La visita del presidente Miguel Díaz-Canel a Rusia es de la mayor relevancia para la política exterior cubana actual. En apenas un año se produce el segundo encuentro entre el presidente de Cuba y su homólogo ruso Vladimir Putin. Tal nivel de intensidad en los vínculos bilaterales no se registraba desde la época de las relaciones especiales de Cuba con la Unión Soviética.

Fue con la visita presidencial de Dimitri Medvedev en 2008, durante el periodo de enroque con Putin como primer ministro, que la relación ruso-cubana encontró el cauce ascendente que la ha caracterizado hasta hoy. Sin demeritar la importancia para la relación de la figura central de Putin, quien tuvo una segunda visita exitosa a Cuba en 2014, cuando se resolvió el tema de la deuda cubana y se puso la relación bilateral sobre nuevos rieles, no es ocioso recordar el adverso precedente de su primera visita en 2000 a raíz de la que se cerró la base Lourdes.

Entonces, Fidel Castro declaró la necesidad de reparar los puentes entre Moscú y La Habana, tomando en cuenta las nuevas realidades en los dos países y el mundo. Como expresión de la conciencia cubana sobre el nuevo balance mundial de poder, el entonces Presidente cubano declaró enfáticamente que no era interés cubano terminar de construir la central electronuclear de Juraguá. Nada indica que esa postura se vaya a revisar.

La nueva relación rusa con Cuba no es ideológica, se basa en un importante consenso geopolítico.

La paciencia diplomática cubana en no abandonar los contactos establecidos en Rusia a pesar de las decepciones con la administración Yeltsin empezó a rendir frutos al cambiar a mediados de los noventa, las dinámicas internas. Para 1996, en el segundo periodo de Yeltsin, un reavivamiento nacionalista y escéptico sobre la cooperación con EE.UU se reflejó en una nueva Duma con importantes simpatías por reanudar las relaciones con la Habana.

Una bandera de la Unión Soviética cuelga de la fachada del Paladar Nazdarovie, un restaurante de temática soviética cerrado momentáneamente por obras, en La Habana. Foto: Ismael Francisco/AP.

Hoy son políticas de consenso entre las élites rusas, que incluyen no solo el partido Rusia Unida sino también a la mayoría de sus más cercanos contendientes en la Duma, el Partido Comunista ruso, entre ellos. La postura a favor de mejores relaciones con La Habana incluye a los líderes de las dos cámaras parlamentarias Viacheslav Volodin y Valentina Matviyenko, de frecuente encuentro con las autoridades cubanas, las diferentes ramas del poder estatal, incluyendo el estamento militar y hasta el patriarca Kiril de la Iglesia Ortodoxa que se encontró con el Papa Francisco en el aeropuerto de Rancho Boyeros.

Más que buscar capacidades ofensivas, la proyección rusa en Cuba se entiende mejor desde la geopolítica defensiva con la que Putin evaluó la decadencia de su status de gran potencia y la expansión de la OTAN hacia el este en los 90’s, durante la llamada luna de miel con EE.UU. bajo el presidente Yeltsin.

Tanto el Kremlin como los líderes cubanos son conscientes de líneas rojas que no tiene sentido cruzar en la relación con Washington, pero también de la conveniencia geopolítica para ambos de construir una cooperación estratégica. En este sentido, la mayor ventaja para ambos es preservar y hacer sostenible una cooperación económica y política entre los dos países en las que Cuba siga siendo la puerta y el precedente histórico para una relación especial entre América Latina y Rusia. Para eso es imprescindible que el régimen político cubano sobreviva.

A diferencia de los años 90’s cuando en la política interna rusa se apostaba a EE.UU. como el gran aliado en la transición económica a la economía de mercado, hoy China aparece como el socio preferente en el balance de los grandes poderes. En el contexto cubano, las inversiones y cooperación rusa en piezas de repuesto, armamento militar, modernización ferroviaria y seguridad energética, son complementarias, no en rivalidad con la participación china en la economía cubana.

Con cierta discreción, el discurso de alianza y cooperación entre Moscú y Beijing, con menciones ocasionales a áreas como América Latina y Cuba en particular se ha hecho más presente en las discusiones y documentos de gran estrategia de estos poderes alternativos a Washington. Aunque esas visiones preceden a la llegada de la administración Trump a la Casa Blanca, se han fortalecido como resultado del unilateralismo de la misma.

El Capitolio de La Habana cuya cúpula fue restaurada recientemente con cooperación Rusa. Foto: Ismael Francisco/AP.

Cuba: El retorno al triángulo, alianzas y balances

Incluso desde antes del triunfo revolucionario de 1959, los sectores nacionalistas cubanos postularon una política exterior de triangulación con terceros actores, particularmente otros grandes poderes para aumentar la capacidad negociadora y la diversificación de vínculos con respecto a EE.UU. Hoy esas posibilidades crecen.

Para Cuba tiene todo sentido buscar una relación privilegiada con Moscú dada la historia entre 1960-1991, el periodo después de 2006 y la voluntad y prioridad expresada por la política exterior rusa (es una de las pocas instancias donde se sigue hablando con énfasis sobre el ALBA).

