Llamémosle Víctor, como cualquier joven cubano. Sepamos que se ha aventurado al menos en 6 intentos de salida ilegal de la Isla utilizando embarcaciones rústicas, preparadas por él mismo o sus amigos. Que la familia y otros conocidos lo han aconsejado, han intentado persuadirlo, pero él está convencido de que prefiere vérselas con un tiburón en alta mar, a luchar como el tiburón de la supervivencia diaria.

Cada vez que lo han interceptado, cerca o lejos de la ansiada frontera, del american way of life, ha sido devuelto al país antillano sin represalia alguna de las autoridades. Ha conseguido trabajo nuevamente. Ha seguido disfrutando de la atención médica gratuita, el acceso por precios mínimos a espectáculos culturales o deportivos, la seguridad ciudadana para caminar las calles a cualquier hora… Pero eso no le basta…

Como a millones de sus compatriotas, el salario promedio de un mes apenas le alcanza para malcomer una semana. Entonces tiene que aplicar creativamente la «lucha» y el «invento», dos sustantivos-verbos que en la nación, desde 1990, remiten a las disímiles formas de quebrar la ley. En escala pequeña o a manos llenas. Con innombrables tácticas para que el llamado Período Especial, no sea tan especialmente crítico.

Y él, que nació casi con la última década del siglo XX, que no conoció los años de bonanza pegados a la teta generosa de la Unión Soviética, ya no quiere seguir inventando. Solo trabajar fuerte cada jornada y al final del día o del mes cobrar lo suficiente para vivir con decencia.

A partir de este 12 de enero de 2017, la política de «Pies secos/Pies mojados» que alentó la entrada ilegal de cubanos en EEUU con suculentas preferencias, desapareció de un golpe. ¿Por qué no lo anunciaron antes?, se preguntan muchos. Y la respuesta casi se cae de la mata: Nadie podría prever, ni tal vez controlar las consecuencias de desorden masivo de un anuncio así.

Desde el 17 de diciembre de 2014, cuando Raúl Castro y Barack Obama lanzaron el primer puente de armonía sobre un conflicto de más de cincuenta años, muchos esperaban que de un momento a otro esto sucediera.  Otros tantos se habían apurado a zarpar, aunque fuese en una cáscara de plátano. Pero no por esperado, el impacto de la noticia, dejó de de ser tremendo.

En puridad de humanismo, todo lo que contribuya a evitar dolores y muerte, como los de tantas madres cubanas que vieron partir a sus hijos y nunca más supieron de ellos, es un acto loable, que hay que defender a como dé lugar.  En puridad de justicia, los de la patria de Martí no son mejores ni merecen más que cualquier emigrante ansioso por llegar a la superpotencia planetaria.

Pero en otra óptica, el peligroso privilegio disfrutado hasta este instante por los que viven en la nación antillana, había sido la esperanza de salvación económica de muchos hogares, el sueño realizable de muchos jóvenes, y el sustento —vía remesas familiares— de buena parte de la sociedad isleña.

También, en términos fríos de matemática política, la intencionada generosidad del Norte significaba una válvula de escape, un aliviadero para que unos cuantos abandonaran sus divergencias de cualquier índole con el sistema cubano y salieran definitivamente, al «más allá».

Y, digámoslo con franqueza, si tantos cifraban ilusiones y hasta proyectos de vida en mostrar sus pies secos ante los ojos gringos, no era solo por las «bondades» del Imperio, sino, además, por las incapacidades del Gobierno insular para proporcionar y mantener un bienestar sólido a su gente. Nadie escapa a nado del Paraíso.

A partir de ahora, el Más Allá queda, con rotundidad, más allá. Sigue activa la Ley de Ajuste Cubano, pero se hace más difícil llegar a acogerse a ella.

No sé si a Víctor le queden ganas de seguir fabricando lanchas, destinadas, casi con seguridad, al fracaso.

No sé si las familias allende el Estrecho de la Florida se las ingeniarán para seguir «halando» a los suyos de cualquier forma (y a cualquier precio).

Desconozco qué será de los miles ahora mismo detenidos en la incertidumbre, a mitad de camino en cualquier punto de Latinoamérica o el mundo, intentando llegar a la tierra de Washington. Ojalá la suerte los ayude.

Lo que sí sé, creo saber, es que todo puede volverse más difícil. Y que aquí, y solo aquí, en este arañazo de tierra rodeado de mar Caribe, habrá que pelear, con civismo y altura, para que la humedad no nos pudra los pies. Y eso, pienso, solamente se logrará cuando cada cubano pueda comprarse sin sobresaltos un par de zapatos.