«La gente hablando se entiende». Eso dicen las abuelas en los balcones, frente al televisor, aconsejándoles a sus nietos calma, comprensión y tolerancia ante lo distinto.

Los jovencitos y jovencitas no están para pastelitos, igual que el horno, que no ve pasar un pastelito hace un año.

Las nuevas generaciones no fueron entrenadas para el diálogo, pero lo exigen porque sienten que algo hay ahí, escondido, en la deliberación, que puede hacer mover el rígido cuerpo cuadrado de la burocracia.

«Vamo a mover el bote», parece cantar la juventud, como los lémures jodedores de Madagascar, porque se puede ser joven, feliz, optimista, y querer todavía lo mejor para Cuba, para los cubanos y cubanas, para ese poema desentrañable que es la patria.

Hay gente que no quiere saber de diálogo, que no quiere transmisiones en vivo por Internet de muchachos pendencieros que exigen libertad de expresión, gente que aplaude cuando en el noticiero estelar de televisión algunos periodistas hacen leña del artista e intelectual caído y los demuelen con verdades a medias, con mentiras enteras y manipulaciones hechas a la medida.

Hay otros que no se tragan una píldora más de desinformación y propaganda y apagan el televisor a las 8 p. m. o se pasan a los documentales sobre Roma antigua de Multivisión, porque no hay nada más sano que ver cómo las personas de hace más de dos mil años tenían más o menos los mismos problemas que nosotros.

Otros televidentes son más evasivos y se mudaron hace tiempo a la televisión por cable, para degustar a conciencia programas musicales y humorísticos en los que aparecen de vez en cuando presentadores y actores que antes se podían ver en programas nacionales, más serios, más hoscos, más tímidos, más aburridos.

Hemos pasado demasiados años huyendo. Los problemas se resuelven dándoles rodeos, evadiendo responsabilidades, dando la espalda y no la cara, por eso pedir diálogo es un ejercicio que exige un esfuerzo para todas las partes. Los que lo pedimos no sabemos cómo nos irá. Los que deben sentarse a hablar con los pedigüeños prefieren no hablar de nada más que del próximo consejo de dirección.

Los cubanos nos pasamos la vida a la espera de que nos abra la puerta la persona a quien vamos a pedir un favor, para gritarle en el rostro ¡métete el gato donde mejor te quepa!, como narra el cuento humorístico que todo el mundo conoce. Este cuento de relajo, cubano, explica mucho de nuestra actitud ante los problemas, de nuestra costumbre de inmovilizarnos por los prejuicios y de resolver los dilemas de la existencia, la convivencia, la negociación, con insultos, censuras, violencia, por el simple hecho de que es más fácil alejar al posible contrincante que convencerlo o respetarlo en sus diferencias.

Nuestra incapacidad de diálogo descubre nuestras carencias argumentativas y nuestras debilidades cívicas. No estamos educados en el debate. No se practica en las escuelas, en la enseñanza primaria, el arte de demostrar con la palabra, de contrarrestar ideas, de replicar, de captar la atención de auditorios, de personas a las que queremos sumar en una empresa o en un combate.

El diálogo no es parte de nuestra idiosincrasia. No se pinta el cuadro de lo cubano con rasgos de pueblo dialogante. Parlanchines sí tenemos, embusteros, infladores, faroleros, exageradores de esquinas, sabelotodos, gritones de dominó. Pero no somos muy dados a la calma del diálogo ni a la mesura de la conversación sobre temas intensos.

Sin embargo, todo se aprende. La cultura general del pueblo cubano puede canalizarse hacia esa energía, pero debe enseñarse, como una vez aprendimos técnicas narrativas en Universidad para Todos y recibimos clases de idioma italiano en el Canal Educativo y nos hicimos especialistas en ciclones tropicales después de cientos de horas de clases sobre esta materia.

La cultura de paz, la mediación en conflictos, el respeto al otro y a la otra, la comprensión de la diversidad de la cultura humana, la consideración a las diferentes historias de vida de las personas, son necesarios para ingresar en una época distinta de nuestra historia.

No se trata de emular a los suizos ni a los escandinavos ni a los parlamentos de nobles con pelucas, pero sí de aprender de la inteligencia, calma y tolerancia de los que llevan mucho tiempo discutiendo temas decisivos de sus naciones, mientras nuestros legisladores y políticos no ejercitan ni por juego el arte de la discrepancia.

El derecho a dialogar no lo tienen solo los especialistas de los temas. Todos tenemos derecho a hablar, a decir lo que pensamos, a conocer nuestros errores, a descubrir nuestros aciertos, a escuchar los razonamientos de los que piensan diferente y a tomar nuestra decisión sobre dónde y cómo ubicarnos en la política.

Tal vez ese sea el principal enemigo del diálogo en Cuba. Es posible que el diálogo desemboque en una toma de decisión distinta a la esperada por el poder imperante. Es posible que el diálogo nos informe que debemos escuchar también otras voces. Tal vez los enemigos del diálogo no quieran perder el monopolio del escenario, de los altoparlantes, de las vitrinas, pero es preferible dialogar que pretender firmeza parados sobre arenas movedizas.

 

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***Este texto fue publicado originalmente en la edición de enero de la revista xel2. Puedes consultar el número