Raúl Castro deja en esta área un legado importante para las relaciones bilaterales. Fidel Castro insistió reiteradamente en forjar un esquema de contra-dependencias, priorizando incluso en la primera mitad de los 2000 la relación ALBA-Venezuela, ante el peso que, fuera de lo energético, adquirían las relaciones con China. Rusia no tuvo un papel fundamental en las relaciones exteriores de su mandato. En contraste, Raúl Castro impulsó con gran motivación la relación con China y Rusia, sin dilatar esa marcha por una prioridad al ALBA.

En lo bilateral, Cuba apunta a beneficiarse de proyectos discutidos con Rusia en la última década y que ya están teniendo impactos en la isla en áreas como la seguridad energética, la infraestructura de transporte y la cooperación de seguridad. En las universidades rusas ya se nota la presencia de estudiantes cubanos apuntando a recuperar un nivel de contactos sociales, culturales y educacionales que Cuba tuvo con Rusia, sin paralelo alguno con otro gran poder, con excepción de EE.UU. antes de 1959.

En lo estructural, las relaciones entre Rusia y Cuba se han fortalecido a partir de las coincidencias entre los dos países en una lógica triangular en la que ambos rechazan posturas estadounidenses de hostilidad y dobles estándares hacia sus respectivos regímenes políticos. La estrategia rusa de gran poder otorga importancia geopolítica significativa a la relación con América Latina como área desde la cual ejercer reciprocidad hacia las incursiones de EE.UU en la zona fronteriza con Rusia, particularmente en el Báltico, Ucrania y Georgia. Cuba ha sido históricamente la puerta rusa a la región, particularmente hacia el Grupo ALBA.

Xel2 y el regreso de los rusos

La reconciliación cubano-rusa después de los difíciles años 90’s ya es una relación madura a nivel de las grandes ideas, el reto es convertir esas proyecciones en realidades específicas de inversiones, comercio y colaboración. Hay retos importantes relacionados con la nueva estructura rusa y la viabilidad de las reformas cubanas que los dos gobiernos tienen que capear. Aunque el gobierno de Putin tiene más palanca para manejar los incumplimientos cubanos de contratos que China, dado la gran intervención estatal en las grandes corporaciones rusas, Cuba está obligada a poner su economía en orden para hacer la relación sostenible.

Un pozo petrolífero ruso opera en la costa de Boca de Jaruco, en Cuba. Foto: Ismael Francisco/AP.

 

Las puertas en Moscú y Beijing están abiertas para una mayor colaboración con Cuba con posibilidades sin precedentes en la historia de esos vínculos.

Si Cuba no ha hecho más trigo de esas oportunidades se debe más a sus incapacidades e ineficiencias económicas que a la falta de voluntad política de las partes. En alguna medida eso se puede decir también de la relación con Europa aunque allí el impacto del embargo/bloqueo estadounidense es mayor dado el entramado normativo de aliados que caracteriza el eje Washington-Bruselas. La diplomacia, por bien que funcione, no puede alcanzar su potencial sin un modelo económico que tome ventajas de sus logros.

La cooperación entre los dos países tiene lógica propia de beneficio mutuo, pero se consolida y habitúa en la misma medida en que la postura norteamericana la refuerza.

Si en la época de Obama, Cuba tenía incentivos a mayores autorestricciones en los contactos con Moscú para mitigar conflictos con Washington, hoy ese no es el caso. Es una regularidad de las relaciones exteriores de la isla, que a mayor hostilidad de Washington, mayor la triangulación cubana con otros grandes poderes, ya sean aliados de EE.UU. como la Unión Europea así como rivales estratégicos como Moscú y Beijing.

Otro tema importante es la coordinación entre La Habana, Moscú, Caracas y Beijing para burlar los efectos de las cada vez más restrictivas sanciones en el ámbito financiero, implementadas contra Cuba por la administración Trump con particular celo.

En ese sentido, se escucha cada vez con mayor frecuencia la voluntad de gobiernos ya no solo en países rivales a EE.UU. sino también aliados europeos a buscar alternativas al uso del dólar en algunas transacciones internacionales. Esos deseos chocan con la realidad de que no hay activos con mayor seguridad en la economía mundial que los estadounidenses.

Reconociendo que el costo de evitar el dólar sigue siendo alto, los incentivos para explorar esas vías se incrementan con la implementación de sanciones contra bancos castigados por Washington por supuestas ilegalidades que no lo son desde las legislaciones nacionales, comunitarias o del derecho internacional.

En el contexto de la crisis venezolana, y la apuesta estadounidense a hacer difícil la transportación de petróleo a Cuba, Rusia gana en perfil alto desde su condición de gran poder con veto en el Consejo de Seguridad de la ONU y gran productor y transportador de petróleo. Con EE.UU. entrando al ciclo electoral de 2020, caracterizado por repudios políticos a Rusia, Moscú tiene pocos incentivos para posponer la elevación de los vínculos con Cuba. Mientras La Habana tiene todo el interés en elevar el nivel de esas relaciones.

 

Este texto fue publicado originalmente en OnCubaNews y su autor es Arturo López-Levy. Se reproduce íntegramente en elToque con la intención de ofrecer contenidos e ideas variadas y desde diferentes perspectivas a nuestras audiencias. Lo que aquí se reproduce no es necesariamente la postura editorial de nuestro medio.