De los primeros días en la gimnasia, Alibey siempre recordará el reto terrible que representaba el caballo de salto. Tenía solo cinco años y pesaba menos que el consabido comino, pero ya aquella profesora le pedía lo imposible: “No te pongas nervioso; nada más tienes que correr con toda la fuerza que puedas para ganar impulso… después te lanzas”. Y lo hizo.

Una y otra vez, incansable, Alibey Cintra volvió a saltar. “Cuando lo pienso bien, me doy cuenta de cuán valientes son estos muchachitos. Yo mismo me di mis buenos golpes y alguna que otra vez hasta choqué de frente, con el pecho. Después de un golpetazo como ese hay que tener mucha fuerza de voluntad para seguir adelante. Así son estos niños”.

El sol cae de plano sobre la ciudad, mientras hablamos. Con el cambio de hora, las cuatro de la tarde se asemejan más el mediodía que a un pretendido atardecer, y dentro de la inmensa nave la temperatura supera con facilidad los treinta grados Celsius, sin importar que sea marzo y su modesto invierno.

Entrenamiento. Foto: El Toque

Conversamos y sudo. Eso hace que admire más a Alibey y a sus alumnos. La mayoría no llega a los doce o trece años ni supera el metro cincuenta centímetros de estatura.

Son de barrios cercanos, algunos marginales, donde la vida resulta difícil, incluso para un niño.

Pero los problemas parecen quedar en la calle. Aquí los pequeños son solo eso: niños que juegan, y que ante la más mínima oportunidad abandonan la rigidez del entrenamiento para intentar saber de qué conversa el profe con este periodista que ha venido a interrumpir la rutina vespertina de tantos días.

Solo su entusiasmo y la constancia de los entrenadores han hecho posible que este siga siendo un gimnasio. Parte del edificio ya no se utiliza porque no tiene techo e incluso algunas tejas cuelgan desde el último tornado, que en 2012 destruyó lo poco que se había recuperado tras el huracán Ike, cuatro años antes.

“Es difícil”, reconoce Alibey. “Ahora mismo no tenemos ni donde almorzar porque se ha quedado sin terminar la meseta que nos estaban construyendo, y tampoco contamos con la iluminación necesaria o con cosas tan mínimas como manillas y uniformes adecuados para que los pequeños entrenen.”

En cierta forma somos guerrilleros de la gimnasia.

A primera vista, el gimnasio provoca una impresión encontrada. Sus paredes despintadas, a tramos con parches de repello grueso, son la “bienvenida” que recibe al visitante. La impresión equívoca puede reafirmarse si quien llega solo se concentra en esos “detalles”, o en el hecho de que la mayoría de los aparatos tienen más de cuarenta años de uso continuo.

Alibey Cintra. Foto: El Toque

“Son los mismos que utilicé yo y los de mis profesores”, reconoce Alibey con una sonrisa contenida, aunque insiste en mostrarme el “nuevo” caballo de salto que hace pocos años llegó al lugar y libró a sus alumnos de enfrentarse con el anterior, más alto y difícil de dominar.

Hay veces que uno se cansa y hasta se pregunta por qué está aquí. 

“Otros graduados de Cultura Física, como yo, se han ido a trabajar en gimnasios particulares en los que ganan más y tienen que trabajar mucho menos”.

¿Por qué lo haces entonces? Visto así, no tiene sentido.

“No importa que lo tenga o no”, me dice. “Esta es la tarea que me toca, aquí es donde debo estar. No lo supe el día en que llegué, pero ahora sí puedo verlo claro: mis profesores me salvaron de estar en la calle, de perder el tiempo y no llegar a nada en la vida. Como mis niños, yo no tuve fácil el camino pero la gimnasia me ‘salvó´… y también puede hacerlo con ellos”.