para la mayoría de los cubanos. Donde el tener vale más que el ser y la membresía no es para todos. El mundo VIP de la farándula.

Tengo muchas cosas que agradecer. No heredar ningún apellido ilustre, haber tenido un solo pantalón en la universidad y nacer en el centro del país. Eso ayuda a no perder la perspectiva, a no creer que Cuba es el Vedado, a no olvidar el barrio en el que aprendiste a correr descalzo. Porque La Habana puede ser un espejismo peligroso. Existe un mundo elitista focalizado en algunos barrios, fuera de la vista del resto del pueblo, donde el dinero no es problema, donde la vida es fácil y los problemas cotidianos no existen. Una parte de Cuba que es desconocida para muchos y contrasta con los sacrificios que hace el resto.

Hace unas noches me invitaron a un bar de esos donde se reúnen los nuevos ricos a repartirse el mundo. Donde los jóvenes solo toman cerveza importada y fuman cigarrillos importados. Donde los temas de conversación son por lo general frívolos, banales y ajenos a la cotidianidad. Un mundo oculto donde la mayoría se conoce entre sí y tienen conciencia de clase. Se sienten parte de algo selecto, un grupo especial de jóvenes con autos modernos para salir en las noches y ropa que avergonzaría a cualquiera de nosotros.

Muchos de ellos son hijos de figuras públicas en el país, acostumbrados a las luces de neón y necesitados de reconocimiento entre sus amigos. Otros pertenecen a esa clase de nuevos ricos, para los cuales ser emprendedor es pasarle por encima al resto. ¨El vivo vive del bobo¨, decía uno burlándose del nuevo en el grupo que mandaban siempre a buscar las cervezas. Otros son hijos de grandes dirigentes, para los cuales el apellido no es orgullo sino herramienta para convencer a empresarios extranjeros de su influencia sobre decisiones económicas y políticas. Es muy fácil reconocerlos.

La discreción no es el fuerte de quienes necesitan exhibirse y buscan minions que los sigan.

Llegué allí para saludar a unos estudiantes estadounidenses que conocían de mi blog y querían conversar sobre Cuba. Personas simpáticas y cerveza siempre hacen una combinación exitosa pero nunca pude sentirme cómodo en ese ambiente. Los muchachos la pasaron bien y pudimos hablar un poco entre gritos pero es muy difícil entender la Isla en un pedazo de ella tan atípico. Imposible tomarle el pulso a nuestra sociedad si los visitantes son abducidos a ese mundo falso. Ninguno de los extranjeros que se bajan de los ferrys y caminan por La Habana Vieja pueden llevarse una idea mínima de nuestra realidad, porque el cubano promedio a esas horas están trabajando o en sus casas, los que le salen al paso en la calle Obispo son los ¨luchadores¨, una nueva especie que no es representativa de nuestras virtudes sino de muchos de nuestros defectos. Pero ese ya es otro tema.

En la farándula te encuentras artistas, empresarios y gente de la televisión. Es difícil ver allí algún político pero sus hijos quizás no falten. Entre todos ellos hay personas decentes y mesuradas, así como muchos otros con todos los defectos que la conciencia de clase elitista puede provocar. Como esto es un fenómeno mayormente nocturno y ubicado en barrios a los que se llega en auto, no está al alcance de todos. Claro que no es asequible a cualquiera un lugar donde la cerveza nacional cuesta el 150% más que en la tienda.

El otro día un amigo conocido públicamente por sus posturas políticas, fue emboscado en un bar por una muchacha que lo provocó mientras filmaba con su teléfono, buscando quizás una reacción que le ganara fama o dinero. No recibió lo que esperaba y se fue insatisfecha después de haber invadido el espacio personal y familiar de mi amigo. No es casual que eso haya ocurrido en un lugar frecuentado por los pepillos de La Habana, la banalidad por lo general viene acompañada de una ideología barata.

La farándula no es lo mío. Ese mundo donde la imagen y el tener posesiones materiales define más a la gente que sus conocimientos o valores personales, no me funciona. Si dan a escoger entre el ser y el tener, el primero siempre será mi favorito. Y si eso me hace un cheo y me destierra del mundo farandulero, será una medalla en el pecho.