Para los cubanos, el hecho de portar banderas estadounidenses en la ropa o en los autos ya no tiene las conflictivas implicaciones ideológicas que tenía hasta hace pocos años.  El enfrentamiento entre Estados Unidos y Cuba se expresaba también en el campo de los símbolos. Hasta hace dos décadas portar la insignia de las barras y las estrellas era considerado un “coqueteo” con el Imperio merecedor, por lo menos, de desprecio social.  En tiempos de beligerancia cualquier disidencia es traición, y por tanto asumir un ícono del oponente rayaba en la apostasía.

Pero, ni los cubanos son tan extremistas ni la cultura norteña se ha alejado demasiado de su cotidianidad, separadas ambas por solo 90 millas y con una comunidad de emigrantes cubanos superior al millón viviendo en el cercano país.

El nuevo clima de distensión generado por la decisión de los presidentes, Raúl Castro y Barack Obama, de restablecer relaciones diplomáticas ha restado preocupación a cientos de habitantes del archipiélago caribeño. Ahora están más  cómodos porque sienten “políticamente correcta” la práctica de vestirse o adornar sus propiedades con la bandera extranjera.

Los humanos somos seres alegóricos y por eso es importante, por ejemplo, para un padre de la ciudad de Santiago de Cuba construir un papalote (cometa) pintado con la insignia de los “vecinos” para su niño de 5 años. Es el momento, cree, porque hay esperanza de que el largo enfrentamiento pueda culminar.

Sin embargo, la aceptación “acrítica” de esta oleada simbólica de cultura norteamericana (expresada también en el mayoritario consumo de cine, televisión y música por todas las generaciones de la Isla) no deja de suscitar preocupaciones. Pero para otras personas caminar con la iconografía norteamericana simplemente es la confirmación de que han aceptado regalos traídos “del Norte” o comprado artículos de bajo precio. En ningún caso asumen con ello una postura filosófica ni se erigen en “anexionistas” del siglo XXI, ese tipo de cubano que querría ver a su país como el estado número 52 de la Unión Americana.

Cada nuevo grado de tolerancia supone una pérdida de terreno para quienes siguen empeñados en construir un sistema social sin precedentes exitosos en la historia. Convencidos de que la nueva sociedad demanda una cultura diferente a la del capitalismo, se ven atados de manos ante el reflujo de los paradigmas que han tratado de desmontar por más de 50 años.

No obstante, son muy pocos los que abogan por relanzar una cruzada contra la “penetración ideológica” y sí son muchos los que insisten en reforzar la industria cultural interna, la que genera sentidos y reinterpreta la identidad de “ser cubanos” a través de películas, canciones y hasta modos de vestir.

Para lograr su objetivo piden destinar más fondos a la producción nacional o probar nuevas fórmulas que descentralicen la gestión del arte y la cultura (concentrada casi  en su totalidad en empresas estatales, frecuentes nichos de corrupción) mientras advierten que ya no se puede acudir a discursos chovinistas ni patrioteros para contraponer “lo propio” a lo “ajeno”, porque a ese recurso el tiempo y el abuso lo gastó.

A pesar de que el debate sigue latente en ciertos círculos intelectuales y políticos, las calles cubanas asisten mudas al aumento de productos marca “USA”. Puede ser también un síntoma de madurez social, de extremismos superados, o de mera apatía ante un tema que aparentemente pierde relevancia.

“Si ya el enemigo no lo es tanto, ¿para qué satanizar sus símbolos?”, parecen razonar. Y llevan razón; aunque el asunto no es menor y solo por la oportunidad de darle el significado correcto reclama atención.

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