Ansdury Lorenzo Montero habla fluidamente inglés y francés, dirige una escuela de idiomas, el grupo de heavy metal Hamage. Una vez cada doce meses guarda las tizas, las guitarras eléctricas y bombardea sin piedad el cielo de su pueblo. El joven de 33 años se viste de artillero, el personaje más radical de las Parrandas de Remedios.

Ansdury Lorenzo Montero. Foto: Nelson G. Breijo

La fiesta popular surgió en 1820 y divide el pueblo del centro de Cuba en dos barrios antagónicos. El Carmen, simbolizado por un gavilán y un globo aerostático, se enfrenta al San Salvador, cuyo emblema es un gallo.

Los barrios compiten entre ellos para hacer la carroza más fastuosa, o el más grande trabajo de plaza, esas gigantescas estructuras de madera, metal y bombillos de colores. Sin embargo, el alma de la fiesta son los fuegos artificiales. Puede faltar comida, alcohol o recursos para la decoración de carrozas y trabajos de plaza, pero siempre se destina un generoso presupuesto a la artillería, reunido entre lo aportado por el gobierno local y la gestión de los líderes de los barrios.

El mortero es el arma pesada de la batalla, un cilindro de hierro o de cartón y plástico donde se coloca la bomba con una larga mecha que sale por la boca. Ansdury dispara uno de estos artefactos.

Se celebran cada 24 de diciembre y en las gavetas de la UNESCO hay un expediente de las autoridades de la isla pidiendo que la inscriban en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Sin embargo, la anterior edición debía celebrarse en diciembre de 2016 y fue trasladada a enero de 2017 —a pesar de la inconformidad de los ciudadanos— presumiblemente para no terminar el año de la muerte de Fidel Castro con juergas y fanfarrias. Recientemente el pueblo volvió a inquietarse por el destino de su tradición, tanto que las autoridades negaron explícitamente que debido al desastre provocado por el huracán Irma fueran a suspenderse.

Por eso este 2017 Ansdury se prepara para vivir el insólito suceso de combatir en las filas de El Carmen, contra el San Salvador, dos veces en un mismo año. Durante la noche infernal de la parranda, en la cual no han faltado agresiones entre los partidarios más fanáticos, él disparará morteros en el reducido espacio donde las autoridades permiten organizar el fuego.

“Lo que más ha afectado a la parranda es el control del gobierno de Remedios. Desde que se hizo cargo de ella ha habido un deterioro muy grande de la tradición, han querido dominar este fenómeno cultural, que pertenece a una dimensión distinta a la política, es de la cultura popular”, dice.

Desde 1883 se utiliza la pirotecnia, pero la Parranda actual se ha convertido en una fiesta del fuego, una avalancha de pólvora y euforia de los más fanáticos. Según los investigadores Erick González y Juan C. Hernández, el exceso de pirotecnia violenta la tradición de disfrutar el encendido de los trabajos de plaza lumínicos, la observación del paseo de las carrozas, así como de la belleza de los fuegos artificiales más elaborados, conocidos como juegos de luces.

Las Parrandas se han convertido en una fiesta del fuego, a veces en detrimento de los otros elementos de la festividad. Foto: Raúl Medina Orama.

La línea de morteros se extiende por un tramo cercado de la calle que no supera los 50 metros. Decenas de estos artefactos se ubican a pocos centímetros unos de otros.

Cerca, detrás de la Iglesia Mayor, ubican una caseta llena con los explosivos que mantienen un flujo continuo de pólvora y azufre. Si la marea se interrumpe y se notan “huecos” en el espectáculo pirotécnico, si solo se ve un mortero o un volador aislado en el cielo y no el bombardeo cerrado que se espera, los del barrio contrario los acusarán de “estar mamando”. Ni Ansdury, ni sus compañeros, quieren mamar con el fuego, por eso el lugar para guardar los morteros está cerca de la línea roja, bajo riesgo de reventar.

Hay un amor suicida e infantil por su barrio entre los artilleros de Remedios, un entusiasmo por mostrar sus fuerzas frente al otro, aunque se jueguen la vida.

Ansdury usará esta vez unas orejeras y un casco de constructor y, si tiene suerte, con ellas impedirá otro accidente como el que le dejó dificultades auditivas en el oído medio derecho: un mortero de 120 milímetros no se elevó lo suficiente y le detonó a la altura del rostro. Tampoco olvida cuando otra bomba estalló dentro del tubo y le fracturó un hueso de la mano izquierda.

“Demoré en recuperarme un mes y para la otra parranda ya estaba tirando otra vez”, recuerda con la mano apoyada en la hebilla del cinto, una pieza de metal que reproduce el símbolo hippie de la paz. Comenzó siendo un adolescente, y no tiene intenciones de retirarse. Le gustan las emociones fuertes, y a los demás habitantes de la villa también.

Parrandas de Remedios. Foto: Raúl Medina Orama.

Ninguno de los bombarderos empíricos de El Carmen se plantea abandonar la Parranda. En el San Salvador no sucede distinto. Ambos grupos se afanan por reunir voladores por decenas de miles.

Mientras es concebible que un diseñador y decorador de carrozas, un electricista o un carpintero trabajen para una u otra facción indistintamente (cobrando entre dos mil y nueve mil pesos, según su función y jerarquía) el artillero se consagra a su emblema para siempre, gratis.

—Somos la parte radical de la fiesta— confirma Ansdury.

“En nosotros prima lo cultural, y en los otros elementos lo económico. No cobramos nada y nos jugamos la vida. Pura pasión. No entiendo por qué ahora hay que pagar a algunas personas por trabajar en ella. Esto empezó siendo un movimiento espontáneo y popular, pero hoy existen “parranderos” a quienes, si no les pagan, no trabajan”.

También hay quien ofrece hasta 10 CUC por llevarse una bomba de mortero a casa y Ansdury sabe que la mayoría de sus compañeros están dispuestos a vender. Pero lo importante es que el apetito de los pobladores por las llamas no pare de crecer y contagie a turistas nacionales y extranjeros.

Ansdury hará 500 cuclillas, una por cada mortero que tiene que preparar y disparar agachado, luego pasará un par de días con los pies acalambrados, auxiliándose de su esposa para caminar; pero lo suyo con el fuego no tiene cura.